PARTE 2: EL PRIMER GOLPE

El helicóptero privado aterrizó sobre la azotea del Hospital Shen apenas cuarenta minutos después de que cruzáramos los límites de la capital.

Las puertas se abrieron antes de que las aspas dejaran de girar.

Más de veinte médicos ya esperaban junto a dos incubadoras de última generación.

—¡Preparen la Unidad Neonatal Nivel Uno!

—¡Llega la señorita Serena!

Las enfermeras empujaron a Noah y Liam por el pasillo iluminado mientras un equipo completo de especialistas revisaba cada monitor.

Yo apenas podía mantenerme en pie.

La cesárea todavía me quemaba por dentro.

Pero me negaba a alejarme de ellos.

Un anciano de cabello completamente blanco apareció al final del corredor.

Apoyaba una mano sobre un bastón de madera negra.

Sus ojos, sin embargo, seguían siendo tan firmes como cuando yo era niña.

—Abuelo…

El viejo Shen no respondió de inmediato.

Me observó de arriba abajo.

Después vio las vendas alrededor de mi abdomen.

Finalmente miró las incubadoras.

Sus labios temblaron.

—¿Ellos son mis bisnietos?

Asentí en silencio.

El hombre más respetado del imperio financiero Shen dio dos pasos hacia adelante y apoyó una mano sobre el cristal.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

Durante años había esperado conocer a los hijos que yo siempre me negaba a presentar.

Nunca imaginó encontrarlos luchando por respirar.

—¿Quién se atrevió…?

Su voz sonó baja.

Peligrosa.

—¿Quién permitió que esto ocurriera?

Respiré profundamente.

—Fui yo.

El anciano giró lentamente.

—¿Qué dices?

—Yo elegí casarme con Adrian.

—Yo oculté quién era.

—Yo creí que el amor bastaba.

Bajé la cabeza.

—Los responsables de que mis hijos sufrieran soy yo.

Mi abuelo levantó mi barbilla con una mano temblorosa.

—No.

Su respuesta fue firme.

—La culpa pertenece únicamente a quien decidió aplastar un corazón que confiaba en él.

Un médico salió apresuradamente del quirófano neonatal.

—Presidente Shen.

Todos giramos.

El especialista sonreía.

—Las pruebas del hospital de Seaview eran falsas.

Mi pecho dejó de moverse.

—¿Qué encontró?

El médico abrió la carpeta.

—Los pulmones de ambos bebés presentan inmadurez propia de un parto prematuro.

—Pero no existe daño cerebral.

—Tampoco encontramos ninguna malformación irreversible.

—Con nuestro tratamiento, las probabilidades de recuperación superan el noventa y cinco por ciento.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Caí de rodillas.

Lloré.

No por tristeza.

Lloré porque, por primera vez desde el parto, podía imaginar a mis hijos corriendo algún día.

Mi abuelo cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, ya no quedaba ni un rastro de ternura.

Solo había una decisión.

—Convoca inmediatamente al consejo de la familia.

Uno de sus asistentes respondió desde el teléfono.

—Sí, presidente.

—También quiero un informe completo del Grupo Gu.

—Cada contrato.

Cada préstamo.

Cada socio.

Cada deuda.

No dejarán una sola hoja sin revisar.

Asentí lentamente.

—Abuelo.

Él me miró.

—No destruyas la empresa todavía.

Frunció el ceño.

—¿Después de todo lo que hicieron?

—No.

Me incorporé despacio.

—Quiero hacerlo yo.

En ese mismo momento, a más de mil kilómetros de distancia, Adrian entraba en la sala principal del Grupo Gu.

Las pantallas proyectaban el logotipo del megaproyecto costero de Seaview.

Una inversión valorada en más de treinta mil millones de yuanes.

El proyecto que podía convertirlo en uno de los empresarios más importantes del país.

Los directivos comenzaron a aplaudir cuando apareció.

—¡Felicidades, presidente Gu!

—Con este contrato nadie podrá competir con nosotros.

—Las acciones subirán al menos un veinte por ciento.

Adrian sonrió por primera vez en varios días.

