El Dr. Lawson exhaló lentamente.
No apartó la vista de la ecografía.
—Antes de decirles exactamente qué creemos que es, necesito que mantengan la calma. Aún debemos hacer más estudios para confirmarlo.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
—¿Es… es algo muy grave?
El médico se acercó a la pantalla.
Con el extremo de un bolígrafo señaló una zona redondeada que incluso yo podía distinguir.
—Lo que vemos aquí es una masa de un tamaño considerable en el abdomen.
Maya soltó un pequeño gemido.
Yo tomé su mano con fuerza.
Estaba helada.
—¿Una masa…? —pregunté con la voz quebrada.
El doctor asintió despacio.
—Podría tratarse de un quiste complejo, un tumor benigno o, en el peor de los casos, otro tipo de crecimiento que requiere tratamiento inmediato. En este momento no sería responsable decirles exactamente qué es sin realizar una tomografía y otros análisis.
Las palabras tumor y tratamiento inmediato retumbaron dentro de mi cabeza.
Todo el aire desapareció de la habitación.
Maya empezó a llorar en silencio.
—¿Me voy a morir? —preguntó con apenas un hilo de voz.
El doctor negó inmediatamente.
Se acercó hasta ella y habló con una serenidad que parecía ensayada durante años.
—No. Lo que te estoy diciendo es que necesitamos averiguar exactamente qué es. Muchas masas en adolescentes pueden tratarse con éxito, especialmente cuando se detectan a tiempo.
“A tiempo.”
Sentí un nudo en la garganta.
¿Cuánto tiempo habíamos perdido?
Semanas.
Tal vez meses.
Solo porque alguien había decidido que el dolor de una niña costaba demasiado dinero.
En ese momento mi teléfono volvió a vibrar.
Robert.
Contesté.
—¿Qué demonios haces en el hospital? —espetó sin siquiera saludar—. Acabo de ver un cargo en el seguro.
Lo miré todo: la cama, los tubos, el monitor, el rostro pálido de nuestra hija.
—Tenías razón en una cosa.
Hubo un breve silencio.
—¿Qué?
—No estaba fingiendo.
Él soltó un resoplido.
—¿Y ahora qué inventó el médico?
Las palabras me atravesaron como un cuchillo.
—Encontraron una masa en su abdomen.
Del otro lado de la línea no se escuchó nada durante varios segundos.
Después respondió con una frialdad que jamás olvidaré.
—Los hospitales siempre encuentran algo para cobrar más.
Sentí que la rabia reemplazaba al miedo.
—Nuestra hija lleva semanas sin poder comer.
—Seguro es una infección.
—Tiene una masa.
—Ya veremos cuando llegue otro médico.
Lo interrumpí.
—No.
Mi voz salió firme.
—Ya no vas a decidir sobre su salud basándote en cuánto cuesta.
Robert elevó el tono.
—¡Soy su padre!
—Entonces empieza a comportarte como uno.
Colgué.
La habitación quedó en silencio.
El Dr. Lawson había escuchado parte de la conversación.
Esperó unos segundos antes de hablar.
—Señora Thorne…
Asentí, intentando recomponerme.
—Voy a solicitar que la ingresen hoy mismo.
Lo miré sorprendida.
—¿Esta noche?
—Sí.
Su expresión era completamente seria.
—No quiero que regrese a casa hasta completar los estudios. Necesitamos actuar rápido.
Sentí que el corazón volvía a acelerarse.
—¿Tan urgente es?
El médico sostuvo mi mirada.
—Lo suficientemente urgente como para no esperar otra semana.
Miré a Maya.
Seguía sujetando mi mano con fuerza.
Por primera vez desde que tenía fiebre de pequeña, volvió a decir aquella palabra que solo usaba cuando realmente estaba asustada.
—Mamá…
Me incliné y besé su frente.
—No voy a dejarte sola.
En ese instante, la puerta se abrió de golpe.

Robert acababa de llegar al hospital.
Entró con el rostro endurecido y los ojos clavados en el historial que el médico sostenía entre las manos.
Lo primero que dijo no fue preguntar cómo estaba Maya.
Fue una sola frase.
—Quiero una segunda opinión… porque me niego a creer que esto justifique todo este gasto.