PARTE 2: EL DOCUMENTO QUE NADIE DEBIÓ FIRMAR

La habitación quedó completamente en silencio.

Don Ernesto fue el primero en reaccionar.

—¿Su… hijo?

La pregunta salió apenas como un susurro.

Sebastián Alcázar ni siquiera lo miró.

Tomó con cuidado al recién nacido de los brazos de Valeria y lo sostuvo con una delicadeza que contrastaba con la frialdad de su expresión.

El pequeño Emiliano abrió lentamente los ojos y apretó uno de sus dedos.

Por primera vez desde que entró en la habitación, Sebastián sonrió.

—Hola, campeón.

Llegué un poco tarde.

Pero ya estoy aquí.


Elvira sintió que las piernas le temblaban.

Durante meses había repetido delante de toda la familia que el padre del bebé era un desconocido que había abandonado a Valeria.

Jamás imaginó que ese hombre fuera precisamente el inversionista al que llevaban casi un año intentando convencer para rescatar Castañeda Infraestructura.

—Señor Alcázar… creo que existe un malentendido…

Sebastián levantó una mano.

—No.

El malentendido terminó hace exactamente treinta segundos.

Ahora solo queda la verdad.


Uno de los abogados dio un paso al frente.

Colocó un portafolio sobre la mesa.

Extrajo un documento con sellos notariales.

—Reconocimiento voluntario de paternidad.

Firmado hace seis meses.

Don Ernesto frunció el ceño.

—¿Hace seis meses?

Valeria respondió con tranquilidad.

—Lo firmamos cuando supimos del embarazo.

Solo decidimos mantenerlo en privado.


Mauricio no estaba allí.

Pero era imposible no pensar en él.

Él había insistido durante semanas en que la única salida para la empresa era conseguir la inversión de Alcázar Capital.

Y ahora…

El hombre que podía firmar ese acuerdo acababa de escuchar cómo llamaban “bastardo” a su hijo.


Sebastián dejó nuevamente al bebé junto a Valeria.

Después tomó la carpeta color marfil que Elvira había llevado.

La abrió lentamente.

Leyó cada página.

Cuando terminó, levantó la vista.

—¿Intentaban comprar el catorce por ciento de las acciones de una mujer que acaba de dar a luz?

Nadie respondió.

—¿Y además condicionaban cualquier ayuda económica a que firmara hoy mismo?

El silencio continuó.

Sebastián cerró la carpeta.

—Interesante.

Porque precisamente esta mañana mis abogados revisaron el expediente de Castañeda Infraestructura.

Giró hacia uno de ellos.

—Doctor Salas.

El abogado abrió otra carpeta.

—La auditoría preliminar detectó operaciones incompatibles con los estados financieros presentados durante la negociación de inversión.

Don Ernesto perdió el color.


Sebastián lo observó fijamente.

—Hace tres meses me preguntó qué buscaba antes de invertir mil ochocientos millones de pesos.

Hoy puedo responderle.

Busco socios que no intenten despojar de su patrimonio a su propia hija mientras sostiene a un recién nacido.


Elvira dio un paso adelante.

—Sebastián… podemos explicar…

—No.

Hoy me toca hablar a mí.

Su voz permanecía baja.

Precisamente por eso resultaba aún más intimidante.

—Hace un año conocí a Valeria revisando balances financieros.

Mientras todos elogiaban los resultados de su empresa, ella fue la única persona que me dijo que las cifras no coincidían.

Me pidió que no invirtiera hasta comprobar ciertos movimientos.

Don Ernesto abrió mucho los ojos.

Jamás supo que aquella reunión había existido.


Sebastián continuó.

—La mayoría intenta convencerme para que firme.

Ella fue la única que intentó impedir que perdiera dinero.

Por eso seguí investigando.

Miró directamente a Valeria.

—Y por eso me enamoré de la mujer más honesta que he conocido.

Valeria bajó la mirada, sonriendo apenas.


La funcionaria que había entrado junto a Sebastián intervino entonces.

—Señor Castañeda.

Necesito notificarle oficialmente que la Comisión Nacional Bancaria ha autorizado una revisión extraordinaria sobre las operaciones vinculadas al proyecto Los Cabos.

Don Ernesto sintió que el vaso de agua temblaba entre sus manos.

—¿Qué… qué significa eso?

El abogado respondió con serenidad.

—Que la venta que intentaban cerrar quedará suspendida hasta concluir la investigación financiera.


Sebastián tomó nuevamente la carpeta donde pretendían que Valeria cediera sus acciones.

La rompió lentamente por la mitad.

Después dejó los pedazos sobre la mesa.

—Mi hijo nunca necesitará su apellido.

Y la madre de mi hijo tampoco necesitará vender su dignidad para conservar el suyo.

Se inclinó hacia la cama y tomó la mano de Valeria.

—Descansa.

Del resto nos encargaremos nosotros.

Cuando estaba a punto de salir, el teléfono de Don Ernesto comenzó a sonar de manera insistente.

En la pantalla apareció un solo nombre:

Mauricio.

Contestó de inmediato.

Del otro lado solo se escuchó una voz desesperada.

—¡Papá, cancelaron la reunión con Alcázar Capital! ¡Y el banco acaba de congelar la línea de crédito del proyecto!

Don Ernesto levantó lentamente la vista hacia Sebastián.

El empresario ya estaba junto a la puerta.

Sin volver la cabeza, pronunció una última frase:

—Eso no es lo peor.

La auditoría que su hija inició hace dos años… acaba de comenzar oficialmente.

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