Durante unos segundos fui incapaz de moverme.
Miré la pantalla del teléfono como si aquellas palabras pudieran desaparecer en cualquier momento.
“Isabel, vi suficiente para entender lo que pasó. Llámame ahora.”
Mis dedos temblaban.
Marqué el número del profesor Ramírez.
Contestó antes del segundo tono.
—Isabel.
Su voz sonaba mucho más seria que de costumbre.
—Profesor… yo…
Las lágrimas volvieron a escaparse.
—Lo siento mucho. Perdí la conexión. La computadora…
—No te disculpes.
Guardó silencio un instante.
—Quiero que me escuches con atención. Ninguno de los miembros del comité creyó que aquello fuera un accidente.
Sentí que el corazón daba un vuelco.
—¿Qué?
—La entrevista quedó grabada desde el primer minuto. Todos vimos cómo intentabas detenerlos. También vimos que les pediste varias veces que esperaran.
Me apoyé contra la pared para no caer.
—¿Ellos… lo vieron todo?
—Todo.
Cerré los ojos.
Por primera vez desde aquella mañana, respiré un poco mejor.
—Profesor… ¿significa que perdí la oportunidad?
Del otro lado hubo un silencio breve.
—Todavía no.
Contuve el aire.
—Después de que la llamada se interrumpió, expliqué al comité quién eres, tu expediente académico y los tres años de trabajo que has realizado. Solicité formalmente que consideraran una reprogramación por circunstancias excepcionales.
Las piernas dejaron de sostenerme.
Me senté en el suelo.
—¿Aceptaron?
—Todavía no han tomado una decisión. Pero hay algo que juega completamente a tu favor.
—¿Qué cosa?
—La directora del comité hizo una pregunta antes de cerrar la reunión.
Mi respiración se aceleró.
—¿Cuál?
—Preguntó si las dos personas que aparecían en el video vivían contigo.
Recordé a Diego riéndose mientras la computadora se apagaba.
Recordé a Valeria grabando con el teléfono entre carcajadas.
Sentí náuseas.
—Sí…
—Entonces prepárate. Es posible que quieran hablar contigo antes de decidir.
Colgué unos minutos después.
Apenas levanté la vista.
Diego seguía sentado en el sofá, comiendo fideos de la caja de cartón como si nada hubiera ocurrido.
—¿Ya terminaste el drama?
Lo observé en silencio.
Por primera vez no sentí tristeza.
Solo una claridad absoluta.
Fui hasta el dormitorio.
Saqué una maleta pequeña.
Empecé a guardar mi ropa.
Diego apareció en la puerta.
—¿Ahora qué haces?
No respondí.
—Isabel.
Seguí doblando mis cosas.
Él soltó una risa.
—Vas a volver en dos horas. Siempre haces lo mismo.
Saqué una carpeta con todos mis documentos personales.
Pasaporte.
Acta de nacimiento.
Certificados.
Títulos.
Los guardé cuidadosamente.
Entonces Diego dejó de sonreír.
—Espera… ¿hablas en serio?
—Sí.
—¿Por una broma?
Lo miré directamente.
—No.
Cerré la carpeta.
—Por cientos de ellas.
Su expresión cambió.
—No puedes tirar cuatro años de relación por un pastel.
Negué lentamente.
—No estoy terminando por el pastel.
Señalé la laptop destruida.
—Estoy terminando porque mientras yo perseguía el sueño que le prometí a mi madre antes de morir… tú apostabas conmigo como si fuera un objeto.
Por primera vez Diego pareció quedarse sin palabras.
Tomé la maleta.
Cuando pasé junto a él, intentó sujetarme del brazo.
—No exageres.
Retiré la mano.
—No vuelvas a tocarme.
Él empezó a enfadarse.
—¿Y adónde piensas ir?
—A cualquier lugar donde nadie crea que humillarme es divertido.
Salí del departamento.
Mientras esperaba el ascensor, mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje de un número desconocido.
Lo abrí.
Era un video.
Duraba apenas cuarenta y siete segundos.
Apreté reproducir.
La imagen mostraba la sala desde otro ángulo.
Reconocí inmediatamente la cámara de seguridad que el propietario había instalado meses atrás.
En el video aparecía Diego entrando con el pastel.
Luego Valeria.
Pero lo que ocurrió después hizo que la sangre se me congelara.
No había improvisación.
No había sorpresa.
Los dos hablaban varios minutos antes de que comenzara mi entrevista.
Valeria señalaba mi escritorio y decía claramente:
—Espera a que empiece la videollamada. Así todos la verán haciendo el ridículo.
Diego respondió riéndose.

—Con eso aprenderá a dejar de creerse más lista que nosotros.
El video terminaba justo antes de que entraran en mi habitación.
Debajo del archivo solo había un mensaje.
“Hola, Isabel. Soy la vecina del 4B. Escuché todo y pensé que debías tener esto. También hay algo más… porque esta no es la primera vez que Diego y Valeria planean hacerte daño.”