PARTE 2: LA FECHA QUE NO PODÍA EXISTIR

Los golpes contra la puerta se hicieron más fuertes.

—¡Lucía! —gritó Verónica desde el otro lado—. ¿Qué tanto hacen encerradas?

Lucía apagó la grabación y guardó el teléfono dentro del bolsillo.

Después volvió a colocar cuidadosamente el rebozo sobre los hombros de su madre.

—Escúchame bien, mamá.

Ofelia levantó la vista con miedo.

—No vuelvas a firmar absolutamente nada.

La anciana asintió temblando.

Lucía abrió la puerta.

Verónica sonrió con una amabilidad forzada.

—¿Todo bien?

—Sí.

—Mamá necesitaba ayuda para bañarse.

Verónica recorrió rápidamente el rostro de Ofelia, buscando alguna señal de que hubiera hablado.

La anciana bajó la cabeza de inmediato.

Aquello confirmó las sospechas de Lucía.

Su madre ya no tenía miedo a la enfermedad.

Tenía miedo de quienes vivían con ella.


Esa misma noche, dos agentes de la Fiscalía Especializada en Delitos contra Personas Adultas Mayores llegaron discretamente a la vivienda.

No entraron de inmediato.

Esperaron a que Martín regresara.

Cuando su camioneta apareció frente a la casa, uno de los agentes tomó nota de la hora.

Las cámaras corporales comenzaron a grabar.

Martín apenas había cruzado la puerta cuando escuchó la voz del fiscal Salinas.

—Señor Martín Herrera.

El hombre se quedó inmóvil.

—Necesitamos hablar con usted.

Verónica apareció detrás.

—¿Qué sucede?

—Recibimos una denuncia por posible violencia familiar y administración irregular del patrimonio de la señora Ofelia Herrera.

Martín soltó una risa seca.

—Mi hermana siempre exagera.

—Mi madre se cae sola.

—Tiene casi ochenta años.

El fiscal no respondió.

Solo pidió ver el expediente médico y el poder notarial.

Martín entregó la carpeta con aparente tranquilidad.

—Todo está perfectamente legalizado.


A la mañana siguiente, la carpeta llegó al despacho de la perito documental.

Lucía permanecía sentada frente al fiscal mientras revisaban cada hoja.

La especialista pasó lentamente las páginas.

Hasta que llegó al poder notarial.

Frunció el ceño.

Volvió a leer la primera línea.

Después observó la fecha.

Guardó silencio unos segundos.

—Fiscal…

—Creo que tenemos un problema.

Todos levantaron la vista.

La perito giró el documento para que pudieran verlo.

—Este poder fue firmado el 18 de septiembre de 2024.

Lucía no entendió.

—¿Y?

La especialista abrió otro archivo.

Era el historial de hospitalización de Ofelia.

Lo colocó junto al poder.

Las dos fechas coincidían.

Pero había un detalle imposible.

La perito habló despacio.

—Ese mismo día, la señora Ofelia estaba internada en el Hospital Regional.

Buscó otra hoja.

—Ingresó a las siete de la mañana por una fractura de cadera.

Pasó otra página.

—Y fue intervenida quirúrgicamente a las nueve y veinte.

Volvió a mirar el poder.

—Según este documento…

Señaló la hora estampada por la notaría.

—La firma ocurrió a las diez de la mañana.

El fiscal comprendió inmediatamente.

—Durante la cirugía.

La perito asintió.

—Exactamente.

Lucía sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Quiere decir…?

—Que su madre no podía estar en una notaría.

La especialista negó con firmeza.

—No solo porque estaba hospitalizada.

—En ese momento seguía bajo anestesia general.

El despacho quedó completamente en silencio.

El fiscal tomó lentamente el documento.

—Entonces este poder nunca pudo firmarse.

La perito respondió con una frase que cambió por completo el rumbo de la investigación.

—No hablamos únicamente de falsificación documental.

—Si alguien utilizó este poder para vender bienes, mover cuentas bancarias o administrar el patrimonio de la señora Herrera…

Cerró la carpeta.

—Todo lo que hicieron podría ser jurídicamente inexistente.

En ese instante, un investigador abrió apresuradamente la puerta del despacho.

Llevaba un expediente bancario en las manos y el rostro completamente pálido.

—Fiscal…

Respiró hondo antes de continuar.

—Acabamos de descubrir que, usando ese mismo poder, alguien retiró casi todo el dinero de la señora Ofelia.

Hizo una pausa.

—Pero el destino final de las transferencias no fue la cuenta de Martín… sino la de una tercera persona cuyo nombre nadie en la familia conoce.

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