PARTE 2: LA LIBRETA AZUL

Sentí que el corazón dejaba de latir.

Mateo apenas podía mover los labios.

Su respiración era débil.

Pero sus ojos estaban completamente despiertos.

—No hables —susurré mientras me inclinaba sobre él—. Voy a llamar al médico.

Su mano sujetó mi muñeca con una fuerza inesperada.

—No.

Negó lentamente con la cabeza.

—No llames… a nadie de esta casa.

Miré la cámara instalada en la esquina de la biblioteca.

El pequeño foco rojo seguía encendido.

Mateo también la vio.

Entonces movió apenas los labios.

—Micrófono…

Comprendí de inmediato.

No podíamos hablar allí.


Tomé una hoja en blanco.

Escribí con rapidez.

“¿Qué pasó?”

Él respiró con dificultad.

Con un dedo dibujó tres palabras sobre la sábana.

No fue accidente.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Escribí otra pregunta.

“¿Quién?”

Mateo cerró los ojos unos segundos.

Después escribió una sola letra.

G.

No necesitaba más.

Gonzalo.


En ese momento apareció Ximena en la puerta.

—Escuché ruido.

Su mirada fue directamente hacia Mateo.

Cuando vio sus ojos abiertos, se quedó inmóvil apenas un segundo.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

Porque no mostró sorpresa.

Mostró miedo.


—¡Señor Mateo!

Corrió hasta la cama.

—¡Despertó!

Tomó inmediatamente el teléfono.

Mateo levantó la voz por primera vez.

—¡No!

Ximena quedó paralizada.

—No llames… a mi familia.

La enfermera tragó saliva.

—Pero…

—Llama… al doctor Morales.

No al doctor privado de mi padre.

Al doctor Morales.

Reconocí el nombre.

Era el neurólogo del hospital donde había estado internado antes del traslado.

Ximena dudó demasiado.

Finalmente guardó el teléfono.

Aquella vacilación confirmó lo que ambos ya sospechábamos.


Cuando salió de la habitación, Mateo me miró otra vez.

—La libreta.

La tomé.

Comencé a revisar cada página.

Había anotaciones perfectas.

Demasiado perfectas.

Todas con la misma tinta.

La misma presión.

La misma caligrafía.

Como si hubieran sido escritas de una sola vez.

Entonces encontré la página de aquella noche.

Fecha.

Hora.

00:45. Renata administra dosis extra de sedante sin autorización médica.

Miré el reloj.

Marcaba las 00:23.

La anotación volvía a existir antes de que ocurriera.


Debajo había otra línea.

01:10. Paciente presenta paro respiratorio.

Sentí que me faltaba el aire.

Mateo leyó por encima de mi hombro.

Cerró los ojos lentamente.

—Ya tienen… todo escrito.

Pasé la página siguiente.

Había una declaración preparada.

“La esposa ignoró las indicaciones médicas y suministró medicamentos adicionales.”

Incluso aparecía un espacio vacío.

Reservado para mi firma.


Escuchamos un ruido en el pasillo.

Mateo habló apenas con un hilo de voz.

—Mi escritorio.

Segundo cajón.

Corrí hasta allí.

Encontré una memoria USB escondida dentro de una caja de tornillos.

Volví junto a él.

—¿Qué contiene?

—Pruebas.

—¿De qué?

Su respiración volvió a acelerarse.

—Transferencias…

Empresas…

Papá…

Gonzalo…

Y…

Se quedó sin fuerzas.


En ese instante se abrió nuevamente la puerta.

Ximena regresó.

Pero ya no estaba sola.

Entró acompañada por un hombre con bata blanca.

No era el doctor Morales.

Era el mismo médico privado contratado por Octavio.

Traía una jeringa preparada.

—El paciente está agitado.

Necesita sedación inmediata.

Mateo hizo un esfuerzo desesperado.

—¡No!

El médico ni siquiera lo miró.

Avanzó directamente hacia la cama.

Yo me interpuse.

—¿Qué medicamento lleva esa jeringa?

—No está obligada a saberlo.

—Soy su esposa.

Él sonrió con frialdad.

—Y precisamente por eso será mejor que coopere.

Porque si no…

Miró de reojo la libreta azul.

—Después será muy difícil explicar por qué usted impidió el tratamiento indicado.

Sentí un nudo en el estómago.

Todo estaba preparado.

Si permitía la inyección, podían terminar el trabajo.

Si la impedía, la libreta ya decía que yo había interferido con el tratamiento.

Entonces comprendí la verdadera razón del viaje a Japón.

No habían salido del país para cerrar ningún negocio.

Habían creado una coartada perfecta.

Y mientras todos creían que estaban a miles de kilómetros de Monterrey…

Alguien acababa de levantar la jeringa con la intención de terminar exactamente el crimen que ellos ya habían escrito sobre el papel.

Related Posts

PARTE 2: EL HOMBRE QUE LLEGÓ DEMASIADO TARDE

Ethan colgó el teléfono con tanta fuerza que la pantalla se agrietó. Su asistente permanecía inmóvil frente al escritorio. —¿Está seguro de que quiere movilizar a todo…

PARTE 2: LOS DOCUMENTOS QUE CAMBIARON EL JUICIO

El licenciado Salgado llegó al hospital menos de una hora después. No llevaba flores. Ni palabras de consuelo. Solo una carpeta azul tan gruesa que apenas podía…

PARTE 2: EL SEGUNDO AUDIO

La habitación quedó completamente en silencio. La sonrisa de Pauline desapareció. Jace dio un paso hacia mí. —Apaga eso. Negué con calma. —Todavía no. Sabrina miraba alternativamente…

PARTE 2 — AL AMANECER, TODO ERA MÍO

Alejandro regresó a las seis y cuarenta de la mañana. Escuché la camioneta entrar en el garaje desde el dormitorio. Para entonces, mi maleta ya estaba cerrada….

PARTE 2: LA CASA DONDE SOBRABA EL AMOR

No bajé del coche. Ni grité. Ni golpeé la puerta. Solo observé cómo las luces del comedor se encendían una por una mientras Daniel desaparecía detrás de…

PARTE 2: LA CANCIÓN QUE NADIE DEBÍA RECORDAR

A las seis y media de la mañana, Elena ya estaba limpiando la cocina. Había dormido apenas tres horas. Nicolás seguía acostado en el pequeño cuarto de…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *