Weiguang retrocedió un paso.
Elena seguía frente a él, completamente erguida.
La pierna que segundos antes parecía incapaz de sostenerla ya no temblaba. Su rostro había perdido toda expresión de dolor.
Solo quedaba miedo.
Y rabia.
Detrás de su espalda, la hoja del cuchillo reflejó la luz entre los árboles.
—Suelta el arma —ordenó Weiguang.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Vas a creer a una desconocida antes que a tu propia esposa?
Desde debajo de los restos de la pasarela llegó un gemido.
La otra mujer seguía atrapada.
Weiguang miró hacia el borde del barranco. Entre las tablas rotas distinguió una mano aferrada a una raíz.
—Aguanta —gritó—. Voy a sacarte.
Elena se interpuso.
—No.
Aquella palabra salió de sus labios con una frialdad que él jamás había escuchado.
—Apártate.
—Si bajas, los dos podéis morir.
—Entonces llama a emergencias.
—Aquí no hay cobertura.
Weiguang sacó el teléfono.
No tenía señal.
La excursión había sido idea de Elena. Ella había elegido el sendero, la hora y aquella antigua pasarela abandonada.
Él sintió un peso en el estómago.
—Tú sabías que no habría señal.
Elena apretó el cuchillo.
—Solo quería pasar un día tranquilo con mi esposo.
La voz atrapada bajo las tablas volvió a escucharse.
—Mira… su hombro.
Weiguang frunció el ceño.
—¿Qué has dicho?
—La verdadera Elena tiene una marca de nacimiento debajo del hombro izquierdo.
La mujer que estaba junto a él se quedó inmóvil.
Weiguang recordó su noche de bodas.
Recordó que Elena nunca se cambiaba de ropa frente a él desde el accidente ocurrido tres años antes. Siempre cerraba la puerta del baño. Dormía con camisetas de manga larga incluso durante el verano.
Cuando él preguntaba, decía que las cicatrices la avergonzaban.
Pero jamás le había permitido verlas.
—Enséñame el hombro —dijo.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Esto es ridículo.
—Enséñamelo.
—Soy tu esposa. No tengo que demostrarte nada.
Weiguang avanzó.
Elena levantó el cuchillo.
La hoja quedó entre ambos.
—No des un paso más.
El bosque pareció quedarse en silencio.
Weiguang miró el arma y después sus ojos.
—¿Quién eres?
Ella respiró lentamente.
Durante unos segundos pareció debatirse entre continuar fingiendo o admitirlo todo.
Finalmente sonrió.
—Me llamo Vera.
Desde el barranco se escuchó un sollozo.
Weiguang sintió que el mundo se deshacía bajo sus pies.
—¿Dónde está Elena?
Vera señaló hacia abajo.
—Ahí.
Él miró a la mujer atrapada.
Tenía el cabello cubierto de polvo y una herida en la frente. La cicatriz de su mejilla era visible incluso desde aquella distancia.
Era la misma cicatriz que aparecía en la fotografía de boda.
—Eso es imposible —murmuró—. Elena murió en el incendio.
—No murió —respondió Vera—. Solo necesitaba que tú lo creyeras.
Weiguang recordó aquella noche.
Había recibido una llamada mientras trabajaba fuera de la ciudad. Le dijeron que el coche de Elena se había incendiado después de caer por una pendiente. El cuerpo estaba irreconocible.
Vera, presentada entonces como una prima lejana, fue quien identificó sus pertenencias.
Semanas después comenzó a acompañarlo durante el duelo.
Lo escuchaba.
Lo consolaba.
Sabía cuáles eran las comidas favoritas de Elena, qué canciones odiaba y cómo ordenaba los libros en casa.
Weiguang pensó que aquella semejanza era una casualidad.
Meses después, Vera desapareció.
Y Elena regresó.
O eso creyó él.
La mujer que volvió tenía el rostro reconstruido tras el accidente y decía haber perdido parte de la memoria.
Weiguang nunca cuestionó los cambios.
Estaba demasiado feliz por recuperarla.
—¿Cómo conseguiste parecerte a ella?
