La fotografía temblaba entre mis dedos.
Verónica aparecía abrazada a don Ernesto frente al ventanal del apartamento que Alejandro había comprado en secreto. No era una imagen casual. Ella tenía una mano apoyada sobre su pecho y él la miraba con una familiaridad imposible de confundir.
Sentí que la habitación se volvía más pequeña.
—Explícame esto —dije.
Don Ernesto permaneció junto a la mesa, pero ya no parecía el hombre firme que, minutos antes, había defendido mi honor frente a toda la familia.
Evitaba mis ojos.
Alejandro soltó una carcajada desesperada.
—¿Ahora lo entiendes, Marta? Mi padre también te utilizó.
—Cállate —ordenó Ernesto.
—No. Ya que todos estamos confesando secretos, hagámoslo bien.
Uno de los agentes tomó la fotografía y la examinó.
—Fue encontrada dentro de una caja fuerte en el apartamento de la señorita Verónica Salas.
Verónica, que había alcanzado la puerta, se detuvo.
No parecía avergonzada.
Parecía molesta.
—Esa fotografía no demuestra nada —dijo.
—Demuestra que conocías a mi padre mucho antes de trabajar conmigo —respondió Alejandro.
Ella se volvió lentamente.
—Por supuesto que lo conocía.
Don Ernesto cerró los ojos.
Su reacción confirmó que aquello no era una simple coincidencia.
Dejé la foto sobre la mesa.
—¿Desde cuándo?
Verónica miró a Ernesto.
—Díselo tú.
Él tardó varios segundos en responder.
—La conocí hace tres años.
—Eso fue antes de que comenzara a trabajar con Alejandro —dije.
—Sí.
—¿Dónde?
—En una clínica privada.
Su respuesta me desconcertó.
—¿Qué hacías allí con ella?
Ernesto respiró hondo.
—Verónica trabajaba para el médico que me atendió después de mi primera crisis cardíaca.
Alejandro frunció el ceño.
—Tú nunca me hablaste de ninguna primera crisis.
—Porque ocurrió durante uno de tus viajes.
—Yo habría regresado.
Ernesto lo miró con tristeza.
—No regresaste cuando me operaron. Tampoco habrías regresado entonces.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Eso no explica por qué la abrazabas.
Verónica avanzó hasta la mesa.
—Porque yo fui quien llamó a la ambulancia.
—¿Qué?
—Tu padre se desplomó en el estacionamiento de la clínica. Nadie sabía quién era. Yo encontré su teléfono, llamé a emergencias y lo acompañé hasta que recuperó el conocimiento.
Don Ernesto asintió.
—Me salvó la vida.
Sentí una punzada de duda.
La explicación podía ser cierta.
Pero no justificaba la forma en que ambos habían ocultado aquella relación.
—¿Y por qué estaba esa foto en tu apartamento? —pregunté.
Verónica sonrió.
—Porque don Ernesto siguió viéndome después.
El rostro de Alejandro cambió.
—¿Fuiste amante de mi padre?
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
Ella dejó el bolso sobre una silla.
—Significa que él me pidió algo.
Miré a Ernesto.
—¿Qué le pediste?
No respondió.
Verónica lo hizo por él.
—Que me acercara a Alejandro.
El comedor quedó en silencio.
La madre de Alejandro se llevó una mano al pecho.
—Ernesto, ¿qué hiciste?
—Necesitaba saber qué estaba pasando dentro de la empresa —respondió él—. Había descubierto transferencias irregulares, pero Alejandro eliminaba todos los registros antes de que los auditores pudieran revisarlos.
Alejandro golpeó la mesa.
—¿Mandaste a una mujer para seducirme?
—Mandé a alguien para vigilarte.
—Terminó en mi cama.
Ernesto bajó la mirada.
—Eso no formaba parte del acuerdo.
Verónica soltó una risa.
—No finjas sorpresa. Sabías perfectamente qué clase de hombre era tu hijo.
Miré a don Ernesto con incredulidad.
—Entonces Verónica trabajaba para ti.
—Al principio, sí.
—¿Y después?
Él no contestó.
Verónica se cruzó de brazos.
—Después descubrí que podía ganar mucho más ayudando a Alejandro que entregando informes a su padre.
Alejandro la miró.
