PARTE 2 — NOS QUISIERON QUEMAR VIVOS PARA ENTERRAR LA VERDAD

El olor a gasolina invadió el archivo en cuestión de segundos.

No era una pequeña fuga.

Era una cantidad suficiente para convertir toda la planta en una trampa mortal.

Retrocedí instintivamente.

—Adrian…

Él ya estaba junto a la puerta.

Giró el pomo.

Nada.

Empujó con el hombro.

La madera apenas vibró.

—Está bloqueada desde fuera.

Un golpe metálico sonó al otro lado.

Después, unos pasos rápidos alejándose por el pasillo.

Alguien había planeado aquello.

Mi corazón comenzó a latir con violencia.

—¡Seguridad! —grité mientras golpeaba la puerta—. ¡Hay alguien ahí!

Nadie respondió.

Adrian encendió la linterna de su teléfono.

El haz de luz recorrió los archivadores repletos de historiales clínicos.

Miles de expedientes.

Décadas de información.

Todo impregnado ya por el fuerte olor del combustible.

Entonces vimos algo deslizarse por debajo de la puerta.

Una pequeña llama.

No era un accidente.

Era una mecha.

Adrian reaccionó sin perder un segundo.

—¡Atrás!

Arrancó el extintor de la pared y descargó toda la espuma sobre la rendija inferior justo cuando el fuego comenzaba a entrar.

Un estruendo seco sacudió el pasillo.

Las llamas no lograron propagarse, pero el humo empezó a filtrarse hacia el interior.

Yo tosí con fuerza.

—Quieren destruir los archivos…

—No.

Adrian negó con la cabeza.

Su voz seguía sorprendentemente tranquila.

—Quieren destruir esta carpeta.

Bajé la mirada hacia los documentos.

Los expedientes.

Las firmas falsificadas.

Las grabaciones.

Si todo desaparecía…

Nunca podría demostrar mi inocencia.

Y quien hubiera manipulado aquellas operaciones quedaría libre para siempre.

Adrian sacó el móvil.

Sin cobertura.

El grueso archivo subterráneo apenas recibía señal.

Yo respiraba cada vez peor.

—Hay una salida de emergencia.

Él iluminó un plano de evacuación colgado junto a una estantería.

—Pero está detrás del depósito documental.

Corrimos.

Entre estanterías metálicas llenas de cajas.

El humo comenzaba a bajar desde el techo.

Cada respiración quemaba.

Entonces escuché un ruido.

Un archivador enorme se inclinó lentamente.

—¡Claire!

Adrian me empujó con toda su fuerza.

El armario cayó exactamente donde yo había estado un segundo antes.

El estruendo hizo temblar toda la sala.

Quedé en el suelo.

Él había recibido el golpe en el hombro.

Aun así, solo preguntó:

—¿Está bien?

Lo miré sin responder.

Aquel hombre que menos de veinticuatro horas antes había destruido públicamente mi carrera acababa de arriesgar su propia vida para salvar la mía.

No cuadraba con la imagen fría que tenía de él.

Llegamos finalmente a la puerta de emergencia.

Estaba cerrada con un candado.

—Imposible…

Adrian frunció el ceño.

—Según los planos debía permanecer abierta durante el horario laboral.

Eso significaba una sola cosa.

Alguien había preparado aquella emboscada.

Sacó una barra metálica de mantenimiento apoyada junto a la pared.

Golpeó el candado una vez.

Dos.

Tres.

En el cuarto impacto cedió.

Empujamos la puerta.

Una bocanada de aire fresco nos golpeó el rostro.

Salimos justo cuando varias alarmas contra incendios empezaban a sonar por todo el hospital.

En menos de dos minutos, bomberos internos, seguridad y personal sanitario corrían hacia la sexta planta.

Yo seguía sujetando la carpeta contra mi pecho.

No la había soltado ni un instante.

Un guardia se acercó.

—¿Qué ha pasado?

Antes de que pudiera responder, Adrian habló primero.

—Intento de incendio provocado.

El guardia abrió mucho los ojos.

—¿Cómo?

—Revisen inmediatamente todas las cámaras entre las seis cincuenta y cinco y las siete diez.

Y precinten el archivo.

Nadie entra sin autorización judicial.

En ese mismo instante apareció Rebecca Moore.

Llegó jadeando, con la bata mal colocada.

—¡Dios mío! ¿Estáis bien?

Su sorpresa parecía demasiado perfecta.

Demasiado estudiada.

Sus ojos no se dirigieron primero hacia nosotros.

Fueron directamente a la carpeta que llevaba entre los brazos.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente para que Adrian también lo notara.

Él no dijo nada.

Simplemente dio un paso delante de mí.

Como si quisiera impedir que cualquiera pudiera acercarse a aquellos documentos.

Rebecca sonrió con aparente preocupación.

—Claire, menos mal que has salido…

Asentí sin apartar la vista de ella.

Por primera vez desde que todo había empezado, comprendí algo.

Aquella guerra nunca había consistido únicamente en mi degradación.

Había personas desesperadas por impedir que esa carpeta llegara a manos de la policía.

Y estaban dispuestas incluso a matar para conseguirlo.

Mientras las sirenas seguían resonando por todo el hospital, Adrian se inclinó apenas hacia mí y murmuró con una voz que solo yo pude escuchar:

—Esto acaba de empezar.

Porque el nombre que aparece en la última página…

…es alguien a quien usted jamás sospecharía.

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