PARTE 2: LA CARPETA ROJA

Todo el salón quedó en silencio.

Rodrigo dio un paso hacia mí.

—Mariana… por favor.

Su voz ya no sonaba segura.

—Podemos hablar esto después.

Negué lentamente.

—Después de que firme, ¿verdad?

No respondió.

Verónica llegó hasta el altar y me entregó la carpeta roja.

La conocía desde la universidad.

Nunca dramatizaba.

Si había venido hasta allí, era porque lo que llevaba dentro no podía esperar.


Abrí la carpeta.

En la primera página había una copia de una transferencia bancaria.

Beneficiario:

Grupo Ibarra Corporativo.

Monto:

18,500,000 pesos.

Concepto:

Préstamo puente.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es esto?

Verónica tomó el micrófono.

—Ese dinero salió del fideicomiso que heredaste de tu abuela hace tres semanas.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Eso es imposible.

—No.

Respondió ella.

—Porque el movimiento fue autorizado con un poder firmado electrónicamente a tu nombre.

Miré a Rodrigo.

Jamás había firmado nada parecido.


Rodrigo intentó quitarme la carpeta.

—No entiendes cómo funcionan estas operaciones.

Verónica lo detuvo.

—Claro que las entiende.

Sacó otro documento.

—Porque esa firma es falsa.

Un murmullo recorrió el salón.

Beatriz se levantó inmediatamente.

—¡Eso es una acusación gravísima!

—Lo sé.

Respondió Verónica.

—Por eso traje el dictamen pericial.

Levantó un informe.

—El análisis grafoscópico y digital confirma que la autorización fue emitida desde la computadora del señor Rodrigo Ibarra.


Vi cómo el color desaparecía del rostro de Rodrigo.

—Eso…

Eso puede explicarse.

—Perfecto.

Contestó Verónica.

—Explíquelo entonces.

Silencio.


Pasé la siguiente hoja.

Había correos electrónicos.

Uno de ellos estaba dirigido a un banco.

“Necesitamos que Mariana firme antes del viernes. Sin el matrimonio será más complicado justificar los movimientos.”

Fecha.

El día anterior.

Mi respiración se detuvo.


Levanté lentamente la vista.

—¿Por eso tanta prisa por casarnos?

Rodrigo tragó saliva.

—Mariana…

Escúchame.

—No.

Lo interrumpí.

—Respóndeme.

No pudo hacerlo.


Entonces hablé mirando a todos los invitados.

—¿Saben por qué mis padres estaban escondidos detrás de una columna?

Nadie respondió.

Señalé a Beatriz.

—Porque necesitaban que hoy yo estuviera avergonzada.

Hice una pausa.

—Una persona avergonzada discute menos.

Varias personas comenzaron a mirarse entre sí.


Verónica abrió la última sección de la carpeta.

—Hay algo más.

Sacó un informe financiero.

—Durante los últimos ocho meses, las empresas de la familia Ibarra han acumulado obligaciones vencidas por más de ciento treinta millones de pesos.

Los murmullos crecieron.

—Además…

Mostró otra hoja.

—Tres bancos rechazaron refinanciar sus créditos.

Beatriz dio un paso adelante.

—¡Eso pertenece a nuestra vida privada!

Verónica negó con calma.

—Dejó de ser privado cuando intentaron resolverlo utilizando el patrimonio de mi clienta.


Miré nuevamente a Rodrigo.

Ahora entendía todo.

Las flores.

La boda acelerada.

Las promesas.

Las disculpas cada vez que su madre me humillaba.

Nunca se trató de amor.

Se trató de liquidez.


Respiré profundamente.

Tomé el teléfono.

Delante de los ciento ochenta invitados marqué un número.

—Licenciada Herrera.

La notaria respondió de inmediato.

—Aquí estoy, Mariana.

Activé el altavoz.

—La boda queda cancelada.

Y retire inmediatamente cualquier autorización relacionada con mi patrimonio.

—Ya está hecho.

Confirmó ella.

—Además, acabamos de presentar la denuncia por falsificación y fraude.

Rodrigo cerró los ojos.

Como si acabara de comprender que ya era demasiado tarde.


Me acerqué hasta el borde del altar.

Busqué a mis padres.

Seguían junto a aquella columna.

Los dos estaban de pie.

Esperando en silencio.

Sonreí.

—Papá…

—Mamá…

Levanté una silla de la primera fila.

Después otra.

Las coloqué frente al altar.

—Los únicos que siempre tuvieron reservado el mejor lugar en mi vida fueron ustedes.

Mi padre no pudo contener las lágrimas.

Mi madre me abrazó sin importarle el vestido blanco.

Detrás de nosotros, los invitados ya no observaban a una novia abandonando su boda.

Observaban a una familia que acababa de descubrir que no habían organizado aquella ceremonia para celebrar un matrimonio.

La habían organizado para intentar salvar un imperio que llevaba meses hundiéndose.

Y acababan de perder la única firma que todavía podía mantenerlo con vida.

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