PARTE 2: EL CONTRATO TENÍA UNA CLÁUSULA OCULTA

El teléfono permaneció pegado a mi oído.

No fui capaz de responder.

Solo escuchaba la respiración tranquila de Adrian al otro lado de la línea.

Como si hubiera sabido exactamente en qué segundo terminaría de leer aquel contrato.

—¿Por qué? —pregunté finalmente.

Hubo unos segundos de silencio.

—Porque ya era hora de que conocieras toda la verdad.

Miré otra vez las hojas extendidas sobre mi escritorio.

El contrato estaba firmado ocho años atrás.

Mucho antes de que Ethan reapareciera.

Mucho antes incluso de que Adrian y yo comenzáramos a fingir aquella relación perfecta delante del mundo.

—¿Compraste mi vida?

Mi voz salió más fría de lo que esperaba.

Adrian respondió sin alterarse.

—No.

—Entonces explícamelo.

—Prefiero hacerlo frente a ti.

Colgué.

No quería escuchar una explicación.

Quería encontrarla yo misma.

Volví a abrir el contrato.

Lo había leído tres veces.

Pero esta vez presté atención a los anexos.

En la última hoja descubrí una cláusula escrita con letra mucho más pequeña.

“El presente acuerdo quedará automáticamente cancelado si la señorita Claire Bennett descubre voluntariamente la existencia de este contrato.”

Fruncí el ceño.

Debajo había otra línea.

“A partir de ese momento, todas las partes recuperarán plena libertad para revelar los hechos ocurridos el 14 de septiembre.”

El 14 de septiembre.

Sentí un escalofrío.

Era la fecha en la que Ethan desapareció de mi vida diez años atrás.

Siempre creí que simplemente había dejado de amarme.

Mi teléfono volvió a vibrar.

No era Adrian.

Era Ethan.

Contesté.

—Claire…

Su voz sonaba agotada.

—No leas nada más.

Demasiado tarde.

—¿Qué ocultas?

Respiró profundamente.

—Nunca quise hacerte daño.

Cerré los ojos.

—Empieza por decirme una verdad.

Solo una.

Hubo un largo silencio.

Después escuché la frase que jamás imaginé.

—Yo nunca te abandoné.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Qué?

—El día que desaparecí…

Su voz comenzó a quebrarse.

—Pensaba pedirte matrimonio.

Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.

—Entonces ¿por qué te fuiste?

—Porque alguien me pagó para desaparecer.

Apreté el teléfono con fuerza.

—¿Adrian?

—No.

Negó inmediatamente.

—No fue Adrian.

El mundo pareció detenerse.

—Entonces ¿quién?

Ethan tardó varios segundos en responder.

—Tu padre.

Sentí que el aire desaparecía.

—Estás mintiendo.

—Ojalá lo estuviera.

Escuché unos papeles al otro lado de la llamada.

—Me ofreció una cantidad que jamás habría podido ganar en toda mi vida.

La condición era simple.

Desaparecer.

No volver a buscarte.

Y hacerte creer que había dejado de amarte.

Las piernas comenzaron a fallarme.

Me dejé caer lentamente sobre la silla.

Todo lo que había creído durante diez años empezaba a desmoronarse.

—¿Y Adrian?

Ethan suspiró.

—Él descubrió la verdad años después.

—¿Cómo?

—Porque compró la empresa donde trabajaba tu padre.

Sentí un escalofrío.

Ethan continuó.

—Encontró el contrato original entre los archivos legales.

Y cuando supo que seguía enamorado de ti…

Me buscó.

Abrí lentamente los ojos.

—¿Para qué?

La respuesta tardó apenas unos segundos.

—Para ofrecerme otro contrato.

Miré de nuevo la firma de Adrian.

Todo empezaba a encajar.

—¿Qué decía?

Ethan soltó una risa amarga.

—Que regresara a tu vida.

—Que intentara recuperarte.

—Y que, si después de conocer toda la verdad tú seguías eligiéndome a mí…

Él desaparecería para siempre de tu vida.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Por qué haría algo así?

Ethan respondió con una tristeza imposible de fingir.

—Porque Adrian nunca quiso que lo eligieras por gratitud.

Hizo una pausa.

—Quería saber si, conociendo toda la verdad…

Serías capaz de elegir a quien realmente amabas.

En ese instante sonó el timbre de mi apartamento.

Miré por la mirilla.

Adrian estaba al otro lado.

Solo.

Sin guardaespaldas.

Sin traje.

Sin la seguridad que siempre lo acompañaba.

Llevaba en las manos una vieja caja de madera.

La misma fecha, 14 de septiembre, estaba grabada en la tapa.

Y comprendí que el contrato que acababa de leer…

Solo era la mitad de la historia.

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