El juez Calder sostuvo el documento unos segundos más.
Después levantó lentamente la vista.
—Señor Hollis…
Adrian sonrió con seguridad.
—Sí, señoría.
El juez golpeó suavemente la primera página con el índice.
—Tengo una pregunta muy sencilla.
La sonrisa de Adrian permaneció intacta.
—Adelante.
—¿Puede explicarme por qué los documentos originales de constitución de Hollis Transit Systems muestran como accionista fundador principal a la señora Evelyn Lane… y no a usted?
La sala quedó completamente en silencio.
Paige dejó de respirar.
Uno de los abogados de Adrian se inclinó rápidamente hacia los documentos.
Su expresión cambió en cuestión de segundos.
—Eso… eso debe ser una copia equivocada.
—No lo es —respondió el juez.
Levantó el sello notarial.
—Estos documentos fueron registrados hace doce años ante la Secretaría de Estado de Virginia.
Originales.
Certificados.
Adrian tragó saliva.
Por primera vez desde que comenzó la audiencia, dejó de parecer un hombre seguro.
—Su señoría…
Intentó hablar.
No encontró las palabras.
Me puse de pie.
—Cuando fundamos la empresa, Adrian todavía estaba resolviendo un litigio comercial derivado de su antigua sociedad.
Todos los activos se registraron provisionalmente a mi nombre para evitar que aquel proceso afectara el lanzamiento de la compañía.
Abrí otra carpeta.
—Aquí está el acuerdo firmado por ambos.
Entregué el documento al secretario judicial.
El juez comenzó a leer.
—”La señora Evelyn Lane conservará la propiedad legal del cien por ciento de las acciones fundadoras hasta que ambas partes acuerden formalmente una transferencia.”
Levantó la vista.
—¿Existe alguna transferencia posterior?
Sonreí con tranquilidad.
—No, señoría.
El secretario revisó rápidamente el expediente.
Negó con la cabeza.
—No aparece ninguna.
Uno de los abogados de Adrian intervino inmediatamente.
—Su señoría, durante doce años el señor Hollis ha dirigido la empresa.
—No discutimos quién la dirigió.
El juez cerró lentamente la carpeta.
—Discutimos quién era su propietario.
El abogado quedó en silencio.
Paige comenzó a ponerse nerviosa.
—Adrian…
Él levantó una mano para callarla.
Pero ya era demasiado tarde.
Yo abrí otra carpeta.
—Durante doce años nunca reclamé públicamente mi participación.
Porque estábamos casados.
Nunca imaginé que tendría que demostrar quién construyó realmente esta empresa.
Saqué un segundo documento.
Los primeros estados financieros.
Las transferencias iniciales.
Las garantías bancarias.
Todos llevaban mi firma.
—Los primeros cuatrocientos mil dólares que financiaron Hollis Transit Systems provinieron de la venta de mi empresa de logística.
Miré directamente a Adrian.
—La empresa que heredé de mi padre.
La sala comenzó a llenarse de murmullos.
El juez golpeó el mazo.
—Silencio.
Uno de los periodistas presentes levantó inmediatamente su libreta.
Aquello ya no era un simple divorcio.
Era una batalla por una empresa multimillonaria.
Adrian respiraba cada vez más rápido.
—Evelyn…
Su voz había perdido toda la firmeza.
—Podemos resolver esto fuera del tribunal.
Negué despacio.
—Hace seis meses también pudimos resolver nuestro matrimonio.
Preferiste traer tres abogados.
Paige bajó la mirada.
El juez volvió a revisar el expediente.
Entonces abrió otro sobre.
—Hay algo más.
Todos dirigimos la vista hacia él.
—Aquí consta que el acuerdo prenupcial firmado por ambas partes excluye expresamente cualquier activo perteneciente a la señora Lane antes del matrimonio.
Russell Crane se quedó inmóvil.
Comprendió el problema antes que nadie.
El juez continuó.
—Si la empresa nunca dejó de pertenecer legalmente a la señora Lane…
Hizo una breve pausa.
—Entonces el acuerdo prenupcial protege precisamente a la empresa… de las reclamaciones del señor Hollis.
La sangre desapareció del rostro de Adrian.
Paige abrió mucho los ojos.
—Eso no puede ser…
El juez cerró lentamente la carpeta.
—Según la documentación presentada hasta este momento…
Miró directamente a Adrian.
—Existe la posibilidad de que usted no solo no sea propietario de Hollis Transit Systems…
Tomó la siguiente carpeta.
Una carpeta mucho más gruesa.
Con el sello de una auditoría forense.
—Sino que también haya administrado durante años una empresa cuyo verdadero dueño era su esposa.

Toda la sala quedó en absoluto silencio.
Entonces el juez levantó la última hoja del expediente, observó la fecha y formuló una segunda pregunta.
Una pregunta que hizo que Adrian perdiera completamente el color del rostro.
—Señor Hollis… ¿por qué intentó vender el treinta por ciento de una empresa que, según estos registros, legalmente nunca le perteneció?