PARTE 2: SOBRABA EN SU HISTORIA

El director de Recursos Humanos no firmó de inmediato.

Sostuvo mi carta unos segundos más de lo necesario, como si esperara que yo cambiara de opinión.

—Meng Jia… —su voz se suavizó—. Eres una de nuestras mejores abogadas junior. Si es por carga de trabajo, podemos—

—No es por el trabajo.

Lo interrumpí con calma.

Mi propia voz me resultó extrañamente lejana.

Como si no fuera yo quien estaba hablando.

—Entonces… ¿es por Qin Siyue?

No respondí.

Pero tampoco hacía falta.

El silencio lo dijo todo.

El director suspiró, se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.

—Lo pensaré como una solicitud en proceso. Tómate unos días antes de confirmarlo.

Negué suavemente.

—No necesito pensarlo más.

Porque esta vez…

ya no me quedaba nada que dudar.


Salí de la oficina con la carta firmada.

El sonido de mis tacones en el pasillo era claro.

Firme.

Decidido.

Por primera vez en mucho tiempo…

no miré hacia el despacho de Qin Siyue.

No me detuve.

No dudé.

No esperé.


Cuando llegué a casa, todo estaba exactamente igual.

Las tazas que habíamos comprado juntos.

El sofá donde nos quedábamos dormidos viendo series.

La manta que él siempre acaparaba.

Todo seguía en su sitio.

Excepto nosotros.

Me quedé de pie en medio del salón.

Sin moverme.

Durante mucho tiempo.

Hasta que finalmente…

di el primer paso.

Abrí el armario.

Saqué una maleta.

Y comencé a guardar mis cosas.


No lloré.

Ni una sola lágrima.

Doblé la ropa con cuidado.

Guardé los libros que había subrayado una y otra vez.

Recogí los pequeños recuerdos que, en su momento, habían significado tanto.

Cada objeto…

era como una prueba.

De que alguna vez intenté construir algo aquí.

Sola.


Cuando terminé, el cielo ya estaba oscuro.

Cerré la maleta.

Y en ese preciso momento…

escuché la puerta abrirse.

Qin Siyue.

—¿Ya volviste?

Su voz sonaba cansada.

Automática.

Como siempre.

Salió de la entrada mientras aflojaba su corbata.

Pero al levantar la vista…

se quedó inmóvil.

—¿Qué estás haciendo?

Miró la maleta.

Luego a mí.

Como si no entendiera.

Como si aquello no tuviera sentido.

Lo miré en silencio durante unos segundos.

Y entonces respondí:

—Me voy.

El aire pareció congelarse.

—¿…Qué?

—He renunciado.

Su expresión cambió ligeramente.

Confusión.

Molestia.

—¿Renunciaste? ¿Por qué no lo discutiste conmigo?

Solté una pequeña risa.

Pero no tenía humor.

—¿Discutirlo contigo?

Lo miré directamente.

—¿Cuándo?

—¿Entre tus horas con Nguyễn Đường?
—¿O en esos momentos en los que siempre estás “demasiado cansado” para escucharme?

Frunció el ceño.

—Jiajia, no empieces—

—No.

Lo interrumpí.

Por primera vez.

—No estoy empezando nada.

Di un paso hacia él.

—Estoy terminando.


El silencio cayó entre nosotros.

Pesado.

Irreversible.


—¿Es por lo de hoy? —preguntó finalmente, con un tono más bajo—. Solo fue un juego.

Lo miré.

Y algo dentro de mí…

se apagó por completo.

—¿Un juego?

Repetí suavemente.

—Entonces dime…

¿también fue un juego ir a conocer a sus padres?

Su expresión se congeló.

Ahí.

Justo ahí.

Supe la respuesta.


No lo negó.

No pudo.


—Yo…

Abrió la boca.

Pero no encontró palabras.

Y esta vez…

no lo ayudé.

No lo esperé.

No lo entendí.


Asentí lentamente.

—Ya entendí.

Tomé la maleta.

Caminé hacia la puerta.

Pasé a su lado.

Sin detenerme.

Sin mirar atrás.


—Meng Jia.

Su voz me detuvo.

Solo un segundo.

—Si sales por esa puerta…

No terminó la frase.

Pero no hacía falta.

Sonreí levemente.

Sin girarme.

—Tranquilo.

Mi voz fue suave.

Pero firme.

—Esta vez no voy a volver.


Y entonces…

abrí la puerta.

Y me fui.


Esa noche…

por primera vez en cuatro años…

nadie me pidió que me quedara.

Nadie me llamó.

Nadie me necesitó.


Pero tampoco…

nadie volvió a ignorarme.


Y en medio del silencio de la ciudad…

respiré.

Profundamente.

Como si…

por fin…

volviera a estar viva.

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