El mundo dejó de girar.
Apoyé una mano contra la pared para no caer mientras cada palabra del doctor seguía atravesando la puerta.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Adrian con una voz que ya no sonaba tan segura.
El doctor Thomas Reed habló despacio.
—Los análisis muestran niveles anormales de un compuesto que no debería estar en el organismo de una mujer embarazada. No es un medicamento prenatal. Es una sustancia que, administrada en pequeñas dosis durante varias semanas, puede provocar fallos en el desarrollo del feto.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Varias semanas.
No había sido un accidente.
—¿Estás completamente seguro? —preguntó Adrian.
—He repetido los análisis tres veces.
Hubo un largo silencio.
Entonces mi esposo dijo algo que me heló la sangre.
—¿Puede demostrarse quién se lo dio?
Mi corazón dio un vuelco.
No preguntó si yo iba a sobrevivir.
No preguntó por nuestro bebé.
Solo quería saber si podían descubrir al culpable.
El doctor respondió con firmeza.
—Eso dependerá de la investigación. Pero alguien muy cercano a Nora ha tenido acceso continuo a su comida o a sus medicamentos.
Recordé inmediatamente cada desayuno preparado por Adrian.
Cada taza de té que insistía en servirme antes de ir al trabajo.
Cada vitamina que él mismo colocaba sobre la mesa diciendo:
—No olvides tomarlas. Quiero que nuestro bebé nazca sano.
Las piernas comenzaron a temblarme.
Durante seis años jamás había desconfiado de él.
El teléfono permaneció en silencio varios segundos.
Después Adrian habló otra vez.
—No le digas nada todavía.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Necesito tiempo para pensar.
—¿Pensar? —respondió el doctor con evidente indignación—. Tu esposa y tu hijo están en peligro.
—Solo necesito unas horas.
La llamada terminó.
No esperé un segundo más.
Retrocedí lentamente por el pasillo antes de que el doctor saliera del consultorio.
Entré al baño de mujeres y cerré la puerta con seguro.
Me miré en el espejo.
Tenía el rostro completamente blanco.
Las manos no dejaban de temblar.
Saqué el teléfono.
Había diecisiete mensajes de Adrian.
¿Cómo salió la consulta?
¿Qué dijo el médico?
Estoy preocupado por ustedes dos.
Cada palabra parecía una burla.
Guardé el teléfono sin responder.
Por primera vez desde que lo conocía, comprendí que no sabía quién era realmente el hombre con el que compartía mi cama.
Respiré hondo.
No podía llorar.
No todavía.
Si alguien estaba intentando acabar con mi embarazo, debía proteger a mi hijo antes que cualquier otra cosa.
Salí discretamente del baño y regresé al consultorio.
El doctor Thomas levantó la vista al verme entrar.
Su expresión cambió inmediatamente.
Comprendió que había escuchado toda la conversación.
Cerró lentamente la puerta.
—¿Cuánto oíste?
Lo miré fijamente.
—Todo.
El hombre dejó escapar un suspiro lleno de culpa.
—Lo siento muchísimo.
Negué con la cabeza.
—No necesito compasión.
Saqué el informe médico de mi bolso.
—Necesito la verdad.
Él permaneció unos segundos en silencio.
Después abrió un cajón y sacó una carpeta roja.
—Hay algo que todavía no sabes.
La colocó frente a mí.
—Cuando analizamos tu sangre, encontramos otra anomalía.
Sentí que el corazón volvía a acelerarse.
—¿Cuál?
El doctor pasó lentamente la primera página.
—Las muestras no solo fueron enviadas al laboratorio de obstetricia.
También fueron remitidas al departamento de toxicología forense.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Me entregó una fotografía ampliada de los resultados.
—Porque la sustancia encontrada en tu organismo es extremadamente rara.
Señaló una línea del informe.
—En los últimos cinco años solo hemos visto tres casos.
Levanté lentamente la vista.

—¿Y los otros dos?
El doctor tragó saliva.
Su respuesta hizo que toda mi sangre se congelara.
—Las otras dos mujeres… también eran esposas de altos ejecutivos de Whitmore Group. Ninguna de ellas consiguió dar a luz con vida a su bebé.