—Tú dijiste que estabas enamorada de mí.
—Y tú dijiste que controlarías toda la empresa cuando tu padre muriera.
La expresión de don Ernesto se endureció.
—¿Qué información le entregaste?
—La suficiente para que creyera que tú estabas a punto de eliminarlo del testamento.
Alejandro miró a Verónica con furia.
—Me dijiste que mi padre había transferido la empresa a Marta.
—Porque necesitaba que actuases antes de que él descubriera que yo había dejado de trabajar para él.
Todo comenzó a encajar.
Verónica había utilizado a ambos.
Se acercó a Ernesto para obtener acceso a la familia.
Después se convirtió en secretaria de Alejandro, ganó su confianza y lo convenció de ocultar dinero.
Pero todavía faltaba una pieza.
—¿Por qué querías casarte conmigo? —pregunté a don Ernesto.
La pregunta lo golpeó con más fuerza que cualquier acusación.
—Marta…
—No me digas que fue por gratitud. Nadie propone matrimonio a la esposa de su hijo la misma mañana en que sabe que él anunciará su divorcio.
Alejandro sonrió con amargura.
—Por fin haces la pregunta correcta.
Ernesto abrió la boca, pero uno de los agentes se adelantó.
—Señor Ernesto Valdés, necesitamos saber si esta firma es suya.
Sacó un contrato de la carpeta encontrada en el apartamento.
Ernesto lo leyó.
Su rostro cambió.
—Sí.
—¿Qué documento es? —pregunté.
El agente me lo entregó.
Era un acuerdo matrimonial preliminar.
Mi nombre aparecía como futura esposa de Ernesto.
Sin embargo, el documento había sido redactado dos meses antes.
Mucho antes de que él me propusiera matrimonio.
—Ya lo habías planeado —susurré.
—No de la forma que crees.
—Entonces explícame la forma correcta.
Ernesto se apoyó en una silla.
De repente parecía mucho más viejo.
—Después de mi operación, revisé todos los documentos de la empresa. Descubrí que Alejandro había desviado dinero, falsificado autorizaciones y utilizado sociedades pantalla.
—Eso ya lo sabemos.
—También descubrí que había hipotecado parte de las acciones familiares.
Alejandro dio un paso hacia él.
—No tenías derecho a revisar mis cuentas privadas.
—Eran cuentas de la empresa.
—Yo iba a devolverlo.
—¿Con qué dinero?
Alejandro no respondió.
Ernesto me miró.
—La única forma de impedir que los acreedores se quedaran con todo era transferir temporalmente el control a una persona que no estuviera vinculada a las deudas.
—A mí.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque habrías rechazado involucrarte.
—Tenías razón.
—Y porque, si te convertías legalmente en mi esposa, Alejandro no podría impugnar la transferencia con facilidad.
Me quedé mirándolo.
—Así que tu propuesta no era amor. Era una estrategia empresarial.
—Al principio.
Aquellas dos palabras me hicieron sentir aún peor.
—No continúes.
—Marta, con el tiempo…
—No.
Levanté la mano.
—No intentes convertir una manipulación en una historia romántica.
El silencio fue absoluto.
La madre de Alejandro se sentó lentamente.
—Ernesto, ¿pensabas casarte con la esposa de nuestro hijo para proteger la empresa?
—Pensaba proteger el patrimonio de mis nietos.
—Usándola.
—No quería hacerle daño.
—Todos decís lo mismo después de utilizarme —respondí.
Alejandro me miró.
—Ahora ya sabes que no soy el único mentiroso.
—No confundas las cosas. Tú me engañaste, robaste nuestro dinero y trataste de quitarme la casa.
—Pero él planeó casarse contigo por conveniencia.
—Y eso tampoco lo perdonaré.
Por primera vez, ambos hombres quedaron en silencio.
Verónica observaba la escena con una satisfacción casi divertida.
—Qué familia tan conmovedora —murmuró.
Uno de los agentes se volvió hacia ella.
—Señorita Salas, tendrá que acompañarnos.
—¿Por qué?
—Por su participación en las transferencias fraudulentas.
—Yo solo obedecía órdenes.
—Tenemos mensajes en los que usted da instrucciones para mover fondos.
Verónica perdió parte de su seguridad.
