PARTE 2: LA VERDADERA DUEÑA

El silencio cayó sobre la casa.

Rodrigo soltó lentamente el brazo de Daniela.

—¿Qué dijo mi papá?

Desde el estudio volvió a escucharse otro grito.

Esta vez mucho más desesperado.

—¡Vengan ahora mismo!

Don Ernesto apareció sosteniendo una carpeta llena de documentos.

Tenía el rostro completamente blanco.

—La escritura cambió de estado hace diez minutos.

Le mostró la pantalla de la computadora.

—El fideicomiso acaba de ejecutar la cláusula de incumplimiento.

Rodrigo arrebató los papeles.

—¿Qué tontería es esta?

Su padre tragó saliva.

—No es una tontería.

Señaló una línea resaltada.

—La residencia de Chapala dejó de estar bajo nuestra administración.

Jimena soltó una carcajada nerviosa.

—Papá, seguro es un error del sistema.

Nadie respondió.

En ese instante sonó el timbre principal.

Tres veces.

Firmes.

Precisas.

Rosa, todavía con su bolsa de ropa en la mano, abrió la puerta.

Entraron cuatro personas.

Dos abogados.

Una notaria.

Y una mujer de traje gris.

Daniela sonrió apenas.

—Llegaron antes de lo previsto.

La mujer del traje caminó directamente hacia ella.

—Buenos días, presidenta.

Toda la familia Alcázar giró al mismo tiempo.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Presidenta?

La mujer extendió una carpeta.

—Licenciada Daniela Robles, aquí están las resoluciones que autorizó hace veinte minutos.

Ella firmó tranquilamente.

Después levantó la vista.

—Gracias, Camila.

Rodrigo comenzó a reír.

—¿Qué clase de teatro es este?

Camila colocó sobre la mesa una copia certificada.

—Ningún teatro.

Empujó el documento hacia Don Ernesto.

—La residencia donde viven pertenece legalmente a Robles Capital Patrimonial desde hace cuatro años.

Beatriz negó con fuerza.

—Eso es imposible.

—No.

Camila abrió otra carpeta.

—Su familia dejó esta propiedad como garantía al refinanciar las deudas de Grupo Alcázar.

Don Ernesto empezó a temblar.

Él sí recordaba aquella operación.

Solo que nunca supo quién había comprado la deuda.

—El inversionista pidió permanecer en el anonimato… —murmuró.

Camila asintió.

—Correcto.

Se hizo a un lado.

—La inversionista era la señora Daniela Robles.

El rostro de Rodrigo perdió todo el color.

—No…

Miró a Daniela.

—Tú trabajabas como asesora.

Ella negó con calma.

—Eso era lo que tú creías.

Jimena dio un paso atrás.

—Entonces…

—Nunca necesité casarme para tener dinero.

Daniela sostuvo su mirada.

—Ya lo tenía.

El teléfono de Rodrigo volvió a sonar.

Contestó de inmediato.

Era el director financiero.

—¡Señor!

—¿Qué pasó?

—Los hoteles perdieron la línea de crédito.

—¡Arréglalo!

—No podemos.

La voz del hombre sonaba completamente desesperada.

—Robles Capital retiró todas las garantías.

Rodrigo levantó lentamente la vista hacia Daniela.

Ella permanecía inmóvil.

Sin una sola expresión de triunfo.

Solo cansancio.

—¿Fuiste tú?

—Sí.

—¿Por una discusión?

Ella lo miró fijamente.

—No.

Su voz fue absolutamente serena.

—Por la bofetada.

El silencio volvió a llenar la cocina.

Daniela tomó el anillo que había dejado sobre la barra.

Lo observó unos segundos.

Después lo colocó junto a la taza de café derramada.

—El matrimonio terminó exactamente en el momento en que levantaste la mano contra mí.

Rodrigo dio un paso hacia ella.

—Daniela…

—No me toques.

Él se detuvo.

Por primera vez desde que la conocía.

Obedeció.

Camila entregó otro documento.

—También está lista la orden de desocupación para esta residencia.

Jimena abrió los ojos.

—¿Nos vas a echar?

Daniela negó lentamente.

—No.

Miró a Rosa.

La mujer seguía de pie junto a la puerta.

Con miedo.

Con la bolsa de sus pertenencias en las manos.

Daniela caminó hasta ella.

Tomó la bolsa.

Y volvió a colocarla en el suelo.

—Rosa…

La empleada levantó la vista.

—Sí, señora.

—Queda oficialmente reinstalada como administradora de esta casa.

Rosa rompió a llorar.

Daniela se volvió hacia los Alcázar.

—En cuanto a ustedes…

Hizo una breve pausa.

—Tienen cuarenta y ocho horas para abandonarla.

Pensó que aquello era suficiente.

Pero entonces uno de los abogados recibió una llamada.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

—Presidenta…

Daniela frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

El abogado habló en voz baja.

—La exprometida del señor Rodrigo acaba de presentarse voluntariamente ante la fiscalía.

Rodrigo palideció.

—¿Qué?

El abogado abrió su tableta.

—Dice que durante años guardó pruebas porque nadie le creyó.

Levantó lentamente la vista.

—Y afirma que usted no fue la primera esposa… ni la primera mujer a la que golpeó dentro de esta casa.

En ese momento, la pantalla del televisor del salón cambió automáticamente.

La cámara instalada sobre la despensa comenzó a reproducir la grabación de aquella mañana.

La bofetada.

Las amenazas.

Las risas.

Todo había quedado registrado.

Y el sistema acababa de enviar una copia… directamente a la fiscalía y a todos los miembros del consejo de administración de Grupo Alcázar.

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