PARTE 2: LA CARTA QUE NUNCA LEYÓ

El salón quedó en un silencio absoluto.

Nadie se movía.

Ni siquiera los niños.

Daniel seguía mirando a los cuatro pequeños como si el tiempo hubiera dejado de existir.

Los mismos ojos.

La misma forma de levantar la ceja.

El mismo hoyuelo que él veía cada mañana en el espejo.

—Eso… eso no puede ser… —murmuró.

Mariana sostuvo la mirada.

—¿Qué parte te parece imposible?

Fabiola retrocedió lentamente.

—Daniel… ¿qué está pasando?

Él abrió la boca varias veces.

No salía ninguna palabra.

La madre de Daniel fue la primera en reaccionar.

Se acercó a Nicolás con pasos inseguros.

—¿Cuántos… cuántos años tienen?

—Ocho —respondió el niño con educación.

La mujer empezó a temblar.

Ocho años.

Exactamente los mismos que habían pasado desde que Daniel abandonó a Mariana.

Su padre, Don Ernesto, rompió el silencio.

—Daniel dijo que ese embarazo era una mentira.

Mariana asintió lentamente.

—Sí.

—Eso fue lo que decidió creer.

Daniel levantó la voz por primera vez.

—¡Porque nunca volviste a buscarme!

Mariana sonrió con tristeza.

—¿De verdad quieres seguir diciendo eso delante de todos?

Él tragó saliva.

Ella abrió su bolso.

Sacó una carpeta azul perfectamente conservada.

La colocó sobre la mesa del comedor.

—Aquí están las pruebas de ADN prenatales que me exigiste.

—Aquí están los informes médicos del embarazo.

—Y aquí están las copias de las doce cartas certificadas que envié a tu departamento.

Daniel sintió que el rostro perdía el color.

Mariana sacó un último sobre.

Era viejo.

Las esquinas estaban amarillentas.

Nunca había sido abierto.

—¿Lo reconoces?

Daniel lo tomó con manos temblorosas.

En el frente aparecía su antiguo domicilio.

Y su nombre escrito con la letra de Mariana.

El sello del servicio postal seguía intacto.

Nunca lo había abierto.

—Lo envié dos semanas antes de que nacieran los niños.

Su voz era tranquila.

—Dentro estaba la fecha programada de la cesárea.

—También una invitación para que conocieras a tus hijos desde el primer minuto.

Toda la familia observaba en silencio.

Daniel rompió lentamente el sobre.

Dentro había una carta doblada y una fotografía de la ecografía.

Cuatro pequeños perfiles.

Cuatro corazones.

Cuatro bebés.

Las manos empezaron a temblarle con más fuerza.

Leyó las primeras líneas en voz baja.

“Daniel, todavía espero que cambies de opinión. Nuestros hijos merecen conocer a su padre…”

No pudo continuar.

Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.

Fabiola lo miró confundida.

—¿Nunca leíste esa carta?

Él negó lentamente.

—Yo…

Su voz se quebró.

—Nunca llegó…

Antes de que pudiera decir una palabra más, una voz firme resonó desde el otro extremo del salón.

—Sí llegó.

Todos giraron la cabeza.

Doña Mercedes, la madre de Daniel, había palidecido.

Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostenerse del respaldo de una silla.

Don Ernesto la observó sorprendido.

—¿Qué acabas de decir?

La mujer cerró los ojos.

—La carta sí llegó.

Daniel sintió que el corazón dejaba de latir.

—Mamá…

Ella empezó a llorar.

—La recibí yo.

Nadie respiraba.

—Pensé que Mariana solo quería manipularte.

—Creí que, si la olvidabas, tendrías una vida mejor.

Las palabras salían entre sollozos.

—Así que escondí las cartas.

Daniel retrocedió un paso.

Luego otro.

—¿Qué… hiciste?

Doña Mercedes ya no podía detenerse.

—No fue solo una.

—Fueron todas.

Miró a Mariana con los ojos llenos de culpa.

—Las pruebas médicas.

—Las fotografías.

—Las invitaciones.

—Los certificados de nacimiento.

—Todo.

El silencio fue devastador.

Durante ocho años, Daniel había repetido que Mariana jamás volvió a buscarlo.

Y durante ocho años, la verdad había permanecido escondida… dentro del armario de la casa donde acababan de reunirse para celebrar la Navidad.

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