Valeria dejó el trapeador apoyado contra la pared.
Se acercó despacio a la cama y recogió con cuidado los pedazos de porcelana para que don Arturo no se cortara.
Después miró el vaso vacío.
No quedaba una sola gota de agua.
Abrió el pequeño refrigerador de la habitación.
También estaba vacío.
Ni una botella.
Ni un jugo.
Nada.
Respiró hondo.
Sacó de su bolso una botella reutilizable de acero, la misma que llevaba todos los días al trabajo.
—Es agua simple —dijo con naturalidad—. Si no le molesta compartir conmigo.
Don Arturo la observó durante unos segundos.
Toda su vida había comido en los mejores restaurantes y bebido vinos imposibles de pronunciar.
Aquella noche, aceptó la botella de una auxiliar de enfermería como si fuera el mayor lujo del mundo.
Valeria sostuvo el recipiente mientras él bebía lentamente.
Cuando terminó, acomodó otra vez la almohada.
Le limpió los labios con una servilleta.
Y volvió a cubrirlo.
—Gracias —murmuró él.
Era la primera vez que aquella palabra salía de su boca en semanas.
Antes de salir, Valeria volvió a mirar el timbre.
Seguía sin baterías.
Lo fotografió con su teléfono.
Después fotografió el compartimiento vacío.
No sabía exactamente para qué.
Solo sentía que aquello no estaba bien.
A las dos de la madrugada, el monitor cardíaco comenzó a emitir una alarma suave.
Valeria, que estaba terminando de cambiar unas sábanas en la habitación vecina, entró de inmediato.
Don Arturo respiraba con dificultad.
El médico de guardia llegó pocos minutos después.
Consiguieron estabilizarlo.
Mientras todos salían, el anciano levantó apenas la mano.
—Valeria…
Ella volvió a acercarse.
—¿Sí?
—¿Puede quedarse cinco minutos?
Miró el reloj.
Su turno estaba por terminar.
Aun así, tomó una silla y se sentó junto a la cama.
Durante varios minutos ninguno habló.
Finalmente don Arturo rompió el silencio.
—Mis hijos llevan meses esperando que muera.
Valeria no respondió.
—Cuando dejé de firmar cheques…
…dejé de existir para ellos.
Sus ojos permanecían fijos en el techo.
—El dinero revela quién te quiere por lo que eres…
…y quién solo espera quedarse con lo que tienes.
Valeria simplemente acomodó nuevamente la cobija.
—Descanse.
Todo lo demás puede esperar hasta mañana.
Él sonrió apenas.
—Ojalá mis hijos hubieran pensado igual.
A las tres y media de la madrugada llegó un hombre de traje oscuro acompañado por dos testigos.
Se presentó en recepción.
—Soy el licenciado Ignacio Ferrer.
Notario público.
Traigo una solicitud firmada por el señor Arturo Salgado.
El director Eduardo Ríos fue llamado inmediatamente.
—¿Está seguro de que desea hacerlo ahora?
El notario asintió.
—El señor Salgado insiste en que no quiere esperar al amanecer.
Eduardo verificó que el paciente estuviera consciente y orientado.
Todo quedó registrado conforme al protocolo.
Nadie comentó una palabra más.
A la mañana siguiente, a las siete en punto, Valeria regresó al hospital para iniciar un nuevo turno.
Notó algo extraño apenas cruzó la recepción.
Todo el personal hablaba en voz baja.
La secretaria la vio entrar y abrió mucho los ojos.
—¡Valeria!
Ella se detuvo.
—¿Qué ocurrió?
Antes de que alguien respondiera, el director Eduardo apareció en el pasillo.
—La estaba buscando.
—¿Pasó algo con don Arturo?
El director asintió lentamente.
—Sí.
Valeria sintió que el corazón se encogía.
—¿Falleció?
—No.
Respondió Eduardo.
—Pero esta madrugada firmó un nuevo testamento ante notario.
Valeria guardó silencio.
No entendía qué tenía que ver ella con aquello.
En ese momento, el licenciado Ferrer salió de la oficina administrativa llevando un portafolio de cuero.
Se acercó directamente a Valeria.
—¿Usted es la señora Valeria Cruz?
—Sí.
El notario la observó con respeto.
—El señor Arturo pidió expresamente que estuviera presente cuando se comunicara el contenido de ciertas disposiciones del documento.
El pasillo entero quedó en silencio.
Las enfermeras dejaron de caminar.
Incluso Leticia levantó lentamente la vista desde el mostrador.
Nadie comprendía por qué un hombre considerado uno de los empresarios más ricos del país había pedido la presencia de una auxiliar de enfermería.

Y mucho menos por qué, antes de cerrar el portafolio, el notario pronunció una frase que hizo que todas las miradas se clavaran sobre Valeria.
—El señor Salgado escribió que, durante los últimos tres meses…
…usted fue la única persona que lo trató como si todavía estuviera vivo.