Ricardo me abrazó con tanta fuerza que cualquiera habría jurado que estaba destrozado.
Sentí sus lágrimas caer sobre mi cabello.
Eran perfectas.
Tan perfectas como la actuación que acababa de escuchar detrás de la puerta del despacho.
—Vamos a luchar juntos.
Su voz se quebró con una precisión escalofriante.
—No dejaré que te pase nada.
Asentí despacio.
—Lo sé.
Él sonrió.
No podía verlo.
Pero lo sentí.
Porque sus brazos dejaron de temblar en cuanto pronuncié aquellas palabras.
Aquella noche preparó mi cena favorita.
Llamó a mi hermana para contarle que “el destino había sido muy cruel”.
Canceló dos reuniones para quedarse conmigo.
Incluso buscó en internet hospitales de Houston delante de mí.
Era un actor extraordinario.
Si no hubiera escuchado aquella conversación, también habría creído cada una de sus lágrimas.
Dos días después apareció el doctor Arturo Beltrán.
Llegó a casa con una carpeta llena de gráficos.
—Mariana…
Se sentó frente a mí.
—El tratamiento debe comenzar cuanto antes.
Colocó un presupuesto sobre la mesa.
Casi todo coincidía con lo que Ricardo había mencionado durante aquella llamada.
Houston.
Hospital privado.
Medicamentos experimentales.
Costos millonarios.
Lo observé en silencio.
—¿Y si quiero una segunda opinión?
Durante apenas un segundo, el médico perdió la sonrisa.
Solo un segundo.
Después respondió con absoluta serenidad.
—Podría perder un tiempo muy valioso.
Ricardo tomó inmediatamente mi mano.
—Amor…
No arriesguemos más.
Yo bajé la cabeza.
—Está bien.
El alivio cruzó el rostro de ambos.
Tan rápido que ninguno imaginó que yo lo había visto.
Aquella misma tarde llamé a mi abogado de toda la vida, Ignacio Fuentes.
Le entregué una copia de la grabación.
No hizo falta explicarle demasiado.
Cuando terminó de escucharla, permaneció varios segundos en silencio.
—¿Quieres denunciarlos ahora?
Negué con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Miré por la ventana de mi despacho.
Al otro lado se veía la fábrica.
Los hornos seguían encendidos.
Cientos de trabajadores caminaban entre las naves industriales.
Mi padre había levantado aquel lugar ladrillo por ladrillo.
—Porque aún no sé quiénes participan.
Ignacio comprendió de inmediato.
Si Ricardo había convencido a un oncólogo para inventar un cáncer terminal…
…era imposible que solo fueran tres personas.
Había más.
Muchos más.
Durante las dos semanas siguientes fingí convertirme en la paciente perfecta.
Tomé cada pastilla que Beltrán me entregaba.
Aunque jamás las ingerí.
Acepté reuniones con corredores inmobiliarios.
Pedí tasaciones.
Firmé autorizaciones preliminares.
Ricardo estaba cada día más relajado.
Comenzó incluso a hablar por teléfono delante de mí.
Como si ya no representara ningún peligro.
Y entonces cometió el error que necesitaba.
Una noche olvidó su computadora abierta sobre el escritorio.
Solo iba a apagarla.
Nada más.
Pero apareció una notificación.
Proyecto Horizonte.
Abrí la carpeta.
Dentro había planos.
Contratos.
Correos electrónicos.
Y una lista de inversionistas.
Mi respiración se detuvo.
No querían comprar únicamente mi fábrica.
Todo el parque industrial donde operábamos estaba siendo adquirido mediante diagnósticos fraudulentos, presiones financieras y ventas forzadas.
La mía era la cuarta empresa.
Las otras tres pertenecían también a dueños mayores de cuarenta años.
Todos habían sido diagnosticados por el mismo oncólogo.
Todos habían vendido por debajo del valor real.
Y todos habían fallecido menos de un año después.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
Ya no estaba frente a un divorcio.
Ni siquiera frente a una estafa.
Era algo mucho más grande.
Fotografié cada documento.
Cuando estaba cerrando la computadora apareció un archivo de audio.
Su nombre era simple.
Beltrán.mp3
Lo reproduje.
La voz del médico llenó el despacho.
—No podemos seguir inventando cánceres.
Es demasiado riesgo.
Después sonó la voz de Ricardo.
Fría.
Calculadora.
—Mientras firmen antes de descubrir la verdad…
Nadie podrá reclamar.
Cerré inmediatamente el archivo.
En ese instante escuché las llaves girando en la puerta principal.
Ricardo había regresado antes de lo previsto.
Apagué la pantalla.
Respiré hondo.
Y sonreí justo cuando entró al despacho con un ramo de flores.
Él no sabía que, en menos de cinco minutos, había descubierto que yo no era la primera víctima.

Tampoco la última.
Y mientras me besaba la frente preguntándome cómo me sentía, mi teléfono terminaba de subir automáticamente todas aquellas pruebas a un servidor externo.
Porque, por primera vez desde que recibí aquel supuesto diagnóstico, comprendí que quizá no me estaba muriendo de cáncer.
Quizá alguien llevaba años utilizando el cáncer como el arma perfecta para robar millones… y hacer desaparecer a quienes podían denunciarlo.