Bradley volvió a reír.
—¿De verdad quieres a ese viejo aquí?
La sangre seguía extendiéndose bajo mis piernas.
Cada respiración dolía.
Cada segundo se sentía más largo que el anterior.
La señora Pembroke se inclinó sobre mí con una expresión de absoluto desprecio.
—Tu padre no puede salvarte.
La miré fijamente.
—Llámalo.
Bradley negó con la cabeza.
—No voy a despertar a un mecánico fracasado por este teatro.
Entonces sonó el teléfono fijo de la cocina.
Los tres lo miramos.
Nadie esperaba una llamada a esas horas.
Bradley contestó con fastidio.
—¿Sí?
Su expresión cambió apenas escuchó la primera frase.
—¿Quién?
Silencio.
—¿Cómo consiguió este número?
Otra pausa.
Luego me miró.
Por primera vez desde que había empezado a sangrar.
—Es… para ti.
Extendí la mano temblando.
Bradley acercó el auricular.
—Papá…
Al otro lado se hizo un silencio de apenas un segundo.
Después escuché su voz.
Serena.
Firme.
—¿Estás herida?
No pude seguir conteniendo las lágrimas.
—Sí.
No preguntó nada más.
Solo hizo una pregunta.
—¿Sigue vivo?
Miré a Bradley.
Seguía allí.
Con los brazos cruzados.
Observándome.
—Sí.
La voz de mi padre no cambió.
—Bien.
Eso significa que todavía puedo hacer las cosas por la vía legal.
Colgó.
Bradley soltó una carcajada.
—¿Eso era todo?
La señora Pembroke también sonrió.
—Mucho ruido para nada.
No respondí.
Cinco minutos después se escuchó el primer sonido.
No eran sirenas.
Eran varios motores entrando al camino privado de la casa.
Después otro.
Y otro más.
Bradley frunció el ceño.
Se acercó a la ventana.
Su sonrisa desapareció.
Frente a la mansión acababan de detenerse tres vehículos negros.
Detrás llegó una ambulancia.
Y después dos patrullas.
La puerta principal se abrió de golpe.
Entraron primero los paramédicos.
Uno de ellos corrió directamente hacia mí.
—¡Paciente embarazada con hemorragia!
Mientras me colocaban la camilla, varios agentes de policía cruzaron la entrada.
Uno de ellos se dirigió a Bradley.
—¿Bradley Pembroke?
—Sí… ¿qué sucede?
—Permanezca donde está.
No entendía nada.
Entonces apareció un hombre de cabello completamente canoso.
Vestía un traje oscuro impecable.
Caminaba despacio.
Sin levantar la voz.
Sin mirar siquiera a Bradley.
Se arrodilló junto a mí.
Me tomó la mano con una delicadeza que hizo que todo el miedo desapareciera.
—Ya estoy aquí, princesa.
Cerré los ojos un instante.
Seguía llamándome así desde que tenía cinco años.
Bradley lo observaba confundido.
—¿Quién demonios es usted?
Mi padre se puso de pie lentamente.
Lo miró por primera vez.
—El padre de la mujer a la que acabas de golpear.
Bradley soltó una risa nerviosa.
—Escuche, señor…
Uno de los detectives lo interrumpió.
—Será mejor que lo escuche usted.
El detective sacó una carpeta.
—Hace seis semanas recibimos una denuncia confidencial relacionada con violencia doméstica y fraude patrimonial.
Bradley giró hacia mí.
Yo permanecía inmóvil sobre la camilla.
Mi padre tomó la carpeta del detective.
La abrió.
Dentro estaban las fotografías de mis lesiones.
Los informes médicos.
Y las grabaciones de las cámaras ocultas instaladas en la casa.
La expresión de Bradley cambió por completo.
—¿Qué… qué es eso?
Mi padre cerró lentamente la carpeta.
—Las pruebas que mi hija lleva reuniendo durante meses.
La señora Pembroke dio un paso atrás.
—¡Eso es ilegal!
Uno de los agentes negó con la cabeza.
—No cuando las cámaras están instaladas por la propietaria de la vivienda para documentar delitos cometidos contra ella.
El rostro de Bradley perdió todo el color.
—¿Propietaria?
Miró a su madre.
Después volvió a mirarme.
Mi padre acomodó suavemente la manta sobre mi vientre antes de responder.
—Sí.
Hizo una breve pausa.
—Porque esta casa nunca fue de ustedes.

Y mientras los paramédicos me llevaban hacia la ambulancia, el detective abrió la última carpeta y pronunció unas palabras que hicieron que Bradley dejara caer el vaso que aún sostenía.
—Además de la agresión… también quedan formalmente detenidos por el presunto desvío de más de veintiséis millones de dólares pertenecientes a la empresa del señor Jonathan Hayes.
Mi padre.
El mismo “mecánico de pueblo” del que llevaban años burlándose.