Vera se tocó el rostro.
—Dinero, cirugías y mucha paciencia.
—Pero su voz…
—La escuché durante años.
La verdadera Elena gritó desde abajo:
—Era mi hermana.
Weiguang miró a Vera con horror.
—¿Sois hermanas?
—Gemelas —respondió ella.
La palabra lo explicó todo.
La altura.
Los gestos.
Los ojos idénticos.
Incluso aquellas pequeñas expresiones que él había atribuido a las secuelas del accidente.
—¿Por qué hiciste esto?
La sonrisa de Vera desapareció.
—Porque Elena siempre tuvo todo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Tuvo a nuestros padres, la empresa, la casa y después te tuvo a ti.
—¿Qué te hicieron?
—Me escondieron.
La verdadera Elena habló desde el barranco.
—Nuestros padres no la escondieron. Vera intentó incendiar la fábrica cuando tenía diecinueve años.
—¡Cállate! —gritó ella.
Su voz retumbó entre los árboles.
Elena continuó:
—Murieron dos trabajadores. La familia pagó para que recibiera tratamiento en lugar de ir a prisión.
Weiguang miró el cuchillo.
—¿Escapaste de la clínica?
Vera no respondió.
No hacía falta.
—Después me seguiste —dijo Elena—. Copiaste mi vida. Robaste mis documentos y preparaste el accidente.
—Tú me robaste primero.
—No te robé nada.
—Te quedaste con lo que debía ser mío.
Vera se volvió hacia Weiguang.
—Yo te conocí antes que ella.
Él frunció el ceño.
—Nunca te había visto.
—En la universidad. Biblioteca central. Siempre te sentabas junto a la ventana.
Weiguang recordó a una joven silenciosa que lo observaba desde otra mesa.
Una muchacha que desapareció después de dejarle una nota sin firma.
—Eras tú.
—Te quise primero.
—Eso no te daba derecho a destruir su vida.
Vera apretó la mandíbula.
—Elena ni siquiera sabía quién eras hasta que le hablé de ti.
La verdadera Elena negó desde abajo.
—Eso también es mentira.
La raíz comenzó a desprenderse.
Elena gritó cuando su cuerpo descendió unos centímetros.
Weiguang corrió hacia el borde.
Vera levantó el cuchillo.
—¡No la ayudes!
—Está a punto de caer.
—Déjala.
Él la miró con incredulidad.
—Es tu hermana.
—Es la única persona que puede demostrar quién soy.
—Yo ya lo sé.
Vera se quedó paralizada.
Había revelado demasiado.
Aunque Elena muriera, Weiguang podría contar la verdad.
El miedo cambió su expresión.
—Entonces tú también eres un problema.
Se lanzó contra él.
Weiguang esquivó la hoja por poco. Vera volvió a atacar, pero él consiguió sujetarle la muñeca.
Forcejearon junto al barranco.
—¡Suéltame! —gritó ella.
—Tira el cuchillo.
Vera le clavó las uñas en el rostro.
Weiguang perdió el equilibrio.
La tierra cedió bajo sus pies.
Durante un instante, ambos quedaron al borde de la caída.
Entonces una mano apareció entre las tablas y sujetó el tobillo de Vera.
Era Elena.
Vera gritó.
—¡Suéltame!
Elena tiró con todas sus fuerzas.
El cuchillo cayó al vacío.
Weiguang aprovechó para empujar a Vera lejos del borde. Ella rodó sobre la tierra y quedó aturdida.
Él se arrodilló.
—Dame la mano.
La verdadera Elena intentó levantar el brazo, pero no alcanzaba.
La raíz estaba a punto de romperse.
Weiguang se tumbó boca abajo y estiró el cuerpo todo lo posible.
Sus dedos se rozaron.
—Un poco más.
—No puedo.
—Sí puedes.
Elena miró hacia el fondo del barranco.
—Weiguang, si caigo…
—No vas a caer.
—Tienes que saber algo.
—Después.
—No. Ahora.
La raíz crujió.
—El hijo que perdimos no murió.
Weiguang sintió que el corazón se le detenía.
