PARTE 2: LA VERDAD PROHIBIDA

Sostuve el teléfono durante varios segundos sin mover un solo dedo.

Los tres mensajes permanecían en la pantalla.

“El señor Reed acaba de solicitar información sobre su embarazo.”

“No debería haber podido acceder a sus datos.”

“Creo que alguien dentro del hospital está ayudándolo.”

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Habían pasado tres años.

Tres años desde que me dejó sola frente al altar.

Tres años sin buscarme.

Y ahora, de repente, quería saber si estaba embarazada.

Respiré hondo y guardé el teléfono.

No iba a permitir que Ethan Reed volviera a controlar mi vida.

Ni la de mi hijo.


Aquella misma tarde regresé al hotel donde me hospedaba.

Acababa de dejar la maleta junto a la cama cuando alguien llamó a la puerta.

Miré por la mirilla.

Era Daniel.

Mi jefe.

Y también el padre de mi bebé.

Entró con dos bolsas de comida para llevar y una expresión de preocupación.

—¿Cómo salió la ecografía?

Sonreí por primera vez en todo el día.

—Está perfecto.

Daniel dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde la mañana.

—Menos mal.

Se arrodilló frente a mí y apoyó con cuidado una mano sobre mi vientre.

—Pequeño… deja de asustar a tu mamá.

No pude evitar reír.

Éramos socios desde hacía casi dos años.

Todo había comenzado como una amistad.

Después llegaron los viajes de trabajo.

Las largas noches preparando proyectos.

Y, cuando menos lo esperábamos, nos enamoramos.

Nunca fue un amor impulsivo.

Fue tranquilo.

Paciente.

Muy distinto al torbellino que había vivido con Ethan.

Daniel levantó la vista.

—¿Qué ocurrió realmente en el hospital?

Mi sonrisa desapareció.

Le conté todo.

El encuentro.

Grace.

Las palabras de Ethan.

Y los mensajes anónimos.

Daniel permaneció en silencio hasta que terminé.

Luego sacó inmediatamente su teléfono.

—Voy a cambiar de hospital.

Negué con la cabeza.

—No quiero huir otra vez.

—Natalie…

—Llevo tres años huyendo.

Me acerqué a la ventana.

Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.

—Primero escapé de aquella boda.

Después me fui del país.

Ahora he vuelto por trabajo.

No pienso volver a esconderme por culpa de Ethan.

Daniel se levantó despacio.

—Entonces tampoco estarás sola.

Tomó mi mano.

—Mañana hablaré personalmente con la dirección del hospital.

Si alguien accedió ilegalmente a tu historial médico, responderá por ello.

Asentí.

Por primera vez desde que regresé, sentía que tenía a alguien dispuesto a caminar a mi lado.

No delante.

No detrás.

A mi lado.


Al mismo tiempo…

En el estacionamiento subterráneo del hospital.

Ethan golpeó con fuerza el volante de su coche.

No conseguía borrar de su cabeza la imagen de Natalie.

Había algo distinto en ella.

Ya no lo miraba buscando explicaciones.

Ni esperando una disculpa.

Sus ojos estaban completamente vacíos.

Como si él hubiera dejado de existir.

Aquello le molestaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Grace salió del ascensor sujetando la ecografía.

—¿En qué piensas?

Él tardó unos segundos en responder.

—Natalie estaba en Obstetricia.

Grace sonrió con aparente tranquilidad.

—Quizá acompañaba a alguna amiga.

Ethan negó lentamente.

—No.

Recordaba perfectamente aquella hoja que ella llevaba en la mano.

Recordaba el gesto con el que protegió instintivamente su vientre.

Y recordaba la forma en que el médico salió a llamarla.

Todo encajaba demasiado bien.

Grace notó el cambio en su expresión.

Su sonrisa comenzó a desaparecer.

—Ethan…

Él sacó el teléfono.

Marcó un número.

—Necesito confirmar una información.

Una voz respondió al otro lado.

Era una enfermera del hospital.

—Señor Reed…

—La paciente Natalie Foster.

Quiero saber por qué estaba aquí.

La mujer dudó.

—No puedo facilitar esos datos.

Ethan abrió la cartera.

Sacó una tarjeta bancaria negra.

—No perderás tu trabajo.

Solo necesito una respuesta.

Cinco minutos después…

La enfermera volvió a llamarlo.

—Lo siento.

No encontré nada con ese nombre.

Pero…

Ethan frunció el ceño.

—¿Pero qué?

—Hay una paciente registrada con otro apellido.

Su fecha de nacimiento coincide exactamente.

Él sintió un vuelco en el pecho.

—¿Está… embarazada?

Hubo unos segundos de silencio.

Luego llegó la respuesta.

—Sí.

Ethan apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.

Grace observaba cada uno de sus movimientos.

—¿Qué ocurre?

Él no respondió.

Solo hizo otra pregunta.

—¿Cuántas semanas?

La enfermera respiró hondo.

—Lo siento.

Esa información no puedo dársela.

La llamada terminó.

Grace sintió un miedo que nunca antes había conocido.

Durante tres años había creído que Natalie era solo un recuerdo.

Pero ahora…

Natalie estaba embarazada.

Y, por primera vez desde el día de la boda, Ethan parecía verdaderamente alterado.


A la mañana siguiente llegué a la sede de la empresa para asistir a una reunión con varios inversores estadounidenses.

La recepcionista me sonrió.

—Señora Foster, el presidente ya la está esperando.

Entré en la sala de juntas.

Todos los asistentes se pusieron de pie.

Entonces la puerta volvió a abrirse.

El director comercial anunció con una sonrisa profesional:

—El representante del Grupo Reed acaba de llegar.

Sentí que el aire se detenía.

Giré lentamente la cabeza.

Ethan entró con varios ejecutivos detrás de él.

Su mirada recorrió la sala distraídamente…

Hasta que se encontró con la mía.

Los dos nos quedamos inmóviles.

Entonces el presidente se levantó y, delante de todos los presentes, colocó una mano sobre mi hombro.

—Permítanme presentarles oficialmente a nuestra nueva socia internacional y futura vicepresidenta del grupo…

Hizo una breve pausa.

—La señora Natalie Foster.

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