PARTE 2: EL INFORME QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

La sala quedó completamente en silencio.

Adrian seguía mirando mi vientre.

Yo seguía mirándolo a él.

El bebé volvió a moverse.

Ninguno de los dos fue capaz de decir una sola palabra durante varios segundos.

Al final fui yo quien rompió el silencio.

—¿No acabas de decir que eres infértil?

Adrian dejó escapar una respiración lenta.

—Eso fue lo que me dijeron.

Fruncí el ceño.

—¿Quién?

Él apoyó ambas manos sobre la encimera de la cocina.

Parecía escoger cada palabra con extremo cuidado.

—Hace tres años me hice un estudio médico.

El resultado decía que era prácticamente imposible que pudiera tener hijos de forma natural.

Lo observé sin pestañear.

Por primera vez desde que nos reencontramos, su expresión no era fría.

Era la de un hombre confundido.


—Entonces…

Señalé mi barriga.

—¿Por qué preguntas si el bebé es tuyo?

Adrian levantó lentamente la vista.

—Porque las fechas no dejan de darme vueltas en la cabeza.

Mi corazón dio un vuelco.

Tres años atrás.

La última noche que estuvimos juntos.

La despedida.

La lluvia.

El hotel cerca de la estación.

Todo regresó de golpe.


Él dio un paso hacia mí.

—Emma.

¿Cuántos meses tiene exactamente el bebé?

—Seis.

—¿Y cuánto tiempo llevábamos separados cuando supiste que estabas embarazada?

Sentí la garganta seca.

Había evitado responder esa pregunta incluso frente al espejo.

Porque la respuesta siempre daba miedo.

—Muy poco.

Contesté en voz baja.

Adrian cerró los ojos.


En ese momento sonó el timbre.

Ambos nos sobresaltamos.

Era el repartidor con una última entrega.

Una enorme caja de productos para recién nacido.

La recibí rápidamente.

Cuando regresé a la sala, Adrian seguía exactamente en la misma posición.

Como si no hubiera dejado de pensar ni un segundo.


—Emma.

Necesito saber la verdad.

Respiré profundamente.

—Nunca existió ningún exmarido.

Él permaneció inmóvil.

Continué.

—Tampoco hubo divorcio.

Todo fue una mentira improvisada cuando te encontré frente al Registro Civil.

No sabía cómo explicar un embarazo estando soltera.

Pensé que nunca volvería a verte.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.


Adrian soltó una risa breve.

No era una risa de alegría.

Era la risa incrédula de alguien que acababa de descubrir que llevaba un año creyendo una historia completamente falsa.

—Así que…

Nunca hubo otro hombre.

Negué lentamente.

—No.

—¿Y el padre?

Mis dedos comenzaron a temblar.

—Nunca volvió a aparecer.

Él dio otro paso.

—Porque pensabas que era yo.

No fue una pregunta.

Fue una afirmación.

Bajé la cabeza.

Aquello era suficiente respuesta.


Adrian se dejó caer lentamente sobre el sofá.

Pasó ambas manos por su rostro.

—Dios…

Durante todo este tiempo pensé que habías rehecho tu vida.

Que ese niño pertenecía a alguien que te había hecho feliz.

Sonreí con tristeza.

—¿Y tú?

Pensaste que abandonarme era la mejor manera de hacerme feliz.

Él permaneció callado.


Después de varios minutos habló otra vez.

—Emma.

Yo no terminé contigo porque dejara de quererte.

Lo miré.

—Entonces explícame por qué.

Su mandíbula se tensó.

—Porque alguien manipuló aquel informe médico.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

Se levantó lentamente.

Sacó la cartera.

Dentro conservaba un papel doblado por la mitad.

Lo dejó sobre la mesa.

Era una copia del diagnóstico de fertilidad.

La fecha coincidía exactamente con el mes en que desapareció de mi vida.

Leí la conclusión.

Probabilidad extremadamente baja de paternidad biológica.


—Pensé…

Dijo él con la voz completamente apagada.

—…que te estaba condenando a una vida sin hijos.

Creí que tarde o temprano terminarías odiándome.

Así que decidí marcharme antes de arrastrarte conmigo.

Lo miré sin saber qué sentir.

Rabia.

Tristeza.

O compasión.

Porque, si aquello era cierto, los dos habíamos tomado decisiones devastadoras basándonos en una mentira.


Mi teléfono vibró sobre la mesa.

Era un número desconocido.

Contesté.

—¿Señorita Emma River?

—Sí.

—Le llamamos de la Clínica Riverside.

Necesitamos confirmar si usted continúa siendo el contacto de emergencia del señor Adrian Lowell.

Ambos nos miramos sorprendidos.

—¿Por qué?

Pregunté.

La voz respondió con calma.

—Porque hoy localizamos una irregularidad durante una auditoría médica.

Existe la posibilidad de que varios informes emitidos hace tres años, incluido el del señor Lowell, hayan sido alterados antes de entregarse a los pacientes.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Adrian también había escuchado cada palabra.

La empleada continuó.

—El médico responsable falleció el año pasado, pero la investigación acaba de reabrirse después de encontrar documentación que sugiere una falsificación sistemática de resultados clínicos.

Cuando colgué, ninguno de los dos habló.

Porque, por primera vez desde que nos reencontramos, ambos comprendimos que quizá nuestro mayor enemigo nunca fue el orgullo… sino una mentira que alguien había construido tres años atrás y que acababa de cambiar el destino de nuestras vidas.

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