PARTE 2: LA CARTA QUE NUNCA LLEGUÉ A LEER

El mundo pareció detenerse.

Miré una vez más la frase escrita al pie del contrato.

La tinta era ligeramente distinta a la del resto del documento.

No acababa de escribirse.

Tenía años.

Levanté lentamente la vista.

—¿Cuándo escribiste esto?

Julian sostuvo mi mirada.

—Tres meses antes de que terminara el contrato.

Sentí un nudo en la garganta.

—Entonces… ¿por qué nunca dijiste nada?

Él soltó una risa amarga.

—Porque tú ya habías decidido marcharte.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Noah, ajeno a la tensión, jugaba con el cierre de mi abrigo.

Julian lo observó durante unos segundos antes de volver a hablar.

—La última semana antes de que desaparecieras, preparé una cena.

Recordé aquella noche.

La mesa estaba puesta cuando recibí un mensaje de su asistente diciendo que Julian tenía una reunión urgente y no volvería.

Esperé dos horas.

Después cené sola.

Al día siguiente empecé a hacer las maletas.

Fruncí el ceño.

—Nunca regresaste.

Julian cerró los ojos.

—Sí regresé.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Qué?

—Llegué cuarenta minutos tarde.

—Había una fuga de gas en uno de nuestros hoteles. Tuve que ir personalmente.

Respiró hondo.

—Cuando llegué, estabas dormida en el sofá.

Yo no recordaba aquello.

Él continuó.

—No quise despertarte.

—Dejé una carta sobre la mesa.

Sentí un escalofrío.

Una carta.

Recordé perfectamente la mañana siguiente.

La empleada doméstica había limpiado temprano porque yo estaba preparando la mudanza.

Había varias revistas, facturas y sobres sobre la mesa.

Nunca presté atención.

Julian sacó una fotografía doblada de su cartera.

Era una imagen tomada por una cámara de seguridad del comedor.

Allí estaba yo.

Dormida en el sofá.

Y él…

Cubriéndome con una manta.

Después dejaba un sobre blanco sobre la mesa.

La hora aparecía en la esquina.

2:17 de la madrugada.

Me quedé sin palabras.

—La carta desapareció al día siguiente.

—Pensé que la habías leído.

Negué lentamente con la cabeza.

—Nunca vi ninguna carta.

Por primera vez desde que llegó, la expresión de Julian cambió.

Ya no era tristeza.

Era incredulidad.

—¿Nunca?

—Nunca.

Sacó el teléfono.

Marcó un número.

—¿Martin?

Su voz volvió a ser la del empresario implacable.

—Quiero saber quién limpió mi casa el 14 de septiembre hace dos años.

Escuchó unos segundos.

Su mandíbula se tensó.

—Entiendo.

Colgó lentamente.

—Fue Serena.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Volvió antes de lo que yo sabía.

—Ese día pasó por la casa para recoger unas partituras antiguas que aún guardaba.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

—Ella encontró la carta.

Julian asintió.

—Y nunca te la entregó.

El silencio se hizo insoportable.


—¿Qué decía?

Mi voz apenas salió.

Julian permaneció callado unos segundos.

Después habló de memoria.

Como si hubiera repetido aquellas palabras cientos de veces.

—”Eleanor.”

—”Hace tres años te pedí que no te enamoraras de mí.”

—”El problema es que olvidé prohibírmelo a mí.”

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

Él continuó.

—”No quiero que este contrato termine.”

—”Quiero empezar una vida real contigo.”

Cerré los ojos.

Cada palabra era un golpe.

—”Si decides quedarte, destruiré este contrato delante de ti.”

—”No volverás a ser mi sustituta.”

—”Porque hace mucho dejaste de parecerte a Serena.”

Respiró profundamente antes de terminar.

—”Ahora solo te pareces a la mujer de la que me enamoré.”

No pude seguir escuchando.

Cubrí mi rostro con las manos.

Durante dos años había odiado a un hombre que, según creía, nunca me había elegido.

Y durante dos años él había pensado que yo había leído aquella confesión… y aun así había decidido abandonarlo.

Los dos habíamos vivido dentro de la misma mentira.

Una mentira construida por una carta que jamás llegó a su destinataria.

Entonces Noah levantó la cabeza y miró alternativamente a Julian y a mí.

Con toda la inocencia de sus dos años preguntó:

—¿Papá está llorando?

Julian se quedó inmóvil.

Era la primera vez que ese niño pronunciaba aquella palabra.

Y también la primera vez que comprendimos que, a veces, el destino no separa a las personas por falta de amor…

Sino por una verdad que nunca llegó a leerse.

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