El silencio que cayó sobre la mesa fue tan espeso que incluso el pianista del restaurante pareció tocar más despacio.
Daniel me observaba con los ojos completamente abiertos.
—¿Tú… hablas ruso? —preguntó al fin, esta vez en español.
Tomé mi copa con absoluta tranquilidad.
—Lo suficiente para entender cada palabra que acabas de decir durante los últimos veinte minutos.
Viktor dejó escapar un largo suspiro.
—Creo que debo retirarme.
—No, señor Sokolov —respondí en ruso con una cortesía impecable—. Usted es un invitado. El problema no es usted.
El empresario bajó lentamente la mirada.
—Tiene razón.
Después giró hacia Daniel.
—En mi país existe un dicho: el hombre que subestima a su esposa ya perdió antes de empezar la batalla.
Daniel intentó sonreír.
No le salió.
—Elena, podemos hablar de esto en casa.
Negué con calma.
—No. En casa ya escuché suficientes mentiras.
Abrí mi bolso y coloqué mi teléfono sobre la mesa.
Pulsé la pantalla.
La grabación comenzó a reproducirse.
Su voz llenó el pequeño salón privado.
“Cuando termine aquí tendré que ir con mi pequeña reina…”
Daniel sintió que el color abandonaba su rostro.
—¿Me estabas grabando?
—No.
Guardé nuevamente el teléfono.
—Estoy probando una aplicación de traducción simultánea para un proyecto del gobierno. Graba todas las conversaciones para analizar la precisión de las traducciones.
Aquella explicación era completamente cierta.
Y acababa de convertirse en la peor casualidad de su vida.
Viktor cerró los ojos durante un instante.
—Señor Daniel… ¿la mujer de la que hablaba existe de verdad?
Daniel tardó demasiado en responder.
Ese silencio fue suficiente.
El empresario tomó lentamente su servilleta, la dejó sobre el plato y se levantó.
—Nuestra empresa cancela la negociación.
Daniel dio un salto.
—¿Qué tiene que ver mi vida privada con los negocios?
Viktor lo miró con absoluta frialdad.
—Porque acaba de mentirle a la persona que duerme a su lado mientras esperaba que yo confiara millones en su palabra.
Nadie en mi compañía hace negocios con personas cuya primera habilidad es engañar.
El director del restaurante observaba la escena desde la entrada sin atreverse a intervenir.
Daniel respiraba cada vez más rápido.
—Elena… por favor…
Lo interrumpí levantando una mano.
—Todavía no he terminado.
Saqué una pequeña tarjeta de mi cartera.
La deslicé sobre la mesa.
Viktor la tomó.
Leyó el nombre.
Después volvió a mirarme, sorprendido.
—¿Departamento de Estado?
Asentí.
—Intérprete sénior de negociaciones internacionales.
Los ojos del empresario se abrieron con incredulidad.
—Entonces… ¿usted entendió toda nuestra conversación desde la primera frase?
—Cada palabra.
Daniel dejó caer la cabeza entre las manos.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente asustado.
Pero aún ignoraba lo más importante.

Porque mientras él pensaba que aquella noche había perdido un contrato… yo ya había descubierto que la mujer a la que llamaba “mi pequeña reina” no era simplemente una amante.
Era alguien a quien yo conocía muy bien.
Y su nombre aparecía, desde hacía meses, en un expediente confidencial que jamás debió cruzarse con mi vida personal.