PARTE 2: LA CASA QUE NUNCA FUE SUYA

Cerré la maleta con calma.

Toda la furia que había sentido durante años desapareció.

Solo quedaba una tranquilidad que inquietó a todos los presentes.

Mateo seguía mirando la escritura.

—¿Qué… qué es esto?

La licenciada Salas observó el documento por encima.

Yo respondí antes que nadie.

—La escritura original del departamento.

Le señalé la primera página.

—Única propietaria: Daniela Álvarez.

Fecha de compra: ocho meses antes de nuestra boda.

Mateo levantó la vista lentamente.

—Pero…

Siempre dijimos que era nuestro.

Negué con la cabeza.

—Tú lo dijiste.

Yo nunca.


Doña Elvira dio un paso adelante.

—Eso no importa.

Cuando se casaron pasó a ser patrimonio familiar.

La trabajadora social intervino con educación.

—Disculpe, señora.

No necesariamente.

Si el inmueble fue adquirido antes del matrimonio y permanece como bien propio, continúa perteneciendo a su titular, salvo situaciones específicas que aquí no corresponden resolver.

Doña Elvira guardó silencio.

Por primera vez alguien externo no aceptaba sus reglas como si fueran ley.


Mateo respiraba cada vez más rápido.

—¿Y el segundo documento?

Lo saqué lentamente.

Era una copia certificada de una transferencia bancaria.

La puse sobre la mesa.

—¿Recuerdas cuando dijiste que el enganche salió de tus ahorros?

Él no respondió.

—Salió de la indemnización que recibí cuando cerró la empresa donde trabajaba.

Aquí está el comprobante.

Y aquí está el depósito completo.

Ningún peso salió de tu cuenta.


Regina dejó de llorar.

Miró a su hermano.

—¿Me dijiste que el departamento era tuyo?

Mateo bajó la cabeza.

No contestó.


La licenciada Salas cerró su carpeta.

—Señora Daniela.

Respecto a los menores, ya quedó documentado el abandono temporal.

Ahora corresponde a los padres presentarse posteriormente para el seguimiento administrativo.

Regina comenzó a temblar.

—¿Van a quitarme a mis hijos?

—No.

Pero este incidente quedará registrado.

Y si vuelve a repetirse, sí podría tener consecuencias mucho más graves.


Cuando los policías se marcharon con la trabajadora social, el pasillo quedó en silencio.

Solo nosotros cuatro.

Y la verdad.

Mateo rompió el silencio.

—Todo esto por cuidar a tus sobrinos unas horas.

Lo miré fijamente.

—No.

Todo esto empezó mucho antes.


Saqué otro sobre de la carpeta.

Esta vez se lo entregué directamente.

Él lo abrió.

Dentro había copias de mensajes.

Transferencias.

Correos electrónicos.

Y una carta preparada por mi abogada.

Su rostro comenzó a descomponerse página tras página.

—¿Revisaste mis cuentas?

—Revisé nuestras cuentas.

Porque soy directora financiera.

Y sé perfectamente cuándo desaparece dinero.


Doña Elvira intervino de inmediato.

—¿Qué dinero?

Abrí una hoja marcada con varias líneas fluorescentes.

—Durante dieciocho meses salieron transferencias mensuales hacia Regina.

Sesenta mil pesos.

Cada mes.

Regina abrió los ojos.

—¡Mateo!

Él levantó la cabeza de golpe.

—¡Cállate!

Demasiado tarde.

Ya había confirmado todo.


Respiré hondo.

—No me molesta que ayudaras a tu hermana.

Me molesta que usaras la cuenta común sin decirme.

Y que después me hicieras sentir culpable cuando preguntaba por qué nunca alcanzaba para nuestras vacaciones.

Regina comenzó a llorar otra vez.

—Yo nunca te pedí…

Mateo la interrumpió.

—¡Basta!


Entonces sonó el teléfono de Mateo.

Miró la pantalla.

Era el director de la constructora.

Contestó intentando mantener la calma.

—Ingeniero…

Sí…

Estoy llegando.

Hubo un largo silencio.

Su expresión cambió por completo.

—¿Cómo que la auditoría?

Volvió a guardar silencio.

Después cerró lentamente los ojos.

—Entiendo.

Colgó sin decir una palabra.


—¿Qué pasó? —preguntó su madre.

Mateo apenas podía hablar.

—La empresa inició una revisión interna.

Alguien denunció irregularidades en la administración de materiales de la obra.

Sentí una punzada en el pecho.

No por satisfacción.

Sino porque ya conocía esa noticia.

Verónica me había llamado la noche anterior.


Mateo me miró fijamente.

—Fuiste tú.

Negué con tranquilidad.

—No.

Yo denuncié otra cosa.

Él frunció el ceño.

—¿Qué denunciaste?

Saqué el último documento de la carpeta.

Era una copia de un correo enviado meses atrás desde la computadora de Mateo.

Un correo que jamás escribió él.

Pero que había salido desde su usuario corporativo.

Lo coloqué frente a él.

—Mientras todos creían que el problema era quién cuidaría hoy a los niños…

Alguien utilizó tu cuenta de la empresa para autorizar contratos falsos.

Y la investigación concluyó esta mañana.

Mateo leyó las primeras líneas.

Su rostro perdió todo el color.

Porque el nombre que aparecía como responsable de haber usado su computadora no era el suyo.

Era el de la única persona que conocía todas sus contraseñas.

Regina.

Leer la Parte 3 a continuación.

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