PARTE 2: LA MEMORIA QUE NO DEBÍA EXISTIR

Julián no respondió.

Sostuvo a su hijo con un brazo y, con la otra mano, cerró lentamente la puerta de la habitación.

Doña Amparo quedó al otro lado.

—¡Julián! —golpeó la madera con los nudillos—. El bebé necesita descansar.

Él miró el biberón una vez más.

El líquido tenía un color ligeramente amarillento.

Demasiado espeso para ser leche de fórmula.

Lo dejó sobre la cómoda sin permitir que el niño volviera a probar una sola gota.

Sacó el teléfono.

Marcó al pediatra militar que había conocido durante una misión humanitaria.

—Doctor, necesito una respuesta rápida.

Le explicó el olor, el aspecto del contenido y la edad del bebé.

Al otro lado hubo un silencio breve.

—No puedo identificar una sustancia solo por una descripción —respondió el médico—, pero si sospechas que el biberón fue manipulado, no le des nada más y llévalo inmediatamente a un hospital. Guarda el biberón tal como está; podría servir para un análisis.

Julián colgó.

Su entrenamiento le decía exactamente lo mismo.

Preservar la evidencia.

Proteger a la víctima.

No confiar en una escena que no cuadraba.

Con cuidado acomodó al bebé sobre su pecho.

El pequeño dejó de llorar casi de inmediato.

Como si, por primera vez desde que había nacido, se sintiera seguro.

Julián cerró los ojos apenas un segundo.

—Ya estoy aquí, hijo.

Te lo prometo.

No voy a dejar que nadie te haga daño.


Abajo, los golpes en la puerta se hicieron más fuertes.

—¡Julián! —gritó Bruno—. ¡No compliques las cosas!

Él abrió la puerta solo unos centímetros.

Lo suficiente para mirar a su hermano.

—¿Dónde está el certificado de defunción de Valeria?

Bruno desvió la vista.

—Lo tiene la funeraria.

—¿Y el informe del hospital?

—También.

—¿En qué hospital nació mi hijo?

Bruno tardó demasiado en responder.

—En… el Hospital General.

Julián conocía Guadalajara lo suficiente.

Había varios hospitales generales.

La respuesta era demasiado vaga.

—¿Cuál de todos?

Bruno apretó los labios.

No contestó.

Desde el pasillo, Doña Amparo intervino.

—¿Qué importa eso ahora? Tu esposa ya no va a volver.

Julián la miró fijamente.

—Importa porque pienso despedirme de ella sabiendo exactamente qué ocurrió.

El rostro de su madre perdió parte de su aparente serenidad.

—Estás alterado.

Descansa unas horas y mañana hablaremos.

—No.

La respuesta fue seca.

—Hablaremos ahora.


Media hora después, mientras Doña Amparo y Bruno discutían en voz baja en la planta baja, Julián aprovechó para sacar del bolsillo la diminuta tarjeta microSD.

Encontró un viejo adaptador dentro del escritorio de Valeria.

Lo conectó a su computadora portátil.

La pantalla tardó unos segundos en reconocer el dispositivo.

Solo había una carpeta.

“SI JULIÁN ESTÁ VIENDO ESTO”.

Sintió que el corazón dejaba de latir.

Abrió el primer archivo.

No era un documento.

Era un video.

Valeria apareció frente a la cámara.

Estaba embarazada de ocho meses.

Sonreía.

Pero sus ojos estaban llenos de miedo.

—Amor… si encontraste esta grabación significa que algo salió muy mal.

Julián dejó de respirar.

—Si estoy equivocada, quiero que borres todo esto y te rías de mí.

La imagen tembló ligeramente.

—Pero si no regreso contigo…

Necesito que escuches hasta el final.

Valeria respiró hondo antes de continuar.

—No confíes ciegamente en nadie.

Ni siquiera en quienes llevan tu mismo apellido.

Julián sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

En ese mismo instante, abajo se escuchó un fuerte golpe.

Alguien acababa de abrir violentamente la puerta principal.

Una voz masculina resonó por toda la casa.

—¡Policía!

—¡Nadie salga del lugar!

Julián se volvió hacia la ventana, sorprendido.

No había llamado a las autoridades.

Y mientras las sirenas iluminaban el exterior de la casa, comprendió que alguien más también estaba buscando la verdad… y había llegado antes de que él terminara de escuchar el mensaje que Valeria había dejado escondido en la palma de su mano.

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