PARTE 2: LA PRIMERA LLAMADA

Al otro lado de la línea se hizo un silencio tan largo que pensé que la llamada se había cortado.

—¿Phoebe… eres realmente tú?

Cerré los ojos.

Durante tres años había imaginado cientos de veces aquella conversación.

Ninguna se parecía a la realidad.

—Sí, papá.

Su respiración se quebró apenas un instante.

Mi padre, Arthur Harrell, jamás lloraba.

Había construido Harrell Global Holdings desde un pequeño almacén hasta convertirla en uno de los conglomerados privados más poderosos del país. Los periódicos lo describían como un hombre implacable. Los competidores lo llamaban el tiburón de Ohio.

Pero aquella noche solo sonaba como un padre que llevaba demasiado tiempo esperando.

—¿Estás bien?

Miré el vestido azul reflejado en el espejo.

La costura abierta.

Las mangas desgastadas.

La habitación enorme donde vivía como una invitada.

Y por primera vez en tres años dejé de mentir.

—No.

La palabra salió acompañada de un sollozo que ni siquiera sabía que había estado conteniendo.

No necesité explicar nada más.

Mi padre guardó silencio apenas unos segundos.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Él?

Respiré hondo.

—Está en la gala anual de Apex Group.

Otra pausa.

—Con otra mujer.

Del otro lado solo escuché el sonido de una puerta abriéndose de golpe.

Después varias voces.

Pasos rápidos.

Alguien preguntando si debía preparar el automóvil.

Mi padre volvió al teléfono.

Su voz había cambiado.

Ya no era únicamente mi padre.

Era el hombre que dirigía miles de empleados.

—No te muevas de ahí.

—Papá, no hace falta…

—Phoebe.

Jamás pronunciaba mi nombre completo cuando estaba negociando.

Solo cuando había tomado una decisión imposible de cambiar.

—Voy por ti.

La llamada terminó.

Miré la pantalla durante varios segundos.

Veinte minutos después, otro número apareció en mi teléfono.

Era desconocido.

Contesté.

—¿Señora Conway?

—Sí.

—Habla Evelyn Brooks, asistente personal del señor Harrell. Su padre estará en su residencia en treinta y siete minutos. También ha solicitado que un equipo de seguridad permanezca con usted esta noche.

Fruncí el ceño.

—No necesito seguridad.

La mujer respondió con absoluta cortesía.

—Con todo respeto, señora, cuando el señor Harrell dice que alguien necesita protección, nadie discute con él.

La llamada terminó.

Me quedé inmóvil.

Treinta y siete minutos.

Eso significaba que mi padre ya estaba viajando en helicóptero.

Nunca había hecho algo así por una reunión de negocios.

Mucho menos por un problema familiar.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, el Grand Lakes Hotel resplandecía bajo cientos de focos.

Más de cuatrocientos invitados desfilaban por la alfombra roja.

Spencer sonreía frente a las cámaras con Paisley tomada de su brazo.

—Señor Conway, ¿su esposa no pudo asistir?

El periodista hizo la pregunta con naturalidad.

Paisley respondió antes que él.

—Esta noche represento a Spencer.

Los fotógrafos rieron con complicidad.

Spencer también sonrió.

No corrigió la frase.

En el salón principal, varios ejecutivos comenzaron a saludarlos.

—Conway, felicidades por el nuevo contrato.

—Paisley, estás espectacular.

—Hacen una pareja increíble.

Cada cumplido era otra piedra sobre el matrimonio que aún seguía existiendo en los documentos.

A las nueve y doce, el presidente del consejo de Apex Group subió al escenario.

—Antes de comenzar la subasta benéfica, queremos anunciar una noticia extraordinaria.

Las conversaciones se apagaron.

—Esta noche contamos con la posible incorporación de un nuevo inversionista estratégico. Si todo sale como esperamos, será la mayor alianza financiera en la historia de nuestra compañía.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Spencer intercambió una mirada emocionada con Paisley.

Aquella alianza significaría millones.

Tal vez miles de millones.

El presidente continuó.

—Nuestro invitado llegará en cualquier momento.

Las puertas principales permanecían cerradas.

Todo el salón esperaba.

Un organizador corrió hasta el escenario y susurró algo al oído del presidente.

El hombre abrió los ojos con sorpresa.

—Señoras y señores… nuestro distinguido invitado acaba de llegar.

Las enormes puertas doradas comenzaron a abrirse lentamente.

Los fotógrafos levantaron sus cámaras al mismo tiempo.

Spencer acomodó la corbata.

Paisley sonrió convencida de que aquella sería la noche que cambiaría su futuro.

Ninguno de los dos imaginaba que el hombre que acababa de cruzar la entrada no había ido allí para cerrar un negocio.

Había ido a recuperar a su hija.

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