PARTE 2: EL PRECIO DE HUMILLARLA

Chen Feng abrió lentamente la puerta del automóvil.

El vehículo avanzó en silencio por la avenida principal de la ciudad mientras yo observaba los edificios desaparecer detrás del cristal.

Todavía no podía asimilar todo lo que acababa de ocurrir.

Una hora antes seguía siendo la mujer que acababa de romper con el hombre al que había amado durante tres años.

Ahora…

Me dirigía a conocer al padre que jamás había visto.

El automóvil atravesó finalmente las enormes puertas de hierro del Grupo Gu.

Las cámaras de seguridad giraron inmediatamente.

Más de veinte empleados ya esperaban alineados frente al edificio.

Cuando el coche se detuvo, Chen Feng descendió primero.

Después abrió mi puerta.

—Señorita Jiang.

Respiré profundamente antes de bajar.

En el instante en que puse un pie sobre el suelo de mármol, todos inclinaron la cabeza al mismo tiempo.

—Bienvenida a casa, señorita.

Aquellas palabras me dejaron completamente inmóvil.

Nunca nadie me había recibido así.

El vestíbulo estaba decorado con enormes lámparas de cristal y paredes cubiertas de jade blanco.

Los empleados permanecían inmóviles, formando un largo pasillo.

Chen Feng caminó lentamente a mi lado.

—El presidente lleva esperando desde las ocho de la mañana.

El ascensor privado subió directamente hasta el último piso.

Las puertas se abrieron.

Solo había una oficina.

Enorme.

Silenciosa.

Detrás del ventanal, un hombre de cabello ligeramente canoso permanecía de espaldas.

No necesitó que nadie anunciara mi llegada.

Giró lentamente.

Nuestros ojos se encontraron.

Durante varios segundos ninguno de los dos habló.

El hombre que aparecía cada año entre los empresarios más importantes del país tenía ahora los ojos completamente enrojecidos.

Avanzó dos pasos.

Después se detuvo.

Como si temiera que yo desapareciera nuevamente.

—Rou Rou…

Su voz era apenas un susurro.

Sentí un extraño nudo en la garganta.

Toda mi vida había imaginado este momento de cientos de maneras distintas.

Pero ninguna se parecía a la realidad.

Él levantó lentamente una fotografía antigua.

Era exactamente la misma que Chen Feng me había mostrado.

La mujer que sostenía al bebé sonreía feliz.

—Tu madre murió buscándote.

Aquella frase atravesó directamente mi corazón.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

Gu Zhengting cerró los ojos unos segundos.

—Durante veintidós años…

—No hubo un solo cumpleaños en el que dejara de buscarte.

—No hubo un solo Año Nuevo en el que abandonara la esperanza.

Sacó una pequeña caja de madera del cajón.

Dentro había decenas de fotografías infantiles.

Habitaciones preparadas.

Juguetes jamás utilizados.

Vestidos comprados para una hija que nunca regresó.

Cada imagen representaba un año de espera.

No pude contenerme más.

Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.

Él tampoco pudo seguir fingiendo serenidad.

Con los ojos completamente húmedos preguntó con cautela:

—¿Puedo…

—…abrazarte?

Asentí lentamente.

En el instante siguiente, sentí por primera vez el abrazo de mi padre.

No dijo absolutamente nada.

Solo me abrazó con fuerza.

Como si intentara recuperar más de veinte años perdidos.

Mientras tanto…

En la subasta benéfica organizada por el Grupo Gu.

Han Yi llevaba casi una hora esperando.

Los principales empresarios comenzaban a impacientarse.

Uno de ellos preguntó:

—¿No iba a venir hoy el presidente Gu?

La secretaria respondió con una sonrisa.

—El presidente no asistirá.

—Hoy ha decidido suspender toda su agenda.

Han Yi frunció el ceño.

—¿Ha ocurrido algo importante?

La mujer respondió con evidente emoción.

—Sí.

—El presidente encontró por fin a su hija.

Toda la sala quedó sorprendida.

—¿La heredera perdida?

—¿La familia Gu realmente la encontró?

Las conversaciones comenzaron a multiplicarse.

Todos intentaban averiguar quién era aquella misteriosa mujer.

En ese momento, el teléfono de Han Yi vibró.

Era Su Wanwan.

Contestó con evidente impaciencia.

—¿Qué ocurre?

Al otro lado llegó una voz emocionada.

—Hermano Yi, ¿ya escuchaste la noticia?

—¡Dicen que quien se case con la heredera del Grupo Gu heredará en el futuro un patrimonio superior a cinco mil millones de yuanes!

Han Yi sonrió con indiferencia.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

Pero apenas terminó de hablar…

Uno de sus asistentes entró corriendo.

—¡Presidente Han!

—¡Acabamos de confirmar una información!

Han Yi levantó la cabeza.

—¿Qué pasó?

El asistente tragó saliva antes de responder.

—La heredera recién encontrada…

—Se llama…

—Jiang Rou.

El vaso de vino cayó de la mano de Han Yi y estalló contra el suelo.

Toda la sala volvió la mirada hacia él.

Y por primera vez desde que la conocía…

Comprendió que la mujer que había despreciado no solo había desaparecido de su vida.

Acababa de convertirse en alguien a quien probablemente jamás volvería a poder alcanzar.

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