Abigail permaneció inmóvil.
Volvió a leer el mensaje.
“Sra. Riley, no le diga a Spencer lo de la lotería todavía. Hay algo mucho peor que necesita saber.”
Debajo aparecía un nombre.
Naomi.
No había apellido.
No había fotografía.
Solo aquel mensaje que parecía conocer demasiado.
Durante unos segundos pensó en borrarlo.
Luego respondió.
—¿Quién es usted?
La contestación llegó menos de un minuto después.
—Fui la contadora de Spencer durante dos años.
Abigail sintió un vuelco en el estómago.
Spencer siempre le había dicho que no podía permitirse contratar empleados.
Que hacía toda la contabilidad solo.
Escribió otra pregunta.
—¿Por qué me busca?
La respuesta fue inmediata.
—Porque renuncié cuando descubrí que estaba usando su nombre para conseguir dinero.
Abigail dejó caer lentamente el teléfono sobre la mesa.
No podía ser.
Marcó el número.
La llamada fue respondida al segundo tono.
—Gracias por llamar —dijo una voz femenina, joven, cansada.
—¿Quién es usted realmente?
—Naomi Carter.
Trabajé para Spencer Riley hasta hace cuatro meses.
Hubo un largo silencio.
Después Naomi habló con una serenidad que resultaba aún más inquietante.
—Señora Riley… ¿usted sabe cuánto dinero le ha entregado a su hijo en los últimos cinco años?
Abigail cerró los ojos.
—No exactamente.
—¿Tiene registros?
Miró un viejo archivador lleno de recibos.
—Creo que sí.
—Búsquelos.
Los dedos de Abigail comenzaron a revisar carpetas.
Transferencias.
Depósitos.
Préstamos personales.
Pagos de tarjetas.
Facturas médicas.
Alquileres.
Todo cuidadosamente guardado.
Durante dos horas fueron sumando.
Cinco mil.
Doce mil.
Treinta mil.
Ochenta mil.
La calculadora seguía creciendo.
Cuando terminaron, Abigail apenas podía respirar.
—Dios mío…
Naomi habló muy despacio.
—¿Cuánto da?
Abigail volvió a mirar la pantalla.
—Ochocientos cuarenta y siete mil dólares.
Su propia voz parecía pertenecer a otra persona.
Casi un millón.
Una vida completa de trabajo.
La indemnización de su difunto esposo.
La venta de la pequeña casa del lago.
Los ahorros para la jubilación.
Todo.
Naomi permaneció unos segundos en silencio.
Luego hizo la pregunta que terminó de romperla.
—¿Y usted sabe para qué se utilizó ese dinero?
—Para sus tratamientos…
La mujer respiró hondo.
—No.
Abigail sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Qué quiere decir?
—Solo una parte fue destinada al hospital.
El resto desapareció.
Abigail comenzó a negar con la cabeza.
—No…
—Conservo copias de los libros contables.
Los hice antes de renunciar.
Hay transferencias a casinos.
Compras de vehículos.
Viajes.
Y pagos mensuales a una empresa llamada North Horizon Consulting.
Ese nombre no le decía absolutamente nada.
—¿Qué empresa es esa?
—Eso pensé yo.
Investigué.
No existe ninguna oficina.
Solo un apartado postal.
Y una única administradora registrada.
Naomi hizo una pausa.
—La novia de Spencer.
Abigail recordó inmediatamente la voz femenina que había escuchado en el hospital.
—¿La mujer con la que hablaba hoy?
—Sí.
Se llama Vanessa Brooks.
Y lleva casi tres años administrando el dinero que Spencer consigue de usted.
Abigail se quedó inmóvil.
Tres años.
Mientras ella trabajaba horas extras limpiando oficinas…
Mientras vendía las joyas heredadas de su madre…
Mientras dejaba de comprar sus propios medicamentos para pagar los de Spencer…
Ellos habían estado construyendo una empresa fantasma.
El teléfono vibró otra vez.
Era un mensaje del hospital.
“Su hijo pregunta constantemente por usted.”
No respondió.
Naomi volvió a hablar.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Nunca confié en los informes médicos.
Abigail sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque las facturas cambiaban constantemente.
El diagnóstico también.
Cada mes aparecía un tratamiento nuevo.
Cada mes un médico distinto.
Pero siempre había algo igual.
—¿Qué cosa?
—Las facturas nunca se pagaban directamente al hospital.
Siempre iban primero a Spencer.
Abigail recordó todas las veces que su hijo le había dicho:
“Mamá, deposítamelo a mí. Así consigo descuento.”
Jamás lo había cuestionado.
Porque era su hijo.
Naomi continuó.
—Por eso contraté a un investigador privado.
—¿Y qué descubrió?
La joven tardó unos segundos en responder.
Cuando finalmente habló, su voz sonó mucho más baja.
—Descubrí que alguien dentro del hospital estaba colaborando con él.
Abigail sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.
—¿Está diciendo que…
—Sí.
Creo que durante años falsificaron parte de la documentación médica para justificar nuevos pagos.
El silencio se volvió insoportable.
Entonces sonó el timbre de la casa.
Abigail dio un pequeño salto.
Miró por la ventana.
Había un hombre de traje gris sosteniendo un maletín.
No lo conocía.
Volvió a sonar el teléfono.
Era Naomi.
—No abra la puerta.
—¿Por qué?
—Porque ese hombre no viene a vender nada.

Abigail dejó de respirar.
—¿Quién es?
Naomi respondió con una frase que convirtió la sospecha en verdadero miedo.
—Es el mismo abogado que preparó los contratos con los que Spencer logró quedarse con el dinero de otras tres personas mayores.
Y usted iba a ser la cuarta.