PARTE 2: LA PRESENTACIÓN QUE LLEGÓ DEMASIADO TARDE

No bloqueé a Adrián aquella noche.

Tampoco respondí a sus llamadas.

Las dejé sonar una tras otra mientras el automóvil avanzaba hacia mi departamento.

A las dos de la madrugada llegó un único mensaje.

Hablemos mañana. No tomes ninguna decisión estando molesta.

Sonreí con tristeza.

No entendía que mi decisión no había nacido de la rabia.

Había nacido del silencio.

Del suyo.

A la mañana siguiente llegué a la oficina como cualquier otro día.

Solo mi directora, Laura Bennett, sabía que había aceptado el traslado a Londres.

Me recibió con una carpeta azul.

—El comité aprobó tu incorporación inmediata.

—¿Cuándo debo viajar?

—Dentro de diez días.

Asentí.

Era menos tiempo del que imaginaba.

Laura me observó unos segundos.

—¿Estás segura?

Miré por la ventana.

—Si me quedo, seguiré esperando que alguien tenga el valor de elegirme delante de los demás.

Eso ya no quiero hacerlo.

A media mañana recibí una llamada de Adrián.

Contesté.

—¿Dónde estás?

—Trabajando.

—Anoche desapareciste.

—Me fui.

—Necesitamos hablar.

—¿Sobre qué?

Guardó silencio unos segundos.

—Sobre el anillo.

Respiré despacio.

—No.

Necesitamos hablar sobre por qué dijiste que no era importante.

Él respondió inmediatamente.

—Fue para evitar una escena.

—¿Con quién?

No contestó.

Volví a preguntar.

—¿Con Julia?

—Elena…

No era el momento.

Cerré los ojos.

—Eso mismo llevas diciéndome dos años.

Ahora nunca es el momento.

Aquella tarde, el Grupo Zhou celebró una reunión con los responsables del nuevo proyecto europeo.

Yo debía presentar el plan de expansión.

Era la última vez que trabajaría directamente con ellos.

Cuando terminé la exposición, los aplausos llenaron la sala.

El presidente del consejo sonrió satisfecho.

—Excelente trabajo, Elena.

Después miró a Adrián.

—He oído que lleváis mucho tiempo colaborando.

Adrián asintió.

—Sí.

Antes de que pudiera añadir algo más, su madre tomó la palabra.

—Elena siempre ha sido una consultora muy competente para nuestra empresa.

Consultora.

Otra vez.

Sentí que ya no me dolía.

Simplemente sonaba lejano.

En ese instante, Laura se levantó de su asiento.

—Aprovechando que estamos todos reunidos, quiero comunicar una noticia.

Varias personas dirigieron la mirada hacia ella.

—La señorita Elena aceptó oficialmente dirigir nuestra nueva sede en Londres durante los próximos tres años.

La sala quedó en silencio.

Adrián giró la cabeza hacia mí.

—¿Qué?

No respondí.

Laura continuó.

—Su incorporación será inmediata.

Muchos comenzaron a felicitarme.

Solo Adrián permanecía inmóvil.

Cuando terminó la reunión, salió detrás de mí.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Lo miré con calma.

—Porque no era importante.

Su expresión cambió al reconocer sus propias palabras.

—No hagas esto.

—¿Hacer qué?

—Irte así.

Negué lentamente.

—No me voy por una cena.

Me voy porque ayer comprendí cuál es mi lugar en tu vida.

Él dio un paso más cerca.

—Tú eres mi novia.

—¿De verdad?

Saqué el teléfono.

Abrí una fotografía.

Era una imagen tomada hacía apenas veinticuatro horas.

Él junto a Julia.

La mano sin anillo.

Sonriendo.

Deslicé la siguiente.

Yo entregándole el anillo.

Después la última.

Él guardándolo en el bolsillo.

—Aquí tu novia desaparece.

Aquí solo queda una colaboradora.

Adrián bajó la mirada.

Por primera vez no encontró ninguna explicación.

Dos días después, la familia Zhou organizó una cena privada.

La madre de Adrián anunció delante de todos:

—Quiero presentar oficialmente a la mujer que acompañará a mi hijo en los próximos proyectos familiares.

Mi corazón ya no esperaba nada.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Adrián se puso de pie.

Toda la mesa guardó silencio.

Sacó lentamente dos anillos del bolsillo interior de su chaqueta.

Los mismos.

Nunca los había separado.

Miró a su madre.

Luego a Julia.

Finalmente buscó mis ojos.

—La persona que debía presentar hace dos años no es Julia.

Es Elena.

Ella es la mujer con la que llevo dos años compartiendo mi vida.

Un murmullo recorrió el salón.

Su madre se quedó completamente inmóvil.

Julia también.

Adrián caminó hacia mí.

Extendió la mano con el anillo.

—Perdóname.

Esta vez no voy a esconderte de nadie.

Lo observé durante varios segundos.

Después sonreí con serenidad.

—Llegaste dos años tarde.

Saqué de mi bolso un sobre.

Lo dejé sobre la mesa.

Era mi carta de aceptación definitiva para Londres.

Con fecha.

Con firma.

Con el contrato ya ejecutado.

—Dentro de ocho días me voy.

Nadie habló.

Pero justo cuando Adrián abrió el sobre para leerlo, el presidente del Grupo Zhou recibió una llamada urgente.

Escuchó apenas unos segundos antes de levantarse bruscamente.

Miró a Adrián con una expresión irreconocible.

—Deja eso ahora mismo.

Acabamos de recibir una oferta de adquisición desde Londres…

Y la persona que dirigirá toda la negociación será precisamente Elena.

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