No respondí de inmediato.
Miré el mensaje de Emma durante varios segundos.
Solo decía:
“Luna, ven ahora mismo a la oficina. Hay un escándalo enorme.”
No tenía intención de volver.
No después de haber bloqueado a Daniel.
No después de decidir que esa etapa había terminado.
Pero Emma volvió a escribir.
“Tiene que ver contigo.”
Respiré hondo.
—Papá, ¿puedo usar la sala de reuniones de la empresa esta tarde?
Él arqueó una ceja.
—Claro.
—Primero tengo que cerrar algo.
Cuando llegué al edificio de Morrison Group, todos hablaban en voz baja.
Las miradas iban de un lado a otro.
En cuanto me vio, Emma corrió hacia mí.
—Gracias a Dios viniste.
—¿Qué pasó?
Me llevó hasta una sala vacía.
—Daniel está como loco.
—No es mi problema.
—Escúchame primero.
Sacó su teléfono.
Abrió la cuenta de Chloe.
Había desaparecido la fotografía del vino.
También la del desayuno.
Y en su lugar había una publicación nueva.
“Hay personas que nunca valoran lo que tienen.”
Emma me miró.
—Eso no es lo importante.
Me enseñó otra imagen.
Era una captura de pantalla.
Un correo interno enviado por Daniel a las seis y doce de la mañana.
“A partir de hoy, Chloe asumirá temporalmente las funciones de Luna hasta que ella reflexione sobre su comportamiento.”
Sentí una mezcla de sorpresa y risa.
—¿Reflexione?
Emma asintió.
—Lo peor vino después.
Abrió otro correo.
Era la respuesta del departamento de Recursos Humanos.
“No podemos ejecutar esa instrucción. La señorita Luna Martínez nunca ha sido empleada de Morrison Group.”
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Emma sonrió.
—Tu padre jamás permitió que aparecieras como empleada.
Siempre figuraste como consultora externa de Martínez Holdings.
Daniel nunca fue técnicamente tu jefe.
Solo creía que lo era.
En ese momento alguien golpeó la puerta.
Era Marcus.
El mismo amigo que había llamado a Daniel la noche anterior.
—Luna…
Parecía incómodo.
—¿Qué quieres?
Me entregó una carpeta.
—Daniel me pidió que te la diera.
No la abrí.
—Puedes devolvérsela.
—No puedo.
Porque ya no está aquí.
Lo miré.
—¿Dónde está?
—En la sala del consejo.
Están intentando destituirlo.
Subí sin prisa.
Al llegar, escuché gritos al otro lado de la puerta.
Daniel discutía con varios directivos.
—¡Yo soy el director ejecutivo!
Una voz respondió con firmeza.
—No hasta que el accionista mayoritario tome una decisión.
Daniel golpeó la mesa.
—¡El señor Martínez siempre me apoyó!
Abrí la puerta.
El silencio fue inmediato.
Daniel giró hacia mí.
—Luna…
Su expresión cambió por completo.
Como si por fin hubiera encontrado la solución a todos sus problemas.
—Cariño, justo iba a llamarte.
No respondí.
Solo avancé hasta la cabecera de la mesa.
Uno de los consejeros se levantó.
—Señorita Martínez.
Todos hicieron lo mismo.
Incluso los que llevaban veinte años trabajando allí.
Daniel los miró desconcertado.
—¿Qué hacen?
El vicepresidente respondió con absoluta naturalidad.
—Saludamos a la representante de la familia accionista mayoritaria.
Daniel palideció.
Me observó como si estuviera viendo a otra persona.
—¿Qué significa eso?
Lo miré serenamente.
—Significa que nunca trabajé para ti.
Trabajaba para la empresa de mi familia.
El silencio era tan profundo que podía escucharse el aire acondicionado.
Daniel negó lentamente con la cabeza.
—No…
—Sí.
Saqué una carpeta.
La misma que mi padre me había entregado antes de salir.
—Mi familia posee el cincuenta y uno por ciento de Morrison Group desde hace nueve años.
Tu padre solo conservó la administración.
Tú confundiste administrar con ser dueño.
Vi cómo Chloe, sentada al fondo de la sala, dejaba caer el bolígrafo.
Ella tampoco lo sabía.
Daniel dio un paso hacia mí.
—Luna… podemos hablar en privado.
—No queda nada que hablar.
—Lo de anoche fue un malentendido.
—¿Dormiste con ella?
No respondió.
—¿Le preparaste el desayuno?
Silencio otra vez.
—¿Le diste la copa que mandaste grabar para mí?
Bajó la mirada.
Era suficiente.
Me volví hacia el consejo.
—Mi padre me pidió informarles que acepto trasladarme a Chicago para dirigir la nueva sucursal.
Uno de los consejeros sonrió.
—Excelente noticia.
—Pero antes…
Miré directamente a Daniel.
—Solicito una auditoría completa de los gastos ejecutivos de los últimos dos años.
El director financiero levantó inmediatamente otra carpeta.
—Ya comenzó esta mañana.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué auditoría?
El hombre abrió varios documentos.
—Detectamos pagos repetidos relacionados con la señorita Chloe Bennett.
Viajes.
Hoteles.
Restaurantes.
Regalos.
Todos cargados como gastos de representación.
Chloe se puso de pie.
—Eso… eso fue Daniel.
Nadie respondió.
Ella acababa de intentar salvarse sola.
Cuando salí del edificio, sentí una tranquilidad que no recordaba haber experimentado en años.
Pensé que todo había terminado.
Entonces Emma volvió a alcanzarme.
—Luna.
—¿Qué pasa ahora?
Me entregó un pequeño sobre marrón.
—Lo dejaron esta mañana en recepción para ti.
No tenía remitente.
Solo mi nombre escrito a mano.
Lo abrí.
Dentro había una memoria USB.

Y una nota.
“No soy la primera mujer a la que Daniel utilizó de esta manera.”
“En este dispositivo encontrarás los contratos de confidencialidad que obligó a firmar a tres antiguas asistentes… y el verdadero motivo por el que Chloe aceptó acercarse a él.”
Debajo aparecía una última línea escrita con tinta azul.
“Ella nunca fue la amante. Solo era la siguiente víctima.”