PARTE 2: LA LECHE BLANCA

Margaret sostenía el vaso con tanta firmeza que los nudillos se le habían puesto blancos.

No levantó la voz.

No hizo un escándalo.

Solo me miró fijamente.

—No vuelvas a tocar lo que no es tuyo.

Ethan seguía sentado en el sofá, respirando con dificultad.

Se llevó una mano a la cabeza.

—Mamá… ¿qué está pasando?

Margaret caminó hasta él con una tranquilidad inquietante.

—Nada, cariño. Solo olvidaste tomar tu leche.

Le tendió el vaso.

Antes de que pudiera acercárselo a los labios, lo tomé de su mano.

—No.

Ella me miró con una sonrisa fría.

—Devuélvemelo.

—Primero dime qué tiene.

—Leche.

—¿Solo leche?

Durante unos segundos nadie habló.

Ethan nos observaba confundido.

—Claire, basta…

—No.

Giré hacia él.

—Quiero que respondas una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Recuerdas la última vez que dormiste una noche completa sin que tu madre te preparara ese vaso?

Frunció el ceño.

Intentó responder.

No pudo.

Volvió a intentarlo.

—Yo…

Se quedó completamente en blanco.

Margaret intervino enseguida.

—Está cansado. No lo confundas.

Pero yo ya había visto algo.

Miedo.

No en ella.

En Ethan.

Le quité el vaso de la mano y caminé hacia la cocina.

Margaret me siguió de inmediato.

—¡No!

Abrí el fregadero.

Vacilé apenas un segundo.

Después vacié todo el contenido.

Un líquido blanco cayó por el desagüe.

Margaret gritó por primera vez desde que la conocía.

—¡¿Qué hiciste?!

Ethan dio un paso adelante.

—Mamá…

Ella comenzó a llorar.

—Solo intento ayudarte. Tu esposa quiere separarnos.

Me di la vuelta.

—Entonces mañana mismo llevaremos esa leche a un laboratorio.

El llanto cesó de golpe.

Fue tan repentino que me heló la sangre.

Margaret dejó de actuar.

Me miró fijamente.

—No hace falta.

—Claro que hace falta.

—No confías en mí.

—No.

Silencio.

Después sonrió.

Una sonrisa completamente distinta.

—Entonces ya empezaste a hacer preguntas.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

No respondió.

Subió lentamente las escaleras y cerró la puerta de su habitación.

Ethan se dejó caer otra vez en el sofá.

Tenía la frente cubierta de sudor.

—Claire…

—¿Sí?

—Hace meses que no sueño.

Lo miré sorprendida.

—¿Cómo que no sueñas?

—Es como si cada noche simplemente desapareciera.

Aquellas palabras hicieron que todas las piezas comenzaran a encajar.

No recordaba conversaciones.

No recordaba películas que habíamos visto juntos.

No recordaba llamadas telefónicas de la noche anterior.

Siempre decía la misma frase.

“Debo haber estado muy cansado.”

Nunca me había parecido extraño.

Hasta ese momento.

A la mañana siguiente recogí el vaso que Margaret había usado.

Lo guardé en una bolsa hermética.

También encontré, escondido detrás de unas latas en la despensa, un pequeño frasco blanco sin etiqueta.

Tomé fotografías de todo.

Y llamé a mi amiga Julia, toxicóloga del laboratorio estatal.

—Necesito un favor.

—¿Qué encontraste?

—No lo sé.

Le envié las imágenes.

Cinco minutos después sonó mi teléfono.

Julia hablaba mucho más rápido de lo normal.

—Claire… no toques ese frasco.

—¿Por qué?

—Porque no parece un suplemento alimenticio.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué es entonces?

—Necesito analizarlo para confirmarlo.

—¿Cuánto tardarás?

—Unas horas.

Colgué.

Miré hacia la cocina.

Margaret estaba preparando otro vaso de leche.

Como todas las noches.

Como si nada hubiera ocurrido.

Pero esa vez hizo algo diferente.

Antes de verter el contenido del pequeño frasco, miró directamente hacia la cámara de seguridad instalada sobre la puerta de la cocina.

Sonrió.

Y, sin ningún miedo, levantó el frasco hacia la lente durante exactamente dos segundos.

Como si quisiera que alguien leyera la etiqueta.

O como si supiera perfectamente que, cuando el laboratorio terminara el análisis, yo descubriría que aquella sustancia nunca había sido para aliviar el estómago de Ethan… sino para mantenerlo dependiendo de ella durante años.

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