—Esos mensajes están fuera de contexto.
—También encontramos copias de las firmas falsificadas de la señora Marta Ruiz.
La miré.
—¿Fuiste tú quien falsificó mi firma para transferir la casa?
Verónica no respondió.
Alejandro giró hacia ella.
—Dijiste que un notario se encargaría.
—Y se encargó.
—¿Qué notario?
—Uno que tu padre conoce muy bien.
Todos miramos a Ernesto.
Él frunció el ceño.
—Yo no conozco a ningún notario dispuesto a falsificar documentos.
Verónica abrió su bolso despacio.
El agente le ordenó que mantuviera las manos visibles.
Ella sacó una tarjeta profesional y la dejó sobre la mesa.
El nombre impreso era:
Héctor Valdés, notario.
La madre de Alejandro dejó escapar un gemido.
Héctor era el hermano menor de Ernesto.
El tío que no había asistido a la cena porque, según la familia, llevaba varios meses viviendo en el extranjero.
—Héctor no está fuera del país —dijo Verónica—. Vive en el apartamento de al lado.
Alejandro palideció.
—¿Mi tío participó en esto?
—Tu tío creó las sociedades pantalla, preparó la transferencia de la casa y redactó el nuevo testamento de tu padre.
Ernesto tomó la tarjeta.
—Mi testamento lo redactó otro abogado.
Verónica sonrió.
—El documento que mostraste esta noche no es el que está registrado oficialmente.
La habitación quedó inmóvil.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Ernesto.
—Que Héctor presentó otro testamento hace seis semanas.
—Eso es imposible.
—Tenía tu firma digital.
Ernesto se volvió hacia Alejandro.
—¿Le diste acceso a mis certificados?
Alejandro negó.
Pero su rostro lo delató.
—Solo necesitábamos actualizar unos documentos.
—¿Qué contiene ese testamento? —pregunté.
Verónica se sentó como si todavía controlara la situación.
—Según el documento oficial, don Ernesto deja todas sus acciones, sus propiedades y sus cuentas a una fundación.
—¿Qué fundación? —preguntó su esposa.
Verónica miró a Alejandro.
—Fundación Nueva Vida.
Recordé el nombre.
Había aparecido entre las transferencias que Alejandro intentó ocultar.
—Esa fundación no existe —dije.
—Existe —respondió Verónica—. Pero no ayuda a nadie.
Uno de los agentes consultó algo en su teléfono.
—La fundación fue creada hace nueve meses. El presidente figura como Héctor Valdés.
—¿Y los beneficiarios? —preguntó Ernesto.
El agente levantó la mirada.
—Alejandro Valdés y Verónica Salas.
Alejandro se volvió hacia su amante.
—Me dijiste que yo era el único beneficiario.
Ella sonrió.
—También te dije que me casaría contigo.
—¿Planeabas quedarte con la mitad?
—Planeaba quedarme con todo.
Alejandro avanzó hacia ella, pero los agentes lo detuvieron.
—¡Me utilizaste!
Verónica soltó una carcajada.
—¿De verdad vas a quejarte de eso delante de tu esposa?
No pude evitar mirarlo.
Por primera vez, Alejandro comprendió la magnitud de su propia humillación.
Había destruido nuestro matrimonio por una mujer que estaba preparando su caída.
—¿Qué ibas a hacer con él? —pregunté.
Verónica dejó de sonreír.
—Alejandro firmó varios documentos comprometedores. Cuando la policía investigara, él asumiría toda la culpa.
—¿Y tú desaparecerías con el dinero?
—Ese era el plan.
—¿Héctor también pensaba huir contigo?
—Héctor pensaba huir solo.
La seguridad de su voz se quebró.
—Pero hace dos días dejó de responderme.
Uno de los agentes recibió una llamada.
Escuchó durante varios segundos.
Después miró a Ernesto.
—Señor Valdés, hemos encontrado a su hermano.
—¿Dónde?
—En una casa de campo registrada a nombre de la fundación.
—¿Está detenido?
El agente dudó.
—Está hospitalizado.
—¿Qué le ocurrió?
—Alguien intentó envenenarlo.
Todos miramos a Verónica.
Ella retrocedió.
—Yo no fui.
—En la casa encontraron el mismo medicamento que apareció en su apartamento.
