PARTE 2: EL MATRIMONIO QUE NADIE RECORDABA

—Eso es imposible —dije.

Gabriel seguía sosteniendo el teléfono frente a mí. En la pantalla aparecía una copia digital del certificado.

Gabriel Ferrer y Teresa Robles.

Mi madre.

La fecha del matrimonio era de hacía veintinueve años.

Camila dejó caer su bolso.

Adrián, que segundos antes estaba furioso por perder la casa y la custodia, comenzó a sonreír.

—Entonces no puedes casarte con Elena —dijo—. Todo esto se acabó.

Gabriel no apartaba la mirada del documento.

—Yo nunca me casé con Teresa.

—El registro civil dice lo contrario —respondió Adrián—. Y mientras ese matrimonio siga vigente, Elena no es tu prometida. Es la hija de tu esposa.

Camila me observó con una mezcla de horror y satisfacción.

—Eso te convertiría en mi hermana.

—Cállate —ordenó Gabriel.

Su voz hizo temblar los cristales.

Nuestra hija se escondió detrás de mí.

Me agaché y le acaricié el cabello.

—Ve a tu habitación, cariño. Cierra la puerta y ponte los auriculares.

—¿Estás enfadada conmigo?

—Nunca contigo.

Esperé hasta que desapareció por el pasillo.

Después tomé el teléfono.

El certificado incluía firmas, sellos oficiales y el número de identificación de ambos.

La firma de Gabriel parecía auténtica.

La de mi madre también.

—Voy a llamarla —dije.

Teresa respondió al tercer tono.

—Mamá, necesito que vengas a mi casa.

Hubo un silencio demasiado largo.

—¿Está Gabriel contigo?

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo sabes que está aquí?

Mi madre respiró con dificultad.

—Porque sabía que este día llegaría.

Gabriel me quitó el teléfono.

—Teresa, ¿qué hiciste?

—Lo mismo que tú me obligaste a hacer hace veintinueve años —respondió ella.

Camila abrió los ojos.

Adrián dejó de sonreír.

—No sé de qué estás hablando —dijo Gabriel.

—Entonces revisa la fotografía adjunta al expediente.

El notario envió un nuevo archivo.

Era una imagen antigua tomada frente a un pequeño juzgado. Mi madre aparecía con un vestido claro y un ramo de flores. Junto a ella estaba un hombre de traje.

Su rostro era el de Gabriel.

Pero algo no encajaba.

El hombre tenía una cicatriz profunda sobre la ceja izquierda.

Gabriel no tenía ninguna.

Amplié la fotografía.

—Ese no eres tú.

Él palideció.

—Es mi hermano.

Camila lo miró sorprendida.

—Tú no tienes ningún hermano.

—Tenía uno.

Gabriel se dejó caer en una silla.

Durante toda su vida, Camila había creído que su padre era hijo único. Yo también había escuchado esa historia.

Pero Gabriel tenía un hermano gemelo llamado Rafael.

Habían trabajado juntos durante la fundación del grupo empresarial. Rafael se encargaba de las operaciones, mientras Gabriel buscaba inversores.

Hasta que una noche Rafael desapareció.

La versión oficial decía que había muerto en un accidente en el extranjero.

—Rafael utilizó mi documentación varias veces —explicó Gabriel—. Éramos idénticos. Podía hacerse pasar por mí sin que nadie lo notara.

—¿Por qué se casó con mi madre usando tu nombre?

Gabriel cerró los ojos.

—Eso tendrás que preguntárselo a ella.

Veinte minutos después, Teresa entró en la casa.

No parecía sorprendida al ver a Camila ni a Adrián junto a las maletas.

Al encontrarse frente a Gabriel, se detuvo.

—Sigues teniendo la misma mirada —murmuró.

—Y tú sigues guardando secretos —respondió él—. ¿Te casaste con Rafael?

Mi madre dejó un sobre amarillento sobre la mesa.

—Creía que era Gabriel.

Nadie habló.

Teresa abrió el sobre y sacó varias cartas.

—Yo trabajaba como secretaria en vuestra primera oficina. Rafael se presentó usando tu nombre. Me cortejó durante meses, conoció a mi familia y organizó la boda.

—¿Nunca descubriste la verdad?

—La descubrí después.

Sacó una fotografía donde aparecía sosteniendo a un bebé.

Yo.

—Cuando Elena tenía tres meses, Rafael confesó quién era. Dijo que necesitaba permanecer legalmente unido a mí porque había colocado varias propiedades bajo mi nombre.

Miré a mi madre.

—¿Qué propiedades?

—Las primeras fábricas del Grupo Ferrer.

Gabriel se levantó bruscamente.

—Eso no puede ser cierto.

—Rafael sabía que estabas intentando expulsarlo de la empresa —continuó Teresa—. Antes de desaparecer, transfirió parte de las acciones a su esposa legal.

—A ti —susurré.

Mi madre negó con la cabeza.

—A mi hija.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Qué estás diciendo?

Teresa sacó un documento doblado.

—Rafael dejó establecido que, cuando Elena cumpliera treinta años, las acciones pasarían automáticamente a su nombre.

Gabriel tomó el papel.

Su rostro cambió mientras leía.

Yo poseía el veintiséis por ciento del Grupo Ferrer.

Una participación mayor que la de Camila.

Adrián se acercó lentamente.

—Elena, podemos arreglar todo esto.

Lo miré sin comprender cómo se atrevía.

—Hace cinco minutos querías echarme de mi propia casa.

—Estaba enfadado. Pero somos una familia. Tenemos una hija.

Camila lo empujó.

—¿Ahora quieres volver con ella porque tiene acciones?

—Tú también me utilizaste —respondió él—. Solo estabas conmigo para ocultar el dinero que robabas de la empresa.

Comenzaron a gritarse.

Gabriel golpeó la mesa.

—¡Basta!

Después miró a mi madre.

—Si Rafael colocó esas acciones a nombre de Elena, ¿por qué nunca aparecieron en los registros?

Teresa bajó la mirada.

—Porque alguien falsificó su certificado de defunción.

—Rafael murió —dijo Gabriel.

—No.

Mi madre sacó una última fotografía.

Había sido tomada una semana antes.

En ella aparecía un hombre mayor entrando en una clínica privada de Lisboa.

Tenía el mismo rostro de Gabriel.

Y la cicatriz sobre la ceja izquierda.

—Rafael está vivo —dijo Teresa—. Y lleva veintinueve años esperando que Elena reclame la empresa.

En ese momento alguien llamó a la puerta.

Tres golpes lentos.

Gabriel dejó de respirar.

Camila retrocedió.

Abrí con cautela.

El hombre de la fotografía estaba frente a mí.

Sus cabellos eran blancos, pero sus ojos eran idénticos a los de Gabriel.

Me observó durante varios segundos.

Después sonrió.

—Hola, Elena.

Miró a mi madre.

—Hola, esposa.

Finalmente se volvió hacia Gabriel.

—Hermano, necesito que me devuelvas la empresa que robaste usando mi nombre.

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