PARTE 2: EL VIDEO MENTÍA

—¿Quién autorizó ese traslado?

La voz atravesó la habitación antes de que nadie pudiera responder.

Todos se giraron.

En la puerta estaba un médico de urgencias todavía con los guantes puestos.

Era el doctor Héctor Salinas.

Acababa de bajar del área de choque.

El administrador frunció el ceño.

—Doctor, esto no le corresponde.

Héctor sostuvo una carpeta.

—Acabo de recibir una llamada del Hospital Central. El paciente que ingresó esta mañana desde la Alameda recuperó la conciencia hace veinte minutos.

Las gemelas levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—¿El señor ya despertó? —preguntó Mariana.

Héctor sonrió.

—Sí.

Sofía dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde la mañana.

—Entonces ya sabe que no le robamos.

El administrador suspiró con impaciencia.

—Eso no cambia la situación de la señora Valeria.

Héctor abrió la carpeta.

—En realidad… sí la cambia.

Todos guardaron silencio.

—El señor Alejandro Santillán preguntó quiénes eran las dos niñas que le salvaron la vida. Cuando le enseñaron el video viral, dijo inmediatamente que estaba manipulado.

El administrador arqueó una ceja.

—¿Manipulado?

—Sí.

Héctor sacó una hoja impresa.

—El señor Santillán declaró que sintió perfectamente cuando una de las niñas buscó su teléfono para pedir ayuda. También recordó que una de ellas no dejó de hablarle durante todo el tiempo hasta que llegó la ambulancia.

Mariana comenzó a llorar en silencio.

—Yo le dije que no se durmiera.

Héctor asintió.

—Él lo recuerda.

La enfermera Lupita sonrió por primera vez en todo el día.

Pero el administrador seguía serio.

—Con todo respeto, doctor, las cuentas del hospital siguen pendientes.

En ese momento sonó el teléfono de recepción.

La enfermera contestó.

Su expresión cambió por completo.

—¿Cómo dice?

Escuchó unos segundos más.

Después miró al administrador.

—Es la oficina del señor Alejandro Santillán.

El hombre tomó la llamada.

—Habla Eduardo Castaño, administrador del Hospital San Gabriel.

Del otro lado una voz habló durante casi un minuto.

El rostro de Eduardo perdió todo el color.

—Entiendo…

Volvió a guardar silencio.

—Sí, señor.

Colgó lentamente.

Nadie dijo una palabra.

Las gemelas lo observaban abrazadas.

Finalmente levantó la vista.

—El señor Santillán acaba de cubrir la totalidad de la cuenta médica de la señora Valeria.

Mariana abrió los ojos.

—¿Toda?

—Toda.

La enfermera llevó una mano a la boca.

Pero Eduardo aún no terminaba.

—También dejó un depósito para cubrir los próximos seis meses de rehabilitación… independientemente de cuánto cueste.

Sofía no entendía.

—¿Eso significa que mamá se queda aquí?

—Sí.

Las dos niñas rompieron a llorar mientras abrazaban la cama.

Lupita también tenía los ojos húmedos.

Sin embargo, el teléfono volvió a sonar casi de inmediato.

Eduardo respondió otra vez.

Esta vez apenas escuchó diez segundos.

Luego preguntó:

—¿Está completamente seguro?

El hombre del otro lado respondió algo breve.

Eduardo colgó despacio.

Miró directamente a las gemelas.

—Hay otra cosa.

—¿Qué pasó? —preguntó Sofía.

—El señor Santillán pidió que nadie les diga todavía… pero creo que tienen derecho a saberlo.

Las niñas se quedaron inmóviles.

Eduardo respiró hondo.

—Después de despertar, exigió que la policía consiguiera todas las cámaras de seguridad de la Alameda.

Mariana tragó saliva.

—¿Para qué?

—Porque dijo que el video viral no mostraba todo.

Lupita frunció el ceño.

—¿Qué falta?

Eduardo bajó lentamente la voz.

—Las cámaras captaron algo ocurrido casi un minuto antes de que ustedes llegaran.

Un silencio pesado cayó sobre la habitación.

—¿Qué fue? —susurró Sofía.

Eduardo sostuvo la mirada de las niñas.

—Un hombre con gorra se acercó al señor Santillán mientras estaba agonizando… le quitó su cartera, su reloj y un sobre negro… y escapó corriendo.

Las gemelas quedaron completamente paralizadas.

—Después aparecieron ustedes intentando salvarle la vida.

El doctor Héctor cerró la carpeta.

—Es decir… el verdadero ladrón huyó mucho antes de que alguien empezara a grabar.

En ese mismo instante, el teléfono de Mariana vibró dentro de la mochila morada.

Era un mensaje de un número desconocido.

Solo tenía una fotografía.

En ella aparecía un hombre con gorra mirando directamente hacia la cámara de seguridad.

Y debajo, una frase que hizo que todos contuvieran la respiración:

“Ese hombre atropelló a su madre hace diecinueve días.”

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