—Héctor tomaba muchas cosas.
—También encontramos una nota.
El agente mostró una fotografía desde su teléfono.
La nota decía:
“Cuando Ernesto muera, Alejandro cargará con la culpa. Después nadie podrá impedir que nos quedemos con la empresa.”
Debajo aparecían dos iniciales:
V. S.
Verónica perdió el color.
—Eso lo escribió Héctor.
—¿Por qué usaría sus iniciales?
—Para incriminarme.
Alejandro comenzó a reír.
No era una risa de alegría.
Era el sonido de un hombre que acababa de comprender que todos sus planes se habían derrumbado.
—Pensabas matarnos a todos —dijo.
—No seas dramático.
—A mi padre. A mi tío. Y después me enviarías a prisión.
—Tú ya habías cometido suficientes delitos sin mi ayuda.
La madre de Alejandro empezó a llorar.
—¿Qué clase de personas sois?
Nadie respondió.
El agente pidió refuerzos y ordenó que Verónica y Alejandro fueran separados.
Mientras esposaban a mi esposo, él me miró.
—Marta, no dejes que mi padre te engañe. Nunca quiso protegerte.
Don Ernesto dio un paso hacia mí.
—No lo escuches.
—No necesito escuchar a ninguno de los dos.
Me quité el anillo de compromiso que Ernesto me había entregado aquella mañana y lo dejé dentro de la caja de terciopelo.
—No voy a casarme contigo.
Su expresión se quebró.
—Déjame explicarte todo.
—Ya lo hiciste. Querías utilizar nuestro matrimonio para proteger la empresa.
—Quería proteger a tus hijos.
—Entonces debiste hablar conmigo como una persona, no prepararme un contrato en secreto.
—Cometí un error.
—Tu hijo también utiliza esa frase.
Ernesto bajó la mirada.
La policía se llevó a Alejandro y a Verónica.
La puerta se cerró.
Los murmullos de la familia desaparecieron.
Nadie sabía qué decir.
Me acerqué a la mesa y recogí los documentos del divorcio.
Alejandro había esperado que los firmara sin leerlos.
Ahora sabía que no solo contenían una renuncia a la casa.
También incluían una cláusula mediante la cual yo cedía cualquier derecho presente o futuro sobre las empresas familiares.
—Estos papeles no eran únicamente para divorciarnos —dije.
Don Ernesto los revisó.
—Alejandro quería impedir que pudieras reclamar acciones en nombre de los niños.
—¿Qué acciones?
Su expresión volvió a cambiar.
—Hay algo que todavía no sabes.
—Esta noche todos repetís lo mismo.
Ernesto abrió la segunda carpeta que había llevado a la cena.
Sacó un certificado antiguo.
—Antes de casarte con Alejandro, tu padre invirtió en mi primera empresa.
—Mi padre era profesor. No tenía dinero para invertir.
—El hombre que te crió era profesor.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
—Tu madre mantuvo una relación con mi socio, Rafael Ortega.
Reconocí el apellido.
Rafael Ortega había sido uno de los fundadores de la empresa Valdés. Murió antes de que Alejandro y yo nos conociéramos.
—¿Estás diciendo que Rafael era mi padre?
—Sí.
La madre de Alejandro se puso de pie.
—Ernesto, juraste que nunca revelarías eso.
La miré.
—¿Tú también lo sabías?
Ella comenzó a llorar.
—Lo descubrí cuando Alejandro anunció vuestro compromiso.
Me faltaba el aire.
—¿Y permitisteis que me casara con él?
Ernesto habló rápidamente.
—Rafael no era pariente nuestro. No había ningún impedimento.
—No hablo de parentesco. Hablo de que todos sabíais quién era yo mientras yo no sabía nada.
—Tu madre quería mantenerlo en secreto.
—Mi madre murió hace quince años.
—Y dejó instrucciones.
—¿Qué instrucciones?
Ernesto me entregó otro documento.
Era un acuerdo accionarial.
Rafael Ortega había colocado el treinta por ciento de la empresa dentro de un fideicomiso destinado a su única hija.
A mí.
—¿Soy propietaria de parte de la empresa?
—Desde que cumpliste treinta años.
—Eso fue hace cuatro años.