Tres años antes del incendio, Elena había dado a luz prematuramente. Los médicos les dijeron que el bebé no había sobrevivido.
Aquel dolor casi destruyó su matrimonio.
—¿Qué estás diciendo?
—Vera se lo llevó.
Desde detrás de él llegó una carcajada.
Vera se había puesto de pie.
Tenía sangre en la comisura de los labios, pero seguía sonriendo.
—Siempre habla demasiado.
Weiguang volvió la cabeza.
—¿Dónde está mi hijo?
—Salva primero a tu esposa.
Elena perdió el agarre.
Weiguang atrapó su muñeca en el último instante.
El peso tiró de él hacia el borde.
—¡Ayúdame! —gritó a Vera.
Ella se acercó lentamente.
Por un momento, Weiguang creyó que iba a sujetarlo.
En cambio, apoyó el pie sobre su mano.
—Tres años viviendo contigo —dijo—. Tres años intentando que me miraras como la mirabas a ella.
Presionó con más fuerza.
Weiguang apretó los dientes.
—¿Dónde está el niño?
—En un lugar donde nadie conoce su verdadero nombre.
Elena lloraba debajo de él.
—No la escuches. Encontré los registros. Sé dónde lo llevó.
Vera perdió la sonrisa.
—Eso es mentira.
—Los tengo guardados.
—¿Dónde?
Elena no respondió.
Vera retiró el pie de la mano de Weiguang y se inclinó hacia el barranco.
—Dime dónde están y os ayudaré.
—Primero levántame.
—Primero los registros.
Weiguang miró alrededor.
A pocos metros estaba la cuerda cortada de la pasarela.
Uno de sus extremos seguía enrollado alrededor de un poste.
—Elena, no sueltes mi mano.
Con la otra mano, alcanzó la cuerda y la pasó alrededor de su brazo.
Vera comprendió demasiado tarde lo que intentaba hacer.
Se abalanzó sobre él.
Pero antes de tocarlo, un silbido atravesó el bosque.
Después se escucharon voces.
—¡Equipo de rescate! ¡Respondan si pueden oírnos!
Vera giró la cabeza.
Dos excursionistas habían visto caer parte de la pasarela desde otro sendero y avisaron a emergencias al recuperar la señal.
Ella echó a correr.
Weiguang gritó:
—¡La mujer que huye provocó el derrumbe!
Dos rescatistas fueron tras ella mientras otros aseguraban la zona.
Minutos después, Elena fue elevada desde el barranco.
Cuando por fin quedó sobre terreno firme, Weiguang se arrodilló a su lado.

La observó en silencio.
La cicatriz.
La marca de nacimiento bajo el hombro.
Los ojos que había amado desde el principio.
—Eres tú —susurró.
Elena empezó a llorar.
—Intenté volver muchas veces.
—¿Dónde estuviste?
—En una casa aislada al norte. Vera me mantuvo encerrada hasta hace dos meses.
—¿Cómo escapaste?
—Alguien me ayudó.
—¿Quién?
Antes de que pudiera responder, los rescatistas regresaron.
Vera había desaparecido.
Solo encontraron su chaqueta junto a una carretera cercana.
En uno de los bolsillos había un teléfono.
La pantalla seguía encendida.
Mostraba una cámara de vigilancia en directo.
Un niño de unos seis años dormía en una habitación azul.
Sobre la pared había una fotografía de Weiguang.
Debajo de la imagen aparecía una cuenta atrás.
Cincuenta y nueve minutos.
Cincuenta y ocho.
Cincuenta y siete.
Elena agarró el teléfono con desesperación.
—Es nuestro hijo.
Weiguang observó el temporizador.
—¿Qué ocurrirá cuando llegue a cero?
Elena amplió la imagen.
Junto a la cama del niño había una maleta abierta y una mujer preparando ropa.
La mujer levantó la cabeza hacia la cámara.
Weiguang la reconoció.
Era su propia madre.
Entonces apareció un mensaje en la pantalla:
“Vera no robó al niño sola.”
Elena miró a su esposo.
—Tu madre sabía desde el principio que yo seguía viva.