El reloj marcaba las siete y veinte de la tarde cuando un Rolls-Royce negro se detuvo frente al Hotel Gran Imperial.
Los fotógrafos levantaron inmediatamente las cámaras.
—Es el presidente de Grupo Alcázar.
—Ya llegó Mauricio.
Una alfombra color vino conducía hasta el enorme salón principal, donde más de cuatrocientos empresarios, políticos y representantes bancarios asistirían a la gala anual de inversión privada más importante de Ciudad de México.
Mauricio descendió del automóvil ajustándose el saco italiano.
Renata apareció detrás de él con un vestido plateado valorado en casi treinta mil dólares.
Sonreía como si ya fuera la señora Alcázar.
A unos pasos caminaba Beatriz, saludando a todo el mundo con esa elegancia ensayada durante décadas.
—Esta noche será histórica —comentó Mauricio mientras entregaba la invitación.
—Después de cerrar el acuerdo con los inversionistas, anunciaremos oficialmente nuestro compromiso —respondió Renata.
Beatriz sonrió satisfecha.
—Por fin esa mantenida desapareció de nuestras vidas.
Los tres entraron convencidos de que el peor problema del día había terminado.
No sabían que apenas estaba comenzando.
Mientras tanto…
A dos calles del hotel, otro vehículo esperaba en silencio.
Era un Mercedes Maybach blindado.
Arturo abrió la puerta trasera.
—Señora.
Valeria salió lentamente.
Ya no llevaba la ropa sencilla con la que había abandonado la mansión horas antes.
Vestía un elegante traje blanco confeccionado a medida.
El cabello recogido.
Unos discretos pendientes de diamantes.
Y la misma serenidad que solo tienen las personas que ya dejaron de tener miedo.
Lucía dormía apoyada sobre el hombro de una mujer de unos cincuenta años.
—¿Cómo está? —preguntó Valeria.
—El dentista confirmó la fractura de dos piezas de leche. También documentó los hematomas en ambas mejillas.
Valeria acarició suavemente el cabello de su hija.
—Gracias, Elena.
Arturo se acercó.
—Don Ernesto ya llegó.
Ella respiró profundamente.
Seis años.
Habían pasado seis años desde la última vez que vio a su padre.
Seis años ocultando quién era realmente.
Todo por amor.
Todo por Mauricio.
Y todo había terminado aquella tarde.
Entró al hotel por un acceso privado.
Dos empleados abrieron inmediatamente las puertas.
—Buenas noches, señora Salazar.
No dijeron Alcázar.
Nunca lo hicieron.
Porque para ellos siempre había seguido siendo Valeria Salazar.
En el último piso del hotel, un hombre de cabello completamente blanco observaba la ciudad a través del enorme ventanal.
Don Ernesto Salazar.
Fundador del Grupo Salazar.
Uno de los empresarios más influyentes del país.
Cuando escuchó abrirse la puerta no se giró inmediatamente.
Su voz sonó grave.
—¿De verdad terminó?
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Sí, papá.
Aquella sola palabra rompió seis años de distancia.
Don Ernesto se volvió lentamente.
Durante unos segundos ninguno habló.
Después abrazó a su hija con fuerza.
—Debí sacarte de esa casa el primer día.
Valeria cerró los ojos.
—Yo elegí quedarme.
—Por amor.
Ella asintió.
—Creía que podía cambiarlo.
Don Ernesto miró entonces a Lucía.
Las marcas de los golpes seguían siendo visibles.
Su expresión cambió por completo.
—¿Quién hizo esto?
Valeria respondió sin una sola lágrima.
—La amante de Mauricio.
El anciano permaneció inmóvil varios segundos.
Luego habló con una calma que hizo que todos los presentes guardaran silencio.
—Arturo.
—Sí, señor.
—¿Ya comenzaron?
—Hace cuarenta minutos.
Arturo abrió una carpeta electrónica.
—Las auditorías ya fueron notificadas a la Comisión Bancaria.
—Los créditos puente quedaron suspendidos.
—Las líneas internacionales están congeladas.
—La Fiscalía recibió los primeros expedientes.
—Y los bancos ya fueron informados.
Don Ernesto hizo una última pregunta.
—¿Cuánto tiempo tardará Mauricio en descubrirlo?
Arturo consultó el reloj.
—Entre quince y veinte minutos.
Valeria frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué ocurre en veinte minutos?
Arturo sonrió apenas.
—Empieza la firma del mayor contrato de la historia de Grupo Alcázar.
En el gran salón de la gala, Mauricio estrechaba manos sin dejar de sonreír.
—Es un placer trabajar con ustedes.
Los representantes extranjeros asentían satisfechos.
El director del Banco Continental abrió la carpeta del contrato.
—Solo falta validar la disponibilidad de los fondos comprometidos.
Mauricio relajó los hombros.
Era un simple trámite.
Entonces el teléfono del director vibró.
Lo miró.
Su sonrisa desapareció.
Volvió a leer el mensaje.
Después levantó lentamente la cabeza.
—Disculpe un momento.
Se apartó unos metros.
Otros dos ejecutivos comenzaron a revisar sus propios teléfonos.
Las conversaciones disminuyeron poco a poco.
Mauricio sintió una extraña incomodidad.
—¿Ocurre algo?
Nadie respondió inmediatamente.
Finalmente, el representante del banco regresó.
Su expresión era completamente distinta.
—Señor Alcázar…
—¿Sí?
—Acabamos de recibir una orden de suspensión sobre todas las garantías financieras de Grupo Alcázar.
Mauricio soltó una pequeña risa.
—Debe tratarse de un error.
—Eso esperamos.
El hombre respiró profundamente.
—Pero hasta que se aclare, el contrato queda cancelado.
El salón entero quedó en silencio.
—¿Cancelado?
—No podemos operar con fondos congelados.
Renata perdió el color del rostro.
—¿Congelados?
En ese instante sonó el teléfono de Mauricio.
Era su director financiero.
Contestó de inmediato.
—¿Qué demonios está pasando?
Del otro lado solo se escuchaban gritos.
—¡Mauricio!
—¡Los bancos bloquearon todas las líneas!
—¡Las cuentas principales aparecen bajo revisión judicial!
—¡Los inversionistas están retirándose!
—¡Dicen que alguien activó las garantías del Grupo Salazar!
Mauricio sintió que el corazón dejaba de latir por un instante.
—¿Qué Grupo Salazar?
Del otro lado hubo un silencio.
Después llegó una respuesta que le heló la sangre.
—El grupo que durante seis años respaldó en secreto toda nuestra operación.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, las enormes puertas del salón se abrieron lentamente.
Todos los asistentes giraron la cabeza al mismo tiempo.
Una mujer vestida completamente de blanco entró caminando con absoluta serenidad.
A su lado avanzaba un anciano cuya sola presencia hizo que varios empresarios se pusieran inmediatamente de pie.
Los murmullos comenzaron a extenderse por todo el salón.
—No puede ser…
—Es Ernesto Salazar…
—¿Qué hace aquí?
Mauricio observó a la mujer durante varios segundos.
Su copa cayó al suelo.

El cristal estalló contra el mármol.
Porque la mujer que acababa de entrar…
Era Valeria.
Y el hombre al que acababa de llamar “papá” delante de todo el salón era el mismo empresario al que Mauricio llevaba seis años intentando conseguir como socio sin saber que era su propio suegro.