—Alejandro lo descubrió hace seis meses —respondió Ernesto—. Por eso comenzó a mover dinero y a preparar el divorcio.
Comprendí entonces que el apartamento de Verónica, las transferencias, el falso testamento y la falsificación de la casa formaban parte del mismo plan.
Alejandro no solo quería abandonarme.
Quería obligarme a firmar antes de que descubriera que yo poseía una parte importante de la empresa.
—¿Por qué mi padre dejó las acciones ocultas?
—Porque sospechaba que alguien estaba robando dentro de la compañía.

—¿Quién?
Ernesto cerró los ojos.
—Yo.
La respuesta me dejó inmóvil.
—¿Tú robabas a tu socio?
—Al principio tomé dinero para cubrir una deuda. Pensaba devolverlo. Rafael lo descubrió.
—¿Qué ocurrió después?
—Discutimos.
—¿Y luego murió?
El rostro de Ernesto se llenó de culpa.
—Su coche cayó por un barranco dos días después.
—¿Fue un accidente?
No respondió.
La madre de Alejandro comenzó a sollozar.
—Ernesto, no lo hagas.
—Ya no puedo seguir ocultándolo.
Se acercó a una vitrina y retiró una pequeña caja metálica.
—Rafael dejó una grabación.
—¿Dónde estaba?
—La he guardado durante veintisiete años.
—¿Por qué?
—Porque demuestra que yo fui la última persona que lo vio vivo.
Abrió la caja.
Dentro había una cinta y una llave.
—¿Qué abre esa llave?
—El archivo privado de Rafael.
—¿Dónde está?
Ernesto miró hacia el suelo.
—Debajo de esta casa.
Todos guardamos silencio.
—Esta propiedad se construyó sobre el antiguo despacho de los fundadores —continuó—. El sótano fue sellado después de su muerte.
—¿Qué hay dentro?
—Los libros contables originales, los títulos de tus acciones y la prueba de quién manipuló el coche de Rafael.
Sentí que la rabia reemplazaba al miedo.
—¿Fuiste tú?
Ernesto negó.
—No.
—Entonces dime quién.
Antes de que pudiera responder, las luces de la casa se apagaron.
Se escuchó un golpe en la planta inferior.
Después, el sonido de un cristal rompiéndose.
Uno de los agentes que permanecía en la entrada encendió una linterna.
—Nadie se mueva.
Del pasillo llegó olor a humo.
Corrimos hacia el despacho.
Las llamas comenzaban a extenderse por la estantería situada frente a la entrada del sótano.
Alguien estaba intentando destruir el archivo.
El agente tomó un extintor mientras yo buscaba la llave entre los documentos.
Entonces sonó mi teléfono.
Era un número desconocido.
Respondí.
Una voz masculina susurró:
—No permita que Ernesto abra esa puerta.
—¿Quién habla?
—El hombre al que culparon por la muerte de su padre.
—Rafael murió solo en el coche.
—Eso es lo que Ernesto quiso que todos creyeran.
Miré a don Ernesto.
Él estaba inmóvil frente al fuego.
—¿Quién es usted?
El desconocido respiró hondo.
—Soy Héctor Valdés.
Sentí que el corazón se detenía.
—Héctor está hospitalizado.
—El hombre del hospital no es Héctor.
Volví la mirada hacia la tarjeta profesional encontrada en el apartamento.
La voz continuó:
—Mi hermano lleva años utilizando mi nombre para ocultar lo que hizo con Rafael.
—¿Dónde está usted?
—Dentro del archivo.
En ese instante, tres golpes resonaron bajo el suelo.
Todos quedamos inmóviles.
La voz del teléfono se convirtió en un susurro desesperado.
—Marta, abra la puerta antes de que el fuego llegue hasta mí.
Miré a Ernesto.
Su rostro había perdido todo el color.
—¿Quién está ahí abajo? —pregunté.
Él negó lentamente.
—No abras.
—¿Por qué?
Sus ojos se llenaron de terror.
—Porque el hombre que está encerrado en ese sótano no es mi hermano.
Los golpes volvieron a escucharse.
Esta vez más fuertes.
Y la voz del teléfono pronunció una última frase:
—Soy Rafael Ortega.
Su padre nunca murió en aquel accidente.