PARTE 2: EL REGALO QUE DESTRUYÓ SU IMPERIO

Durante unos segundos, nadie habló.

En la sala de juntas solo se escuchaba la respiración contenida de los directivos.

Charles Harris cerró los ojos con fuerza.

Cuando volvió a abrirlos, ya no era un padre.

Era el presidente del Grupo Shinhua.

—Secretario.

Un hombre sentado a su derecha se puso de pie inmediatamente.

—Sí, presidente.

—Localice a Ethan Harris.

—Enseguida.

—No por teléfono.

Charles miró el reloj.

—Quiero que venga aquí personalmente. Ahora mismo.

El secretario dudó.

—¿Y si se niega?

Charles respondió sin levantar la voz.

—Entonces que venga Seguridad Corporativa a buscarlo.

En la habitación 8809, Maya me miró completamente atónita.

—Ava… ¿sabías que tu padre iba a reaccionar así?

Negué despacio.

—No.

Sonreí con serenidad.

—Pero sí sabía que ambos odian una sola cosa más que los malos negocios.

—¿Cuál?

—La traición.


Mientras tanto, en la habitación 8808, Ethan acababa de servirse otra copa de vino.

Su teléfono comenzó a vibrar sin descanso.

Una llamada.

Dos.

Cinco.

Diez.

Todas del secretario del consejo.

Frunció el ceño.

—¿Qué demonios…?

Sophie apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Ignóralos.

—Es raro.

Contestó finalmente.

No llegó a decir una palabra.

La voz del secretario explotó al otro lado.

—¡Señor Ethan! El presidente Harris ordena que venga inmediatamente al edificio central.

—Estoy ocupado.

—No era una invitación.

Hubo una pausa.

—Si no llega en treinta minutos, quedará suspendido de todas sus funciones ejecutivas.

Ethan soltó una carcajada.

—¿Mi padre está loco?

El secretario respondió con una sola frase.

—El consejo acaba de escuchar toda la conversación que usted mantiene en este momento con la señorita Sophie Reed.

La copa cayó de la mano de Ethan.

El vino tinto se derramó sobre la alfombra.

—¿Qué…?

Miró alrededor de la habitación como un hombre que acababa de despertar de una pesadilla.

—Eso es imposible.

Entonces vio algo.

Sobre la mesa del balcón había un pequeño dispositivo negro.

Parpadeaba una diminuta luz azul.

Su rostro perdió todo el color.

Corrió hasta la puerta del balcón y la abrió de golpe.

En el balcón vecino, yo seguía allí.

De pie.

Con el teléfono en la mano.

Lo observé con absoluta tranquilidad.

—Feliz aniversario, Ethan.

Él retrocedió un paso.

—Ava…

Por primera vez en tres años de matrimonio, no encontraba ninguna mentira que decir.

Sophie salió detrás de él envuelta en una bata.

Al verme, comprendió todo.

—¿Nos grabaste?

—No.

Respondí con una calma que la desesperó.

—Simplemente dejé que todos escucharan la verdad.


Ethan intentó acercarse.

—Ava, escúchame…

—No.

—Puedo explicarlo.

—¿Explicar qué?

Lo miré directamente a los ojos.

—¿Que soy útil?

Él tragó saliva.

—No quise decir eso.

—¿Que solo esperabas estabilizar tu posición usando mi apellido?

Silencio.

—¿O que pensabas echarme con una compensación cuando ya no te sirviera?

Cada frase era exactamente la que él había pronunciado.

No podía negarlas.

Porque todos las habían escuchado.

Mi teléfono volvió a sonar.

Era mi padre.

Activé el altavoz.

—Ava.

—Sí, papá.

—¿Está Ethan contigo?

Levanté la vista.

Él permanecía inmóvil al otro lado del balcón.

—Sí.

Mi padre habló con una frialdad absoluta.

—Entonces dile que el consejo acaba de votar por unanimidad suspenderlo de todos sus cargos ejecutivos hasta concluir una investigación interna.

Ethan abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

Pero aquello no había terminado.

Charles Harris tomó el teléfono.

Su voz sonaba envejecida.

—Ethan.

—Papá…

—No me llames así.

El silencio fue insoportable.

—Hoy no avergonzaste únicamente a tu esposa.

—Papá, yo…

—Avergonzaste el apellido Harris delante de todo el consejo.

Respiró profundamente antes de pronunciar la frase que cambió la expresión de Ethan para siempre.

—A partir de este momento quedan congeladas todas tus autorizaciones financieras, tu acceso al edificio corporativo y tus poderes de representación.

Sophie dio un paso hacia atrás.

Ya no miraba a Ethan con admiración.

Lo miraba con miedo.

Charles añadió sin levantar la voz:

—Y cuando termine esta reunión, hablaremos de tu participación accionaria.

La llamada terminó.

El pasillo quedó completamente en silencio.

Ethan seguía inmóvil.

Como si aún no comprendiera que acababa de perder mucho más que un matrimonio.

Yo respiré lentamente.

Saqué de mi bolso una pequeña caja envuelta con un lazo plateado.

La dejé sobre la barandilla que separaba ambos balcones.

—¿Qué es eso? —preguntó él con la voz rota.

Sonreí por primera vez en toda la noche.

—Tu regalo de aniversario.

Dentro había dos documentos.

El primero era una solicitud de divorcio firmada por mí.

El segundo era el acuerdo prenupcial que Ethan había firmado tres años antes… sin leer la última cláusula.

Una cláusula que establecía que cualquier infidelidad demostrada suponía la pérdida inmediata de todos los beneficios económicos derivados del matrimonio.

Mientras él abría la caja con manos temblorosas, comprendí que aquella noche no había venido a descubrir una traición.

Había venido a ponerle el punto final.

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