A la mañana siguiente, Claire despertó con el abdomen mucho menos tenso.
Por un instante creyó que había soñado todo.
Hasta que abrió los ojos.
Adrian seguía sentado junto a la cama.
Llevaba la misma camisa del día anterior, las mangas remangadas y una computadora abierta sobre las piernas.
No había dormido.
Al notar que ella se movía, cerró la pantalla de inmediato.
—¿Cómo te sientes?
Claire intentó incorporarse.
—Mucho mejor.
—No te levantes.
Ella volvió a quedarse quieta casi por reflejo.
Adrian la observó unos segundos.
Cada vez que le daba una indicación, Claire obedecía demasiado rápido.
No por confianza.
Por costumbre.
Y aquello empezaba a irritarlo.
Entró el médico de la familia.
Después de revisarla, sonrió.
—Solo fue una gastritis severa provocada por estrés y varias comidas saltadas.
El médico levantó la vista hacia Adrian.
—Su esposa lleva tiempo alimentándose mal.
No es algo de esta semana.
Adrian frunció el ceño.
—¿Desde cuándo?
—Meses.
Quizá años.
Claire bajó inmediatamente la mirada.
—Estoy bien.
Siempre se me pasa.
El médico salió de la habitación.
Adrian permaneció inmóvil.
—¿Meses?
Claire intentó sonreír.
—No es importante.
Él dio un paso hacia la ventana.
—¿Cuándo fue la última vez que desayunaste sin sentir culpa?
Ella no respondió.
Porque no lo recordaba.
Aquella tarde, Adrian canceló tres reuniones internacionales.
Su asistente casi dejó caer la tableta.
—Señor Blackwood…
La junta con los inversionistas de Londres…
—Se cancela.
—¿Y la videoconferencia con Singapur?
—También.
El asistente dudó unos segundos.
—¿Ocurrió algo grave?
Adrian respondió mientras firmaba unos documentos.
—Mi esposa está enferma.
El hombre parpadeó sorprendido.
En diez años trabajando para Adrian Blackwood jamás lo había visto modificar su agenda por motivos personales.
Mientras Claire dormía, Adrian entró por primera vez en el ala de la mansión destinada exclusivamente a ella.
Todo estaba impecable.
Demasiado impecable.
Abrió el armario.
Encontró apenas unos cuantos vestidos sencillos.
Ninguno llevaba etiquetas de marcas exclusivas.
Para ser la señora Blackwood, su guardarropa parecía el de alguien que intentaba no llamar la atención.
En un cajón descubrió una pequeña libreta.
No pensaba leerla.
Pero una hoja cayó al suelo.
Era una lista escrita con una letra diminuta.
“No pedir ropa nueva.”
“No interrumpir cuando esté trabajando.”
“No preguntar cuándo volverá.”
“No llorar delante de nadie.”
“No enfermarse.”
Adrian sintió un frío recorrerle la espalda.
Pasó lentamente la página.
Había otra lista.
Más antigua.
“No comer antes que los demás.”
“Dar siempre las gracias.”
“No gastar demasiado.”
“No molestar a papá.”
Abajo, una frase subrayada varias veces.
“Si soy una carga, me devolverán.”
Adrian cerró el cuaderno con fuerza.
Algo dentro de él acababa de romperse.
Aquella misma noche llamó a su jefe de seguridad.
—Quiero un informe completo sobre la familia Bennett.
Todo.
Finanzas.
Empresas.
Personal doméstico.
Colegios.
Médicos.
También quiero saber quién crió realmente a Claire.
El jefe de seguridad dudó.
—¿Hay algún problema con la familia política?
Adrian respondió con absoluta frialdad.
—Eso estoy intentando averiguar.
Dos días después, una carpeta negra apareció sobre su escritorio.
En la portada solo decía:
BENNETT
Adrian empezó a leer.
Los primeros documentos hablaban de negocios.
Después llegaron los registros familiares.
Más adelante aparecieron antiguos empleados.
Y finalmente…
Una declaración firmada por una niñera que había trabajado diecisiete años para los Bennett.
“La señorita Claire nunca podía sentarse a la mesa principal.”
“Dormía en la habitación del servicio cuando llegaban visitas.”
“La señora Bennett decía constantemente que no convenía gastar demasiado dinero en una niña que algún día dejaría de pertenecer a la familia.”
Adrian dejó de leer.
Su mandíbula se tensó.
Continuó pasando páginas.
Cada documento era peor que el anterior.
Informes médicos cancelados.
Colegiaturas pagadas con retraso únicamente para Claire.
Regalos retirados el mismo día de Navidad para entregárselos a otra niña.
Hasta que llegó al último sobre.
Lo abrió lentamente.
Dentro había una prueba de ADN.
Fecha: veintidós años atrás.
Resultado:
Claire Bennett: sin vínculo biológico con Richard ni Eleanor Bennett.
Y, debajo, una anotación manuscrita.
“No informar a la menor. La sustitución beneficia los intereses patrimoniales de la familia.”
El despacho quedó completamente en silencio.
Adrian volvió a leer aquella última frase.

Después levantó el teléfono.
—Reúne al equipo jurídico.
Y llama al director de investigaciones.
Su voz sonó tan tranquila que daba miedo.
—A partir de este momento…
Nadie de la familia Bennett volverá a tocar a mi esposa sin pagar el precio.