PARTE 2: LA VERDAD QUE LLEVABA TRES ESPOSAS ESCONDIENDO

Gabriel no tocó el informe.

Ni siquiera intentó leerlo.

Se quedó inmóvil, con una mano apoyada sobre el respaldo de la silla y la otra todavía sosteniendo el cucharón con el que había servido la cena.

Durante varios segundos, el único sonido en el apartamento fue el zumbido del refrigerador.

—¿Quién te dio esto? —preguntó al fin.

Su voz había perdido toda la dulzura.

Era grave.

Fría.

Calculadora.

Comprendí entonces que la doctora Vargas nunca se había equivocado.

Aquel hombre era un desconocido.

—No importa quién me lo dio.

Empujé el documento unos centímetros hacia él.

—Importa que es verdadero.

Gabriel lo tomó lentamente.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

No mostró sorpresa.

Solo dejó escapar un suspiro, como quien descubre que un secreto demasiado pesado ya no puede seguir ocultándose.

—Puedo explicarlo.

Negué con la cabeza.

—Empieza por decirme por qué ocultaste que ya estuviste casado.

Silencio.

—No una vez.

Pasé otra hoja.

—Tres veces.

Sus pupilas se contrajeron.

—Y por qué en las tres ocasiones el matrimonio terminó apenas unos meses después de que tus esposas firmaran acuerdos patrimoniales contigo.

Gabriel dejó caer el informe sobre la mesa.

—No sabes toda la historia.

—Entonces cuéntamela.

Él comenzó a caminar lentamente por la cocina.

Como un abogado preparando una defensa.

—Mi primer matrimonio fue un error de juventud.

—¿Y el segundo?

No respondió.

—¿Y el tercero?

Volvió a guardar silencio.

Saqué otra carpeta del bolso.

Esta vez no era del hospital.

Era un sobre marrón.

Lo abrí delante de él.

Fotografías.

Copias de escrituras.

Extractos bancarios.

Y tres certificados de divorcio.

—La doctora Vargas no me entregó solo tu informe médico.

Me puso en contacto con alguien.

Gabriel dejó de respirar por un instante.

—¿Con quién?

—Con la única mujer que consiguió escapar de ti antes de perderlo todo.

Su rostro perdió el color.

Sus labios apenas se movieron.

—Claudia…

Asentí.

—Sí.

Claudia.

Tu segunda esposa.

Ayer hablé con ella durante cuatro horas.

Gabriel cerró los ojos.

Sabía que ya no podía controlar la historia.

Me senté frente a él.

—Cuéntame si miente.

Saqué una libreta.

—Dice que siempre repetías el mismo patrón.

Primero eras el hombre perfecto.

Atento.

Romántico.

Paciente.

Después insistías en unir cuentas.

Comprar una casa juntos.

Firmar poderes notariales “por seguridad”.

Invertir todo en negocios que solo tú administrabas.

Y cuando el dinero ya estaba a tu nombre…

…ellas dejaban de servirte.

Gabriel golpeó la mesa.

—¡No fue así!

—Entonces explícame por qué las tres terminaron demandándote.

—Porque estaban resentidas.

—¿Las tres?

No respondió.

Abrí la última página.

Había una lista con fechas.

Las fechas de sus tres bodas.

Y debajo, otra columna.

Las fechas en que cada esposa transfirió patrimonio a una sociedad creada por Gabriel.

Las diferencias eran escalofriantes.

Noventa y cuatro días.

Ochenta y nueve días.

Noventa y siete días.

Siempre alrededor de tres meses.

Siempre el mismo patrón.

Levanté lentamente la vista.

—¿Cuántos días faltaban para que yo firmara la compra de la casa?

Gabriel bajó la cabeza.

No hizo falta que contestara.

Yo misma respondí.

—Treinta y uno.

Exactamente los mismos que faltaban para la boda.

La cena seguía humeando sobre la mesa.

Ninguno de los dos volvió a mirarla.

Después de casi un minuto de silencio, Gabriel levantó las manos.

—Está bien.

Sí tuve tres matrimonios.

Sí oculté mi pasado.

Pero no soy el monstruo que te hicieron creer.

Fruncí el ceño.

—Entonces, ¿qué ocultaba el informe médico?

Él volvió a quedarse inmóvil.

Aquella era la única pregunta que todavía no había respondido.

Miró la ventana.

Después el suelo.

Finalmente habló.

—No era un informe cualquiera.

—Lo sé.

—Era una prueba genética especial.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Especial por qué?

Gabriel sonrió con amargura.

—Porque el hospital detectó algo que llevaba años intentando mantener oculto.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Qué?

Él levantó lentamente la mirada.

—Las tres mujeres con las que me casé…

…y tú…

…fueron elegidas por la misma persona.

El apartamento quedó en silencio.

—¿Qué estás diciendo?

—Que yo nunca las busqué por casualidad.

Una sensación helada recorrió mi espalda.

—¿Quién las eligió?

Gabriel respiró hondo.

—Mi madre.

Sentí que el mundo se detenía.

Él continuó con una voz casi vacía.

—Ella dirige una fundación de fertilidad.

Y durante años seleccionó cuidadosamente a mujeres con un perfil genético muy específico.

Me levanté de golpe.

—¿De qué estás hablando?

Gabriel tomó el informe del hospital.

Con un dedo señaló la línea que la doctora Vargas había marcado.

No era una enfermedad.

No era infertilidad.

Era el resultado de un análisis genético avanzado.

La doctora había escrito una nota al margen.

“Compatibilidad genética confirmada con los tres expedientes archivados.”

Miré a Gabriel sin comprender.

Él cerró los ojos.

—Valeria…

…tú no eras la primera novia elegida por mi madre.

Eras la cuarta.

Y cuando pronuncié un tembloroso “¿para qué?”, Gabriel respondió con una frase que hizo que todo lo ocurrido hasta ese momento pareciera apenas el comienzo.

—Porque ninguna de ustedes fue elegida para convertirse en mi esposa…

…sino para darle un nieto a una familia obsesionada con crear un heredero genéticamente perfecto.

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