PARTE 2: LA FIRMA QUE LO CAMBIÓ TODO

La primera persona que llegó al hospital fue Rodrigo.

Entró a la unidad de cuidados intensivos con un ramo enorme de lirios blancos.

La misma clase de flores que siempre compraba después de cada golpiza.

Como si el perfume pudiera borrar los moretones.

Como si el dinero pudiera borrar el miedo.

Cuando me vio despierta, sonrió.

Una sonrisa cuidadosamente ensayada.

—Mi amor…

No respondí.

Se acercó a la cama.

—Todos están muy preocupados por ti.

Lo miré fijamente.

—¿Quiénes?

Vaciló apenas un instante.

—Tus padres… los míos… toda la familia.

Sentí una calma extraña.

—Qué curioso.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque cuando llamé a mis padres para pedir ayuda, me dijeron que resolviera mis propios problemas.

La sonrisa desapareció.

—Seguro estaban nerviosos.

—No.

Negué lentamente.

—Estaban ocupados comprando una casa.

El silencio se volvió pesado.

Rodrigo intentó tomar mi mano.

La retiré.

Fue un gesto pequeño.

Pero bastó para que comprendiera que algo había cambiado.

—Valeria…

—¿Sí?

—Cuando salgas de aquí nos iremos unos días a Cancún.

Como siempre.

Intentando comprar el perdón.

—No.

Su expresión se endureció.

—¿Qué dijiste?

—No volveré contigo.

Respiró hondo.

—Estás medicada. No sabes lo que dices.

La puerta se abrió.

Mariana Cárdenas entró acompañada por dos personas más.

Un contador.

Y un notario.

Rodrigo los observó confundido.

—¿Qué hacen aquí?

Mariana dejó una carpeta sobre la mesa.

—Venimos por instrucciones de la señora Valeria Salgado.

Rodrigo soltó una risa incrédula.

—Esto puede esperar.

—No.

Respondió Mariana con absoluta tranquilidad.

—Llega exactamente a tiempo.

Abrió la carpeta.

Sacó varios documentos.

—Hace cuarenta minutos, la señora Salgado ejerció formalmente sus derechos como accionista.

Rodrigo dejó de sonreír.

—¿Qué derechos?

—El treinta y ocho por ciento de participación que conserva en Alcántara Consultores.

Él comenzó a negar con la cabeza.

—Eso no cambia nada.

El contador habló por primera vez.

—Sí cambia.

Colocó un balance financiero frente a él.

—Los estatutos sociales establecen que ninguna operación superior a cincuenta millones de pesos puede ejecutarse sin aprobación de accionistas que representen más del treinta y cinco por ciento.

Rodrigo abrió lentamente los ojos.

—No…

Mariana continuó.

—Y esta mañana la señora Salgado negó su autorización.

—¿Para qué operación?

El contador respiró hondo.

—La adquisición de Grupo Nexus.

Rodrigo quedó inmóvil.

Aquella compra llevaba más de un año negociándose.

Era el proyecto que debía convertirlo en uno de los empresarios más importantes del norte del país.

—La firma era hoy…

Murmuró casi para sí mismo.

—Exactamente a las diez.

Mariana consultó el reloj.

—Hace treinta minutos venció el plazo.

El teléfono de Rodrigo empezó a sonar sin descanso.

Director financiero.

Socios.

Banco.

Inversionistas.

No contestó.

Sabía perfectamente qué significaban aquellas llamadas.

La operación acababa de caerse.

Y con ella…

Meses de negociaciones.

Millones de pesos.

Su reputación.

En ese instante volvió a sonar otro teléfono.

Era el mío.

Mariana respondió con el altavoz activado.

—Licenciada Cárdenas.

Al otro lado habló un investigador de la fiscalía.

—Acabamos de revisar las grabaciones del domicilio.

Mi respiración se detuvo.

—¿Encontraron algo?

—Sí.

Todos guardaron silencio.

—La señora Salgado nunca cayó por las escaleras.

Rodrigo palideció.

El investigador continuó.

—Las cámaras muestran claramente que el señor Rodrigo Alcántara la golpeó repetidas veces antes de empujarla.

La habitación quedó completamente inmóvil.

Rodrigo dio un paso atrás.

—Eso…

No terminó la frase.

Porque dos agentes ministeriales acababan de entrar.

Uno de ellos mostró una orden.

—Señor Rodrigo Alcántara…

Él apenas podía respirar.

—Queda detenido por su probable responsabilidad en el delito de violencia familiar agravada y tentativa de feminicidio.

Los agentes comenzaron a colocarle las esposas.

Rodrigo volvió desesperadamente la vista hacia mí.

—Valeria…

Su voz estaba completamente rota.

—No hagas esto.

Lo observé durante varios segundos.

Después pronuncié las últimas palabras que pensaba regalarle.

—Yo no te hice esto.

Hice una pausa.

—Tú empezaste el día que levantaste la mano contra mí por primera vez.

Los agentes se lo llevaron.

Pensé que todo había terminado.

Pero entonces Mariana recibió un correo electrónico.

Lo abrió.

Leyó apenas dos líneas.

Y levantó la vista con una expresión que nunca le había visto.

—Valeria…

Fruncí el ceño.

—¿Qué ocurre?

Giró la pantalla hacia mí.

Era un informe del auditor externo contratado para revisar la empresa.

En la primera página aparecía una transferencia realizada ocho meses antes.

El monto era de $48,000,000.

El beneficiario no era Rodrigo.

Ni la empresa.

Ni un proveedor.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Quién recibió ese dinero?

Mariana tragó saliva.

—Tus padres.

Y el concepto de la transferencia hizo que comprendiera, por fin, por qué me habían pedido que regresara con mi agresor en lugar de proteger a su propia hija.

“Pago por asesoría para asegurar la continuidad del matrimonio de Valeria Salgado con Rodrigo Alcántara.”

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