PARTE 2: EL FAVOR QUE NADIE QUISO RECORDAR

La ambulancia llegó antes de que Arturo pudiera salir del fraccionamiento.

Los paramédicos inmovilizaron a Camila y la trasladaron de inmediato al hospital más cercano.

Antes de que cerraran las puertas, ella alcanzó a apretarle la mano.

—No regreses… solo.

Arturo entendió lo que intentaba decir.

Ella no tenía miedo de sus heridas.

Tenía miedo de lo que Sebastián pudiera hacer después.

—No vas a volver a esa casa —respondió él con serenidad.

Ella cerró los ojos.

Fue la primera vez en años que pareció creerle.


Cinco minutos después apareció una camioneta gris sin distintivos oficiales.

De ella descendieron tres personas.

No llevaban uniforme.

Solo carpetas, teléfonos y credenciales.

El primero era un hombre de cabello completamente blanco.

Al ver a Arturo, extendió la mano.

—Pensé que nunca volverías a llamarme.

Arturo asintió apenas.

—Yo también.

No se abrazaron.

No hacía falta.

Habían trabajado juntos muchos años atrás en investigaciones internas relacionadas con delitos de alto impacto.


—Cuéntamelo desde el principio.

Pidió el hombre.

Arturo narró únicamente los hechos.

La llamada de Camila.

Las lesiones.

Las marcas en el cuello.

La actitud de Sebastián.

Las amenazas sobre sus contactos.

No añadió opiniones.

No necesitaba hacerlo.


Cuando terminó, el hombre guardó silencio unos segundos.

Después hizo una llamada.

—Necesito que una unidad documente inmediatamente el domicilio.

Que preserven cualquier evidencia visible.

Y que nadie entre ni salga hasta que llegue la autoridad competente.

Colgó.

Miró a Arturo.

—Si presume tener amigos influyentes, más razón para hacer todo conforme al procedimiento.

Arturo asintió.

Era exactamente lo que esperaba escuchar.

No buscaba venganza.

Buscaba que las pruebas hablaran.


En el hospital, la doctora que recibió a Camila ordenó estudios de inmediato.

Una hora después salió a hablar con Arturo.

—Tiene varias lesiones recientes.

Además…

Respiró profundamente.

—Las marcas del cuello son compatibles con una compresión manual.

Necesitaremos documentarlas cuidadosamente.

Arturo solo preguntó una cosa.

—¿Está fuera de peligro?

—Sí.

Pero deberá permanecer en observación.


Mientras tanto, la policía científica ingresó a la casa con autorización judicial.

Las fotografías comenzaron de inmediato.

El plato roto.

La silla caída.

Las manchas de sangre.

Un teléfono móvil destrozado junto al comedor.

Y una cámara de seguridad instalada discretamente sobre la entrada del garaje.

Uno de los peritos levantó la vista.

—Aquí hay un sistema de grabación.


Sebastián sonrió con suficiencia.

—Perfecto.

Así verán que todo fue un accidente.

Solicitó incluso que revisaran los videos.

Creía que aquellas imágenes lo favorecerían.


Sin embargo, al intentar acceder al sistema, el técnico frunció el ceño.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

Preguntó el agente.

—Las grabaciones de hoy fueron eliminadas hace menos de una hora.

El ambiente cambió por completo.


—¿Se pueden recuperar?

Preguntó el investigador.

El técnico respondió con cautela.

—No lo sé todavía.

Pero alguien intentó borrar únicamente el intervalo comprendido entre las doce cuarenta y ocho y la una diez de la tarde.

Todo lo anterior y posterior permanece intacto.

El investigador tomó nota.

Aquello no demostraba por sí solo qué había ocurrido.

Pero sí convertía esa franja horaria en un punto clave de la investigación.


Cuando Sebastián fue informado de que el sistema estaba siendo analizado, dejó de sonreír.

—Eso no prueba nada.

El investigador respondió con calma.

—Precisamente por eso vamos a revisar todas las pruebas antes de sacar conclusiones.


Al caer la noche, Arturo volvió a entrar en la habitación de Camila.

Ella seguía débil, pero consciente.

Le tomó la mano.

—No tienes que contarme nada hoy.

Solo quiero que descanses.

Camila negó lentamente.

Con esfuerzo llevó la otra mano hasta la mesa de noche.

Allí estaba su teléfono, con la pantalla completamente rota.

Lo deslizó hacia él.

—No… todo está perdido.

Arturo lo miró sin comprender.

—¿Qué quieres decir?

Ella susurró apenas:

—No alcanzó… a borrar… la copia.

Antes de desmayarse nuevamente, señaló una pequeña nube azul que todavía aparecía en la esquina de la pantalla.

Arturo levantó la vista hacia el médico.

No sabía aún qué contenía ese respaldo.

Pero comprendió una cosa.

Si existía una copia automática fuera del teléfono…

La verdad quizá no había desaparecido con las grabaciones de la casa.

Y, por primera vez desde que llegó a aquel domicilio, vio una posibilidad real de que fueran los hechos documentados —y no las influencias de nadie— los que determinaran lo que ocurriría después.

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