El primer tornillo cayó al suelo a las doce con dieciocho.
El segundo, casi diez minutos después.
Cada movimiento hacía que un dolor insoportable me atravesara la pierna, pero ya no podía detenerme.
Sabía que, si amanecía dentro de aquella casa, nunca volvería a salir.
Cuando logré retirar la rejilla, apenas había espacio para pasar un brazo.
Estiré la mano hacia el exterior hasta rozar el pequeño cerrojo de emergencia que Mauricio jamás recordaba asegurar.
Lo empujé con todas mis fuerzas.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Fue suficiente.
Me arrastré bajo la lluvia hasta la casa de los vecinos.
Golpeé la puerta una sola vez.
Después perdí el conocimiento.
Cuando desperté, el techo blanco del hospital reemplazaba la oscuridad de aquella cocina.
Tenía la pierna inmovilizada, varias vías conectadas al brazo y un dolor sordo que me recorría todo el cuerpo.
Una doctora se acercó.
—La fractura era muy grave. Si hubiera llegado unas horas más tarde, el riesgo de una infección severa habría aumentado considerablemente.
Asentí en silencio.
No pregunté por Mauricio.
Sabía que no había ido.
Tres días después apareció.
No vino solo.
Entró acompañado por Beatriz y don Rogelio.
Los tres sonreían.
Como si hubieran venido de visita a una fiesta.
Beatriz dejó una bolsa de frutas sobre la mesa.
—Ay, mírate…
Qué delicada saliste.
Mauricio cruzó los brazos.
—Espero que aquí hayas pensado en todo lo que hiciste.
No respondí.
Él interpretó mi silencio como miedo.
Se acercó hasta mi cama.
—Cuando salgas del hospital volverás a casa.
Renunciarás a tu trabajo.
Y esta vez dejarás de desafiar a mi madre.
Beatriz soltó una risa.
—Con una pierna así ya no vas a ir muy lejos.
Los dejé hablar.
Cada insulto.
Cada amenaza.
Cada burla.
Hasta que Mauricio terminó diciendo exactamente lo que necesitaba escuchar.
—Además…
Aunque denunciaras, nadie demostraría que nosotros te hicimos esto.
Simplemente diremos que te caíste.
Respiré despacio.
Entonces tomé el teléfono que estaba sobre la mesa.
Pulsé un botón.
La habitación se llenó con una grabación perfectamente nítida.
La voz de Mauricio.
“Déjala ahí. La pierna rota será su castigo por no saber obedecer.”
Después la voz de Beatriz.
“Que aprenda quién manda en esta casa.”
Y finalmente, otra vez Mauricio.
“Mañana diremos que se cayó.”
Las sonrisas desaparecieron.
Beatriz dio un paso atrás.
—¿Qué… qué es eso?
Levanté el celular.
—Mi teléfono viejo seguía grabando notas de voz cuando ustedes me lo quitaron.
Nunca dejaron de hablar delante de él.
Mauricio palideció.
Intentó arrebatarme el aparato.
Antes de que pudiera acercarse, presioné otro botón.
—Camila…
Ya puedes entrar.
La puerta se abrió.
Mi abogada apareció acompañada por dos agentes ministeriales.
Mauricio retrocedió inmediatamente.
—Esto es un abuso.
Uno de los agentes mostró su identificación.
—Señor Mauricio Herrera, permanezca donde está.
Necesitamos hacerle unas preguntas relacionadas con una investigación en curso.
Beatriz empezó a levantar la voz.
—¡No tienen ninguna prueba!
Mi abogada colocó una carpeta sobre la cama.
—En realidad…
Tenemos varias.
No solo la grabación.
También las fotografías tomadas por los médicos, el dictamen del traumatólogo y las declaraciones de los vecinos que escucharon los gritos aquella noche.
Don Rogelio bajó lentamente la cabeza.
Era la primera vez que parecía comprender la gravedad de lo ocurrido.
Pero aún faltaba lo peor.
Uno de los agentes recibió una llamada por radio.
Escuchó unos segundos.
Después miró directamente a Mauricio.
—Acaban de terminar la inspección de su domicilio.
Encontramos varios documentos personales de la señora Daniela retenidos sin su consentimiento.
Y también…
Una habitación con cerraduras instaladas desde el exterior.
Mi respiración se detuvo.

Porque yo jamás le había contado a nadie la existencia de aquel cuarto.
El agente guardó silencio unos segundos antes de añadir:
—Además, el equipo de criminalística encontró algo más.
Algo que indica que esta no fue la primera vez que alguien salió gravemente herido dentro de esa casa.
Leer la Parte 3 a continuación.