PARTE 2: EL DIBUJO QUE LO CAMBIÓ TODO

Lucía retrocedió un paso, con el rostro completamente pálido.

—¡No! ¡Yo no sé cómo llegó ese reloj a mi bolso!

Mauricio levantó la pieza como si acabara de resolver el caso más importante de su vida.

—¿Todavía lo niegas? Llevábamos meses buscando esto.

Los gritos hicieron que Alejandro apareciera apoyándose en su bastón.

—¿Qué sucede?

—La encontré robando. El reloj de tu abuelo estaba escondido entre sus cosas.

Lucía sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

—Se lo juro, señor Cárdenas… jamás había visto ese reloj.

Mauricio soltó una risa burlona.

—Claro. Igual que las otras.

Alejandro permaneció en silencio.

Extendió la mano.

—Déjame verlo.

Mauricio depositó el reloj en su palma.

Alejandro recorrió lentamente la correa con los dedos, fingiendo reconocerla por el tacto. Después giró la cabeza hacia Lucía.

—¿Desde cuándo está ese bolso aquí?

—Lo dejé en la cocina hace unos minutos mientras limpiaba el comedor.

—¿Y estuvo sola todo ese tiempo?

Lucía intentó recordar.

—No… usted estaba en el estudio… y el señor Mauricio pasó varias veces por el pasillo.

Por un instante, Mauricio dejó de sonreír.

—¿Ahora vas a acusarme a mí?

—No estoy acusando a nadie… solo digo lo que ocurrió.

—¡Basta! —exclamó Mauricio—. La policía decidirá.

En ese momento se escucharon cuatro pequeños golpes detrás de la pared de la bodega.

Cuatro.

Alejandro reconoció inmediatamente la señal.

Era la clave que Lucía había inventado para cuando Emilia tuviera miedo.

Lucía también la oyó.

Su corazón se detuvo.

La niña había salido de su escondite.

Antes de que pudiera impedirlo, la puerta de la bodega se abrió lentamente.

Emilia apareció abrazando su muñeca de trapo.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Y esta niña quién es?

Lucía cerró los ojos.

Había terminado.

—Es… mi hija.

Alejandro golpeó suavemente el suelo con el bastón.

—No grites delante de una menor.

—¿También ocultabas niños en la casa? —replicó Mauricio—. Esto empeora todo.

Emilia miró el reloj y después señaló directamente a Mauricio.

—Ese reloj no estaba en la mochila de mi mamá.

Todos guardaron silencio.

Mauricio soltó una carcajada.

—Los niños imaginan muchas cosas.

Pero Emilia negó con fuerza.

—Yo estaba dibujando detrás de la puerta de la cocina.

Lucía abrió mucho los ojos.

No sabía que su hija hubiera salido.

—Vi cuando usted abrió la bolsa de mi mamá.

El color desapareció del rostro de Mauricio.

—¿Qué tonterías dices?

La pequeña respiró hondo.

—Sacó ese reloj de su saco… miró para todos lados… y lo metió adentro.

Lucía sintió que las piernas le temblaban.

Mauricio dio un paso hacia Emilia.

—Estás mintiendo.

La niña retrocedió, asustada.

Alejandro avanzó inmediatamente y se colocó delante de ella.

—No te acerques.

Su movimiento fue demasiado rápido.

Demasiado preciso.

Mauricio lo observó fijamente.

—¿Cómo supiste exactamente dónde estaba la niña?

Alejandro permaneció inmóvil.

Había cometido un error.

Durante unos segundos nadie habló.

Entonces Emilia tomó una hoja doblada que llevaba bajo el brazo.

—Yo hice un dibujo.

Desplegó el papel sobre la mesa.

Era un dibujo infantil, lleno de colores.

Se veía a Lucía limpiando la cocina.

A Mauricio inclinándose sobre un bolso rojo.

Y una pequeña figura escondida detrás de una puerta observándolo todo.

En la esquina superior, la niña había escrito con letras torcidas:

“El señor malo puso algo en la bolsa de mamá.”

Alejandro acarició el papel con la mano.

Aquella hoja no solo podía salvar a Lucía.

También podía revelar que el verdadero ladrón llevaba demasiado tiempo viviendo dentro de su propia familia.

Pero antes de que alguien pudiera reaccionar, Mauricio sacó discretamente su teléfono y envió un único mensaje.

“Entren ahora.”

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