A la mañana siguiente, el auditorio de la Escuela Internacional Huaxia estaba lleno.
Más de mil padres ocupaban las butacas mientras los niños, vestidos con impecables uniformes blancos, esperaban detrás del escenario.
Yo me senté en la quinta fila.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
La cámara descansaba entre mis manos.
Era la misma con la que había fotografiado toda la infancia de Su Nian.
El director apareció en el escenario.
—Bienvenidos a la ceremonia de graduación de la generación 2036.
Los aplausos llenaron el recinto.
Su Nian estaba en la primera fila de alumnos.
Recto.
Sereno.
Con esa tranquilidad que siempre había tenido incluso siendo un niño pequeño.
Yo no podía dejar de mirarlo.
Entonces el presentador anunció:
—Ahora recibiremos al principal benefactor de nuestra institución. Gracias a su generosa donación de cinco millones de yuanes podremos construir el nuevo Centro de Innovación Científica.
Las luces apuntaron hacia la entrada principal.
Los fotógrafos comenzaron a disparar sus cámaras.
Y apareció él.
Zhou Yichen.
Diez años habían pasado.
Su rostro era más maduro.
Más firme.
Vestía un traje negro hecho a medida.
A su alrededor caminaban asistentes, directivos y varios guardaespaldas.
Todo el auditorio se puso de pie para recibirlo.
Los aplausos parecían no terminar nunca.
Él saludó con una sonrisa educada.
Exactamente la sonrisa que aparecía cada semana en las revistas financieras.
Yo permanecí sentada.
Sin emoción.
Sin odio.
Solo observando.
Subió lentamente al escenario.
Tomó el micrófono.
—Invertir en educación siempre será la inversión más rentable.
Su voz seguía siendo exactamente igual.
Grave.
Segura.
Capaz de convencer a cualquiera.
Los padres volvieron a aplaudir.
Después habló el director.
—Antes de finalizar esta ceremonia, queremos entregar el premio al mejor estudiante de toda la generación.
Hizo una breve pausa.
—Con promedio perfecto durante seis años consecutivos.
—Ganador nacional de matemáticas.
—Primer lugar en ciencias.
—Representante estudiantil.
—Invitamos al escenario…
Miró la tarjeta.
Sonrió orgulloso.
—¡Su Nian!
Los alumnos comenzaron a vitorear.
—¡Su Nian!
—¡Su Nian!
Mi hijo respiró hondo.
Luego caminó hacia el escenario.
Paso firme.
Espalda recta.
La misma manera de caminar que tenía Zhou Yichen.
Nunca pude evitarlo.
La genética era demasiado poderosa.
Cuando Su Nian subió los escalones, el director lo condujo justo al lado de Zhou Yichen.
Solo entonces ocurrió.
El silencio.
No fue inmediato.
Primero dejaron de escucharse algunos aplausos.
Luego otros.
Después todo el auditorio quedó completamente inmóvil.
Porque cualquiera podía verlo.
Los dos rostros parecían reflejarse en un espejo separado por diez años.
Las mismas cejas.
La misma nariz.
La misma mandíbula.
Incluso la misma forma de fruncir ligeramente el entrecejo cuando observaban algo.
Zhou Yichen giró despacio la cabeza.
Miró a Su Nian.
Durante un segundo sonrió por educación.
Al siguiente…
La sonrisa desapareció.
Sus pupilas se contrajeron.
Su respiración se detuvo.
Observó otra vez al niño.
Como si su cerebro se negara a aceptar lo que estaban viendo sus ojos.
Su Nian levantó la vista con absoluta naturalidad.
—Buenos días, señor Zhou.
La voz infantil rompió el silencio.
Pero Zhou Yichen seguía inmóvil.
El director creyó que estaba emocionado.
—Señor Zhou, este niño es nuestro mayor orgullo.
Él apenas reaccionó.
—¿Cuántos… años tienes?
Toda la sala escuchó aquella pregunta.
Su Nian respondió con educación.
—Diez.
Diez.
Aquella palabra cayó sobre Zhou Yichen como un martillo.
Diez años.
Exactamente diez.
Su mirada cambió.
Por primera vez comenzó a calcular fechas.
Recordó el divorcio.
Recordó aquella tarde.
Recordó que Su Qing había tardado demasiado en leer el convenio.
Recordó aquella extraña pregunta.
“¿Alguna vez me amaste?”
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No.
No podía ser.
Era imposible.
Se inclinó ligeramente hacia el niño.
—¿Cómo se llama tu padre?
El auditorio volvió a quedarse completamente callado.
Su Nian respondió sin vacilar.
—No tengo padre.
—Mi mamá dice que murió hace muchos años.
Cada palabra fue como una aguja atravesando el pecho de Zhou Yichen.
Él dio un pequeño paso hacia atrás.
El director, incómodo, intentó continuar con la ceremonia.
—Bueno… entregaremos ahora el reconocimiento…
Pero Zhou Yichen ya no escuchaba.
Seguía mirando al niño.
Buscando una diferencia.
Cualquier diferencia.
Algo que demostrara que todo era una simple coincidencia.
No encontró nada.
Entonces Su Nian recibió el diploma.

Al tomarlo, sonrió.
Y esa sonrisa…
Era exactamente la sonrisa que Zhou Yichen veía cada mañana frente al espejo.
Las piernas comenzaron a fallarle.
Levantó lentamente la vista hacia el público.
Su mirada recorrió las primeras filas.
Segunda.
Tercera.
Cuarta.
Hasta detenerse en mí.
Yo seguía sentada.
Con la cámara apoyada sobre las piernas.
Lo miré directamente a los ojos.
Y, por primera vez en diez años…
Le sonreí.