PARTE 2: EL ÚLTIMO ENCARGO

Durante el vuelo, no dormí ni un solo minuto.

Mis dos hijos descansaban apoyados sobre mí, ajenos a todo lo que acabábamos de dejar atrás.

Miré por la ventanilla.

Las luces de la ciudad desaparecían lentamente entre las nubes.

Pensé que jamás volvería a ver aquella mansión.

Mucho menos a Zhou Yanbai.

Cuando el avión aterrizó en Hangzhou, ya era de madrugada.

Alquilé un pequeño apartamento de apenas sesenta metros cuadrados.

No había jardín.

No había chófer.

No había sirvientes.

Solo una cocina diminuta, dos habitaciones y una terraza desde la que podía verse el río.

Por primera vez en tres años…

Sentí que respiraba.

Los primeros días fueron sorprendentemente tranquilos.

El dinero ya estaba en mi cuenta.

Compré una panadería que llevaba meses cerrada y empecé a reformarla.

Mientras los obreros trabajaban, yo horneaba pan con mis propias manos.

Era lo que siempre había querido hacer antes de entrar en la familia Zhou.

Una vida sencilla.

Una vida que me perteneciera.

Hasta que, diez días después, sonó el timbre.

Abrí la puerta.

Frente a mí estaba el mismo abogado que había llevado el acuerdo de separación.

Seguía impecablemente vestido.

Pero esta vez parecía mucho más cansado.

—Señorita… Jiang Wan.

—¿Ocurre algo?

Él me entregó un sobre negro.

—El presidente Zhou me pidió que se lo diera únicamente si usted abandonaba la mansión.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es?

—No lo sé.

Mentía.

Podía verlo en sus ojos.

Tomé el sobre y lo abrí delante de él.

Dentro solo había una llave antigua.

Y una tarjeta escrita a mano.

La letra era inconfundible.

Era de Zhou Yanbai.

“Si algún día descubres la verdad, usa esta llave antes de juzgarme.”

No había ninguna explicación más.

Levanté la vista.

—¿Qué significa esto?

El abogado guardó silencio durante varios segundos.

Finalmente respondió con voz baja.

—Presidente Zhou me prohibió decirle nada.

—Entonces ¿para qué vino?

Él respiró hondo.

—Porque hoy… ya no trabaja.

Sentí un vuelco en el estómago.

—¿Renunció?

El abogado negó lentamente.

—Lo destituyeron.

Mi corazón dio un vuelco.

Era imposible.

Zhou Yanbai había construido el Grupo Zhou desde los veinticinco años.

Controlaba todas las decisiones de la empresa.

Nadie podía quitarle el poder.

—¿Qué ocurrió?

El abogado dudó.

Después habló casi en un susurro.

—El mismo día que usted firmó el acuerdo… convocó una reunión extraordinaria del consejo.

—¿Y?

—Transfirió personalmente diez mil millones de yuanes de su patrimonio.

Asentí.

—Eso ya lo sé.

Él negó con la cabeza.

—No, señorita Jiang.

—Esos diez mil millones no salieron de una cuenta cualquiera.

Hizo una pausa.

—Eran prácticamente toda su fortuna líquida.

Me quedé inmóvil.

—Eso no tiene sentido.

—Después de esa transferencia perdió la mayoría de sus acciones como garantía ante los bancos.

El consejo aprovechó la situación.

Y esa misma noche…

Lo expulsaron de la presidencia.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Por qué haría algo así?

El abogado bajó la mirada.

—Porque usted aceptó irse.

No entendí.

Él continuó.

—El presidente pensó que, si le ofrecía una cantidad imposible de rechazar, usted elegiría quedarse negociando con él.

Cerré los ojos.

Recordé el último mensaje.

“Entonces, vete.”

No había sido una orden.

Había sido la frase de un hombre que acababa de perder la única apuesta que había hecho en toda su vida.

—Hay algo más —añadió el abogado.

Sacó una carpeta del maletín y la dejó sobre la mesa.

—Esto debía entregárselo exactamente un mes después de su partida.

Abrí la carpeta.

Dentro había una copia de mi acuerdo de separación.

Pero había una última página que yo nunca había visto.

No llevaba mi firma.

Solo la de Zhou Yanbai.

En una única cláusula podía leerse:

“Si Jiang Wan abandona voluntariamente la familia Zhou, la totalidad de los diez mil millones transferidos será considerada una donación irrevocable. Ninguna persona, incluida la familia Zhou, podrá reclamarlos jamás.”

Debajo de aquella cláusula había una frase escrita de su puño y letra.

“Si algún día decides regresar, no será por dinero. Quiero saber si alguna vez fuiste capaz de elegirme a mí.”

Apreté con fuerza aquella hoja.

Fue entonces cuando comprendí que los diez mil millones nunca habían sido el precio de nuestra separación.

Habían sido la única forma desesperada que encontró un hombre incapaz de expresar sus sentimientos… para intentar descubrir si alguna vez yo había permanecido a su lado por él y no por todo lo que podía ofrecerme.

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