La puerta apenas terminó de cerrarse cuando el silencio cayó sobre la casa.
Nadie se movió durante varios segundos.
La olla seguía humeando sobre la mesa.
El guisado llenaba la cocina con ese aroma que, hasta ese momento, todos habían dado por hecho.
Leo fue el primero en romper el silencio.
—¿Y mis nuggets?
Mariana reaccionó casi por instinto.
Abrió el congelador.
Se quedó inmóvil.
—Tomás…
—¿Qué?
—No hay.
Tomás levantó la vista por primera vez en toda la noche.
—Pues pide por aplicación.
Mariana tomó el teléfono.
Cinco minutos después suspiró.
—Hay lluvia. La entrega tarda más de una hora.
Leo empezó a llorar.
—¡Tengo hambre!
Tomás abrió una alacena.
No encontró pan.
Ni leche.
Ni fruta lavada.
Solo paquetes cerrados que nunca recordaba haber comprado.
Por primera vez comprendió que ni siquiera sabía dónde guardaba su madre las cosas.
Aquella noche nadie cenó.
Mariana intentó preparar unos huevos revueltos.
Los quemó.
Tomás pidió pizza.
Llegó dos horas después, fría.
Leo terminó dormido en el sillón con el estómago vacío y de mal humor.
Mientras apagaban las luces, Tomás murmuró:
—Mañana hablamos con mamá.
Seguro se le pasa.
Mariana asintió.
Ella también creyó que Elvira volvería al día siguiente, como siempre.
Se equivocaban.
A las seis de la mañana sonó el despertador.
Normalmente, cuando bajaban, el desayuno ya estaba servido.
Los uniformes estaban planchados.
Las mochilas listas.
Las botellas de agua llenas.
Aquella mañana no había nada.
Mariana abrió el refrigerador.
—¿Dónde está el jamón?
Tomás revisó otro cajón.
—¿Y la fruta?
Ninguno sabía que Elvira compraba todo dos veces por semana con su propio dinero cuando hacía falta.
Leo apareció todavía medio dormido.
—¿Dónde está mi desayuno?
Nadie respondió.
A las siete y veinte descubrieron otro problema.
El uniforme de educación física seguía dentro de la lavadora desde la tarde anterior.
—Pensé que tú lo habías sacado —dijo Mariana.
—Yo pensé que lo hacías tú.
Leo comenzó a desesperarse.
—¡Hoy tengo entrenamiento!
Tomás terminó secando la playera con una secadora de cabello mientras Mariana buscaba un calcetín que nunca apareció.
Llegaron veinte minutos tarde a la escuela.
Era la primera vez en tres años.
Aquella misma tarde llamaron a Elvira.
No contestó.
Le enviaron mensajes.
Solo respondió uno.
“Estoy bien. Espero que ustedes también.”
Nada más.
Los días siguientes fueron aún más difíciles.
La ropa empezó a acumularse.
Las plantas del patio se marchitaron.
La despensa quedó casi vacía.
Las cuentas del agua y la luz estuvieron a punto de vencerse porque nadie recordaba las fechas de pago.
Mariana empezó a cancelar ventas porque no alcanzaba a empacar los pedidos.
Tomás llegó tarde varias veces al trabajo.
Su jefe terminó llamándolo a la oficina.
—¿Está pasando algo en casa?
Tomás respondió automáticamente:
—No.
Pero mientras pronunciaba aquella palabra comprendió que sí.
Y mucho.
El cambio más evidente, sin embargo, fue Leo.
Sin la abuela ya no había quien lo esperara al salir de la escuela.
Ya no encontraba fruta cortada.
Ni alguien dispuesto a escuchar cómo le había ido en clases.
Una tarde abrió el refrigerador.
—¿Dónde está el agua de jamaica de la abuela?
Mariana respondió mientras escribía en su computadora.
—Hazte un jugo.
Leo cerró lentamente la puerta.
No dijo nada.
Aquella noche tampoco pidió nuggets.
Simplemente empujó el plato.
Pero esta vez no por capricho.
Porque echaba de menos algo que nunca había valorado.
El domingo, Tomás fue finalmente a visitar a su madre.
La encontró sentada en el patio de su pequeña casa, regando unas macetas.
Se veía tranquila.
Más tranquila de lo que la recordaba en mucho tiempo.
—Hola, mamá.
Elvira sonrió con educación.
—Hola, hijo.
Él esperó que lo invitara a pasar.
Ella siguió regando las plantas.
Tomás carraspeó.
—Leo te extraña.
Elvira levantó la vista.
—¿Y tú?
La pregunta lo dejó sin palabras.
Después de unos segundos respondió en voz baja.
—También.
Ella apoyó la regadera en el suelo.
—¿Me extrañas a mí… o extrañas todo lo que hacía por ustedes?
Tomás bajó la cabeza.
No encontró una respuesta inmediata.
Porque, por primera vez, no estaba seguro de conocer la diferencia.
En ese momento sonó el teléfono de Elvira.
Miró la pantalla.
Era la directora de la escuela de Leo.
Contestó.
Escuchó apenas unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué ocurrió?
Tomás sintió un vuelco en el estómago.
La directora hablaba con evidente preocupación.
Cuando Elvira colgó, tomó inmediatamente su bolso.
—¿Qué pasó? —preguntó Tomás.
Ella lo miró con serenidad.
—Leo golpeó a un compañero.
Y cuando la maestra le pidió que se disculpara…
Respondió exactamente las mismas palabras que dijo el día que insultó mi comida.

El silencio entre madre e hijo fue absoluto.
Porque ambos comprendieron que el verdadero problema nunca habían sido los nuggets.
Habían dejado crecer algo mucho más peligroso.
Y ahora empezaba a mostrarse fuera de las paredes de su casa.
Leer la Parte 3 a continuación.