PARTE 2 — LA MUJER QUE ÉL CREÍA QUE YO AMABA

Ethan permaneció inmóvil.

Por primera vez desde que nos casamos, parecía no encontrar las palabras correctas.

—Serena, no es lo que estás pensando.

Solté una risa breve.

No era una risa de burla.

Era la risa cansada de alguien que llevaba demasiado tiempo intentando convencerse de que todo estaba bien.

—¿Y qué estoy pensando?

Él dio un paso hacia mí.

—Lena es una empleada de la empresa.

—Solo fui a ayudarla.

Lo miré fijamente.

—¿A las dos de la mañana?

Guardó silencio.

Ese silencio respondió mucho más que cualquier explicación.

Aquella noche dormimos en habitaciones separadas.

No discutimos.

No levantamos la voz.

Simplemente dejamos que un enorme muro apareciera entre los dos.


Después de aquel viaje, empecé a aceptar todos los proyectos posibles.

Si había una reunión en Boston, iba.

Si surgía una conferencia en Seattle, me ofrecía voluntaria.

Si un cliente necesitaba que alguien viajara durante una semana, siempre estaba disponible.

Mis compañeros decían que me había convertido en una adicta al trabajo.

Solo Maya conocía la verdad.

—No estás huyendo del trabajo.

Estás huyendo de tu casa.

No la contradije.

Porque tenía razón.


Ethan también cambió.

Dejó de insistir cuando yo rechazaba sus invitaciones para cenar.

Ya no preguntaba si podía pasar a recogerme al salir de la oficina.

Solo esperaba.

Siempre esperaba.

Algunas noches, cuando llegaba pasada la medianoche, encontraba la luz del comedor encendida.

Había un plato caliente sobre la mesa.

Y una nota escrita con su letra.

“Calienta la sopa dos minutos.”

Nunca firmaba.

Nunca añadía un corazón.

Solo esa frase.

Yo calentaba la comida.

Lavaba el plato.

Y me iba a dormir.

Sin decir nada.


Pasaron casi ocho meses así.

Hasta que la empresa anunció un proyecto internacional de seis semanas.

Fui la primera en apuntarme.

Cuando llegué a casa para preparar la maleta, Ethan estaba en el vestíbulo.

—¿Otra vez?

Asentí.

—Salgo mañana.

Él observó la maleta durante varios segundos.

—¿Cuánto tiempo?

—Un mes y medio.

Bajó lentamente la mirada.

—Cada vez tardas más en volver.

No respondí.

Porque era verdad.


La última noche del viaje, Maya insistió en salir a cenar.

Mientras esperábamos el postre, volvió a hacerme la misma pregunta.

—¿Hasta cuándo piensas seguir así?

Suspiré.

—Ya no puedo más.

Ella dejó el tenedor sobre el plato.

—Entonces habla con él.

Negué con la cabeza.

—No.

Voy a pedir el divorcio.

Justo en ese instante sentí que alguien dejaba de caminar detrás de nosotras.

Giré lentamente.

Ethan estaba de pie a pocos metros.

Llevaba el abrigo todavía puesto.

Seguramente había llegado para sorprenderme y regresar juntos.

Pero solo había escuchado una frase.

“Voy a pedir el divorcio.”

Su rostro perdió todo el color.


No habló durante el camino al hotel.

Yo tampoco.

Al entrar en la habitación, cerró la puerta con cuidado.

No hubo gritos.

No hubo reproches.

Solo un silencio insoportable.

Un minuto después, Ethan se arrodilló frente a mí.

Me tomó las manos con una desesperación que nunca le había visto.

Tenía los ojos completamente rojos.

—Serena…

Su voz se quebró.

—¿Es por él?

Parpadeé confundida.

—¿Por quién?

Él tragó saliva.

—Ese hombre.

El del proyecto.

El compañero con el que viajas tanto.

Sentí que tardaba varios segundos en entender lo que estaba diciendo.

Después no supe si reír o enfadarme.

—¿Crees que quiero divorciarme porque estoy enamorada de otro?

Él bajó la cabeza.

—Si hay algo que no te gusta de mí…

Puedo cambiar.

Haré lo que haga falta.

Pero no me dejes por otra persona.

Me quedé completamente inmóvil.

Toda aquella conversación no tenía ningún sentido.

Porque yo jamás había tenido a nadie más.

Respiré hondo.

—Ethan…

No existe otro hombre.

Él levantó la vista de golpe.

—¿Entonces por qué?

Lo observé durante un largo momento.

Después señalé la mesita de noche.

Encima estaba su teléfono.

En la pantalla seguía apareciendo una notificación.

Lena Hart.

Volví a mirarlo.

—Porque llevo casi un año creyendo que la mujer importante en tu vida nunca fui yo.

Ethan frunció el ceño.

—¿Lena?

Asentí.

—Pensé que seguías enamorado de ella.

Su expresión cambió por completo.

Primero sorpresa.

Después incredulidad.

Y finalmente… una mezcla de angustia y alivio.

Se pasó ambas manos por el rostro.

—¿Todo este tiempo… pensaste eso?

Yo asentí en silencio.

Entonces Ethan soltó una risa breve y completamente derrotada.

—Serena…

No sabía si llorar o abrazarte.

Porque acababa de descubrir que llevábamos un año sufriendo exactamente por el mismo malentendido.

Y esa confesión hizo que, por primera vez desde que se casaron, ambos comprendieran que nunca habían estado huyendo de un tercero.

Habían estado huyendo del silencio.

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