Nadie en la familia Montiel podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.
Miré a Elena Torres unos segundos antes de responder.
—Todavía no llamen a la policía.
Ella arqueó una ceja.
—¿Está segura, señorita Serrano?
Asentí despacio.
Cada costilla rota me recordaba el precio de mi paciencia.
—Si Alejandro es capaz de ordenar que me golpeen creyendo que soy una mujer sin respaldo, quiero descubrir hasta dónde está dispuesto a llegar.
Elena comprendió de inmediato.
Sacó su teléfono.
—Activaré el protocolo de protección.
En menos de cinco minutos llegaron dos médicos privados, un abogado y otros cuatro escoltas.
Todo ocurrió con una eficiencia que jamás había visto.
Mientras uno revisaba nuevamente mis radiografías, el abogado colocó una carpeta negra sobre la cama.
—El señor Ernesto Serrano ha firmado una autorización para que usted asuma inmediatamente todos los derechos que le corresponden como accionista.
Abrí la carpeta.
Había decenas de documentos.
Estados financieros.
Participaciones accionarias.
Consejos de administración.
Mi nombre aparecía una y otra vez.
Valeria Cruz Serrano.
Treinta y siete por ciento.
Respiré profundamente.
Toda mi vida había creído que mi madre y yo no teníamos absolutamente a nadie.
Ahora descubría que pertenecía a una de las familias empresariales más poderosas del país.
Elena volvió a hablar.
—Su abuelo lleva meses buscándola.
—¿Por qué ahora?
Su expresión se volvió triste.
—Porque le diagnosticaron una enfermedad terminal hace seis semanas.
Sentí un nudo en la garganta.
—Creía que su hija había muerto sin dejar descendencia.
Bajé la mirada.
Mi madre nunca le dio la oportunidad de conocerme.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, alguien llamó a la puerta.
Era Mauricio.
Volvía con otra carpeta.
Al verme acompañada por varias personas elegantemente vestidas, vaciló.
—Perdón… no sabía que tenía visitas.
Elena ni siquiera lo miró.
Continuó revisando los documentos como si él no existiera.
Mauricio carraspeó.
—La señora Teresa Montiel quiere recuperar el brazalete hoy mismo.
Solté una pequeña risa.
—Qué eficiente.
—También… el señor Montiel pidió recordarle que el compromiso oficial con la señorita Renata Salgado será transmitido por varios medios de comunicación este sábado.
—Lo sé.
Mi tranquilidad comenzó a incomodarlo.
—¿No piensa hacer nada?
Lo observé directamente.
—Sí.
Su expresión mostró un leve alivio.
Creyó que finalmente aceptaría desaparecer.
Entonces señalé el convenio de divorcio.
—Dígale a Alejandro que firmé porque ya no quiero compartir ni un minuto más mi apellido con él.
Mauricio asintió.
Estaba a punto de marcharse cuando Elena lo detuvo.
—Un momento.
Le entregó una tarjeta de presentación.
—Cuando informe al señor Montiel, dígale también que cualquier comunicación futura deberá realizarse únicamente a través del despacho Serrano & Asociados.
Mauricio leyó el nombre.
Frunció el ceño.
Después volvió a leerlo.
Su rostro perdió completamente el color.
—¿S… Serrano?
—Exactamente.
—¿El Grupo Internacional Serrano?
Elena sonrió con absoluta cortesía.
—El mismo.
Vi cómo Mauricio intentaba relacionar aquel nombre con la mujer golpeada que tenía delante.
No podía hacerlo.
Antes de salir, volvió a mirarme.
—¿Qué relación tiene usted con ellos?
Respondí sin cambiar el tono.
—Pregúntaselo a Alejandro después de que firme el divorcio.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Elena caminó hacia la ventana.
—No tardarán en investigar.
—Lo sé.
—Y cuando descubran quién es realmente…
Negué lentamente.
—No.
Ella me miró confundida.
—No quiero que lo descubran todavía.
Saqué mi teléfono.
Tenía cuarenta y tres llamadas perdidas.
Todas de Alejandro.
La última acababa de entrar hacía menos de un minuto.
Había cambiado de estrategia.
Ya no amenazaba.
Ahora escribía:
“Valeria, hablemos. Creo que todo esto fue un malentendido.”
Sonreí por primera vez desde que desperté en el hospital.
No era arrepentimiento.
Era miedo.
Y apenas estaba empezando.
En ese instante, el teléfono de Elena vibró.
Leyó el mensaje y levantó inmediatamente la vista hacia mí.
—Señorita Valeria…
—¿Qué ocurre?
Guardó silencio unos segundos.

—Acaban de confirmar que el Grupo Montiel solicitó anoche un crédito de quinientos millones de pesos.
Fruncí el ceño.
—¿Y?
Elena dejó el teléfono sobre mi cama.
—El banco que debe autorizar ese préstamo… pertenece al Grupo Internacional Serrano.