Miró a Isabella, que permanecía sentada junto a él con una mano sobre el vientre.

—Cuando consigamos este proyecto…

Le acarició la mano.

—Nuestro hijo nacerá dentro del imperio más grande del país.

Isabella sonrió.

Pero aquella sonrisa duró muy poco.

La secretaria abrió apresuradamente la puerta.

—Presidente…

Respiraba con dificultad.

—Acaba de llegar una notificación del comité organizador.

Adrian tomó el sobre.

Lo abrió con tranquilidad.

Cinco segundos después, su expresión cambió.

—¿Qué demonios significa esto?

Uno de los vicepresidentes tomó la carta.

Su rostro también perdió el color.

—¿Han… han suspendido la evaluación final?

—¿Por qué?

La secretaria tragó saliva.

—Dicen que un nuevo inversor internacional acaba de entrar en la licitación.

Toda la sala quedó en silencio.

—¿Quién?

Ella bajó la mirada hacia la pantalla de la tableta.

—Deep Blue Capital.

El nombre cayó como una bomba.

Los ejecutivos comenzaron a murmurar.

—¿Deep Blue?

—¿Ese fondo nunca participa en proyectos locales?

—Dicen que administran cientos de miles de millones.

—¿Por qué aparecerían aquí?

Adrian apretó lentamente la mandíbula.

Había intentado contactar con Deep Blue durante tres años.

Jamás obtuvo respuesta.

Ahora aparecían precisamente en el proyecto del que dependía todo su futuro.

Su teléfono vibró.

Era el vicepresidente del banco principal.

—Presidente Gu.

—Solo quería advertirle que la situación cambió.

—Si Deep Blue entra oficialmente, todos los bancos revisarán las condiciones de financiación.

—Será una competencia completamente distinta.

La llamada terminó.

El ambiente ya no era de celebración.

Era de inquietud.

Mientras tanto, en la capital, un hombre de mediana edad entró en mi habitación.

Vestía un traje azul oscuro.

Se inclinó con respeto.

—Presidenta.

Hacía siete años que nadie me llamaba así.

Sobre la mesa colocó una carpeta negra.

—Aquí está toda la información sobre Isabella Lin.

La abrí.

Fotografías.

Transferencias.

Registros migratorios.

Contratos.

Y decenas de imágenes donde aparecía abrazando hombres distintos.

Uno de ellos hizo que mis dedos se detuvieran.

Era un informe médico.

Fecha de hacía cuatro meses.

Clínica privada.

Prueba prenatal.

Padre biológico incompatible con Adrian Gu.

Respiré lentamente.

Así que mi intuición era correcta.

El supuesto heredero que Isabella llevaba en el vientre jamás había pertenecido a Adrian.

El director de inteligencia habló en voz baja.

—Presidenta, todavía hay más.

Sacó un pendrive.

—Hace tres años Isabella firmó un acuerdo secreto con un competidor del Grupo Gu.

—Su misión era acercarse al señor Adrian, aislarlo de usted y controlar sus decisiones empresariales.

Levanté lentamente la vista.

—¿Todo este tiempo fue utilizada?

—Sí.

—Y cuando el Grupo Gu pierda valor…

Hizo una pausa.

—Planeaban abandonar el país con el dinero.

Cerré la carpeta.

No sentí satisfacción.

Solo una enorme decepción.

Adrian había destruido su propia familia por una mujer que jamás lo había amado.

Me acerqué a la ventana.

Desde allí podía verse toda la capital iluminada.

Las luces parecían un océano infinito.

—No revelaremos nada todavía.

El director dudó.

—¿Presidenta?

—Déjenlos seguir creyendo que ganaron.

Porque cuanto más alto suban…

Más fuerte será la caída.

En ese mismo instante, sin saberlo, Adrian firmaba la autorización definitiva para invertir casi toda la liquidez del Grupo Gu en el megaproyecto costero.

Y la empresa que acababa de convertirse en su mayor competidora pertenecía precisamente a la mujer a la que había pagado doscientos millones para que desapareciera de su vida.

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