Nadie habló durante varios segundos.
Solo se escuchaba la respiración nerviosa de Verónica y el suave murmullo de Emiliano jugando con el broche de su manta.
No podía apartar los ojos de él.
Durante siete años soñé con un hijo.
Ahora tenía a uno frente a mí.
Y no sabía si debía verlo como un extraño… o como la vida que me habían robado.
Esteban fue el primero en romper el silencio.
—Esto es absurdo.
Su voz sonó demasiado alta.
Demasiado rápida.
—Los documentos no prueban nada.
Javier permaneció sereno.
—Por eso ya pedimos una medida cautelar.
Sacó otro oficio.
—Esta mañana un juez autorizó el aseguramiento inmediato de todos los expedientes de la clínica.
El color desapareció del rostro de Esteban.
—No tenían derecho…
—Lo perdieron ustedes cuando presentaron documentación presuntamente falsificada durante un proceso de reproducción asistida.
Verónica levantó lentamente la cabeza.
Las lágrimas corrían por su rostro.
—¿Es verdad…?
Miró a Esteban directamente.
—Respóndeme.
Él evitó su mirada.
—No es tan simple.
—¡Respóndeme!
El niño comenzó a llorar por el grito.
Verónica lo abrazó inmediatamente.
Lo besó en la frente.
Después volvió a mirar a Esteban.
—¿Ese embrión era de Mariana?
Él siguió callado.
Y aquel silencio respondió por él.
Verónica retrocedió como si acabaran de golpearla.
—Dios mío…
Se llevó una mano a la boca.
—¿Me utilizaste?
Esteban intentó acercarse.
—Escúchame…
Ella dio otro paso atrás.
—¡Me hiciste creer que era un embrión donado!
Su voz ya no era de rabia.
Era de horror.
—Nunca pensé hacerte daño.
—¿No?
Verónica rompió a llorar.
—¡Me convertiste en la mujer que destruyó la vida de mi mejor amiga sin saberlo!
Yo seguía inmóvil.
Cada palabra pesaba toneladas.
Javier me entregó otra hoja.
—Hay algo más.
Leí el encabezado.
Consentimiento para transferencia embrionaria.
Debajo aparecía mi firma falsificada.
Y una segunda firma.
La de Esteban.
Pero no estaba solo.
Había una tercera.
La del director médico de la clínica.
—No actuó solo —murmuré.
Javier asintió.
—Al menos tres personas participaron.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era el laboratorio de genética.
Contesté.
Escuché durante unos segundos.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
—¿Está confirmado?
La especialista respondió con absoluta calma.
—Sí, doctora Lozano.
Todos me observaban.
—¿Qué dijeron? —preguntó Javier.
Bajé lentamente el teléfono.
—El ADN mitocondrial ya fue comparado con la muestra que autorizó el juez esta mañana.
Miré a Emiliano.
El pequeño dejó de llorar.
Me observaba con curiosidad.
Como si no entendiera por qué todos los adultos parecían romperse a su alrededor.
Respiré hondo.
—Genéticamente…
Mi voz tembló por primera vez.
—Emiliano es hijo mío.
Verónica comenzó a sollozar desconsoladamente.
Abrazó al niño con todas sus fuerzas.
—Perdóname…
No sabía si me hablaba a mí.
O al pequeño.
Esteban cerró los ojos.
Su abogado, que acababa de llegar apresuradamente al hospital, se acercó de inmediato.
—No diga una sola palabra más.
Pero ya era demasiado tarde.
Dos agentes ministeriales entraron en la sala acompañados por un funcionario judicial.
—¿Señor Esteban Rivas?
Él levantó lentamente la vista.
—Sí.
—Debe acompañarnos para rendir declaración por presuntos delitos relacionados con falsificación de documentos, fraude procesal y uso indebido de material genético humano.
Uno de los agentes dio un paso al frente.
—También existe una denuncia presentada esta mañana por posible sustitución ilícita de embriones.
Esteban intentó hablar.
No encontró palabras.
Mientras los agentes se acercaban, él volvió la cabeza hacia mí.
Había perdido toda la arrogancia.
—Mariana…
Su voz estaba completamente rota.
—Yo solo quería tener un hijo.
Lo miré con una serenidad que ni yo misma entendía.
—No.
Negué despacio.
—Tú querías un hijo…
…pero nunca aceptaste que también tenía derecho a tener el mío.
Pensé que aquella era toda la verdad.
Hasta que Javier recibió una notificación en su correo.
La leyó una vez.
Después otra.
Su expresión cambió por completo.
—Mariana…
Fruncí el ceño.
—¿Qué ocurre?
Le dio la vuelta a la pantalla para que pudiera verla.
Era el inventario definitivo de la clínica.
Solo aparecía una frase resaltada en rojo.
“Número original de embriones criopreservados: 3.”
Sentí que el mundo se detenía.
—Pero… nosotros solo teníamos dos.
Javier negó lentamente.

—No.
Su voz apenas fue un susurro.
—Según los registros originales… nunca fueron dos.
Había un tercer embrión.
Y nadie sabe dónde está.