PARTE 2: DEMASIADO TARDE

Adrián nunca había conocido el silencio.

Su vida siempre estaba llena de llamadas, reuniones, asistentes entrando y saliendo de la oficina, socios esperando una respuesta y amigos que aparecían sin avisar.

Pero aquella noche, el apartamento parecía un lugar abandonado.

Volvió a escribir.

“Claire, responde.”

El mensaje quedó sin leer.

Llamó una vez.

Dos.

Cinco.

La voz automática terminó convirtiéndose en el único sonido que respondía a su ansiedad.

—El teléfono móvil al que llama…

Colgó de golpe.

Aquello era absurdo.

Claire jamás apagaba el teléfono.

Ni siquiera cuando discutían.

Mucho menos desaparecería sin avisar.

Abrió el armario por segunda vez.

Las perchas vacías parecían multiplicarse.

Faltaban sus vestidos.

Sus zapatos.

La caja donde guardaba las fotografías de su madre.

Incluso había desaparecido la pequeña taza de porcelana que siempre dejaba junto a la cafetera.

No era un enfado.

Era una despedida.

Por primera vez sintió un vacío incómodo en el pecho.

Marcó el número de Marta, la empleada doméstica.

—¿La señora salió?

—Sí, señor Moretti.

—¿A qué hora vuelve?

Hubo un silencio extraño.

—No dijo que fuera a volver.

Adrián frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—Me pidió que entregara las llaves al administrador cuando usted regresara. También dejó pagado mi salario de los próximos dos meses y me agradeció estos cuatro años.

Las palabras golpearon más fuerte de lo que esperaba.

—¿Te dijo adónde iba?

—Solo comentó que… por fin iba a volver a casa.

La llamada terminó.

Adrián permaneció inmóvil.

Volver a casa.

Recordó la conversación de aquella mañana.

“No voy a regresar.”

Había pensado que era otra de esas frases dramáticas que desaparecían con el tiempo.

Jamás imaginó que hablaba literalmente.

Entró en la cocina.

Todo seguía perfectamente ordenado.

La nevera estaba llena de los alimentos que él acostumbraba comer.

Las camisas limpias esperaban planchadas para toda la semana.

Incluso había dejado preparada la lista de medicamentos que debía tomar por su gastritis.

Claire había organizado su vida… para desaparecer de ella.

Aquello le produjo una sensación desconocida.

Rabia.

No contra ella.

Contra sí mismo.

Porque no recordaba la última vez que le había preguntado si era feliz.

Su teléfono volvió a vibrar.

Era su madre.

—¿Vendrás mañana a comer?

—No.

—¿Otra reunión?

—Claire se fue.

Patricia soltó una pequeña risa.

—Déjala que haga su berrinche. Volverá cuando se le pase.

Adrián cerró los ojos.

—No va a volver.

—¿Cómo estás tan seguro?

Miró el apartamento vacío.

—Porque esta vez ni siquiera dejó una razón para quedarse.

Su madre suspiró con impaciencia.

—Hijo, no exageres. Esa chica lleva cuatro años viviendo gracias a ti. No tardará en darse cuenta de que nadie puede darle esta vida.

Adrián no respondió.

Recordó algo que nunca había considerado importante.

Cuatro años.

En cuatro años Claire jamás le había pedido una joya.

Nunca exigió una casa.

Jamás revisó sus cuentas.

Ni una sola vez preguntó cuándo se casarían.

Simplemente permanecía allí.

Esperándolo.

Hasta que dejó de hacerlo.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Julian conducía en silencio.

Claire observaba por la ventanilla las luces que desaparecían una tras otra.

—¿Te arrepientes? —preguntó él.

Negué despacio.

—Me duele.

—No es lo mismo.

Sonreí con tristeza.

—Pensé que, cuando llegara este momento, me sentiría libre.

—¿Y cómo te sientes?

Miré el anillo sencillo que llevaba desde hacía cuatro años, un anillo que Adrián había comprado durante un viaje diciendo entre risas que era “más cómodo que dar explicaciones a las mujeres que se le acercaban”.

Nunca fue un compromiso.

Solo una forma de evitar preguntas.

Me lo quité lentamente.

Abrí la ventanilla.

El viento de la noche golpeó mi rostro.

Después dejé caer el anillo.

Desapareció entre la oscuridad de la avenida.

Julian no dijo nada.

Solo siguió conduciendo.

Mi teléfono vibró una última vez.

Era Adrián.

“Claire… por favor. Solo dime dónde estás.”

Lo leí durante varios segundos.

Después eliminé la conversación completa.

No sabía que, exactamente cinco minutos más tarde, Adrián utilizaría todos los contactos de la familia Moretti para localizarme.

Y que la primera respuesta que recibiría no vendría de ninguno de sus hombres.

Sino de la secretaria de la estación central.

—Señor Moretti… la señorita Claire acaba de comprar un billete de solo ida.

Destino… el pueblo del que juró que nunca volvería.

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