PARTE 2: TARJETAS RECHAZADAS

La cajera deslizó la tarjeta negra una segunda vez.

La terminal emitió un pitido corto.

TRANSACCIÓN RECHAZADA.

La joven levantó la vista con una sonrisa incómoda.

—Disculpen… parece que hubo un problema. Intentaré nuevamente.

Beatriz soltó una risa despreocupada.

—Debe ser la señal. Esa tarjeta mueve más dinero del que usted verá en toda su vida.

Renata acariciaba el brazo de Mauricio mientras seguía mirándose los tacones frente al espejo.

—Seguro es un error.

La cajera volvió a insertar la tarjeta.

Otro pitido.

TARJETA BLOQUEADA. CONTACTE AL EMISOR.

El ambiente cambió.

Beatriz frunció el ceño.

—Imposible.

Sacó otra tarjeta negra de su cartera.

—Use esta.

La cajera obedeció.

Cinco segundos después apareció exactamente el mismo mensaje.

TARJETA BLOQUEADA.

Renata dejó de sonreír.

—¿Qué está pasando?

Mauricio dio un paso hacia la terminal.

—Déjeme verla.

La empleada giró la pantalla.

—Lo siento, señor. El banco informa que todas las tarjetas fueron bloqueadas por el titular de la cuenta.

Beatriz sintió cómo el color abandonaba su rostro.

—Eso… eso debe ser un error.

Sacó una tercera tarjeta.

Era la que utilizaba para sus viajes.

La introdujeron.

Otro rechazo.

Silencio.

Los clientes de alrededor comenzaron a mirar discretamente.

La compra seguía apareciendo en la pantalla.

$186,400 MXN

La cajera respiró hondo.

—¿Desean utilizar otro método de pago?

Beatriz miró inmediatamente a Mauricio.

Él sacó su cartera con aparente tranquilidad.

Introdujo su tarjeta Platinum.

Fondos insuficientes.

El pitido sonó todavía más fuerte que los anteriores.

Renata parpadeó sorprendida.

—Mauricio…

Él tragó saliva.

—Tengo otra.

Sacó una segunda tarjeta.

También fue rechazada.

Ahora ya nadie fingía que no estaba observando.

Una supervisora se acercó al mostrador.

—¿Existe algún inconveniente?

La cajera respondió en voz baja, aunque no lo suficiente.

—Las cinco tarjetas fueron rechazadas.

Renata retrocedió un paso.

Por primera vez comprendió que aquel hombre que se presentaba como un exitoso empresario quizá no era exactamente quien decía ser.

A cientos de metros de allí, yo seguía observando la aplicación del banco.

Las cinco tarjetas aparecían en rojo.

Bloqueadas por el titular.

Mi teléfono sonó.

Era el gerente de banca patrimonial.

—Licenciada Salgado, hemos ejecutado el bloqueo total. ¿Desea cancelar también las líneas de crédito vinculadas?

Miré por la ventana de mi oficina.

—Sí.

—¿Todas?

—Todas.

Escuché el sonido de un teclado.

—Listo. A partir de este momento ninguna tarjeta adicional podrá realizar operaciones.

—Gracias.

Antes de colgar, el gerente añadió con cierta cautela:

—Hay algo más que debería saber.

Fruncí el ceño.

—¿Qué ocurre?

—Hace tres semanas intentaron aumentar el límite de gasto de las tarjetas.

No recordaba haber solicitado nada.

—¿Quién hizo la petición?

—El señor Mauricio Salgado acudió personalmente con una carta de autorización.

Mi espalda se tensó.

—Yo jamás firmé ninguna autorización.

Hubo unos segundos de silencio.

—Eso imaginé.

El gerente bajó la voz.

—Por ese motivo no aprobamos el aumento. La firma no coincidía completamente con la registrada.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Conservan esa documentación?

—Por supuesto.

—No destruyan absolutamente nada.

—Ya di instrucciones para preservar todo el expediente.

Colgué lentamente.

La infidelidad acababa de pasar al último lugar de mis preocupaciones.

Abrí la plataforma interna de Arista Finanzas.

Escribí una sola orden al director jurídico.

“Necesito todos los movimientos financieros relacionados con Mauricio Salgado durante los últimos doce meses. También cualquier solicitud realizada usando mi nombre.”

La respuesta llegó menos de dos minutos después.

“Enseguida, licenciada.”

Mientras tanto, en la boutique, Beatriz seguía intentando salvar las apariencias.

—Guárdenos los zapatos. Volveremos más tarde.

La supervisora negó con educación.

—Lo siento, señora. Debido al importe, solo podemos reservarlos con un anticipo.

Renata bajó lentamente los tacones del banco donde estaba sentada.

Su entusiasmo había desaparecido.

Miró a Mauricio.

—Pensé que habías dicho que todo esto era tuyo.

Él abrió la boca.

Pero no encontró ninguna respuesta.

En ese preciso instante, el director jurídico de mi empresa entró en mi oficina con una carpeta azul entre las manos.

Su expresión era tan seria que ni siquiera se sentó.

—Licenciada…

Dejó la carpeta sobre mi escritorio.

—Creo que esto ya no es un problema matrimonial.

Lo abrí.

En la primera página aparecía una copia de un poder notarial falsificado con mi firma.

Y debajo, una solicitud para transferir el control de mi empresa a una sociedad desconocida… firmada por mi propio esposo.

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