PARTE 2: LA ÚLTIMA VOLUNTAD DE DON ERNESTO

Ninguno de los dos habló durante varios minutos.

Valeria sostenía una de las cartas con tanto cuidado como si fuera un corazón latiendo.

En la esquina superior todavía podía leerse la fecha.

14 de septiembre de 2004.

La abrió lentamente.

Era su propia letra.

“Mateo, hoy aprobé mi primer examen de anatomía. Lo único que deseo es volver para abrazarte. Escríbeme pronto. No importa cuánto tarde la respuesta, prometo esperarla.”

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro.

Aquella respuesta sí había existido.

Solo que nunca había llegado a sus manos.

Mateo abrió otra.

“Valeria, cada domingo dejo una rosa blanca junto al portón. No importa cuánto tardes. Voy a seguir creyendo que volverás.”

Cerró los ojos.

Durante veinte años creyó que ella lo había olvidado.

Y ella, durante veinte años, creyó exactamente lo mismo de él.


Valeria siguió revisando la caja.

Había más de trescientas cartas.

Todas ordenadas por fecha.

Todas intactas.

Ninguna abierta.

—Las guardó todas…

Susurró.

Mateo asintió lentamente.

—Nunca quiso destruirlas.

Quiso que existieran.

Pero que jamás llegaran a nosotros.

Aquella crueldad era incluso peor.

No había actuado por un impulso.

Había sostenido aquella mentira durante dos décadas.


En el fondo de la caja apareció un sobre mucho más grueso.

No tenía destinatario.

Solo una frase escrita con la caligrafía firme de don Ernesto.

“Para Valeria, cuando ya no pueda discutir conmigo.”

Ella respiró hondo antes de romper el sello.

Dentro encontró varias hojas.

La primera comenzaba con una confesión.

“Hija: si estás leyendo esto, significa que fracasé.”

Valeria sintió un vuelco en el pecho.

Continuó leyendo.

“Pensé que con el tiempo terminarías odiándolo y me agradecerías haberte salvado de una vida de carencias.”

Mateo bajó la mirada.

“Nunca entendiste que no me oponía a Mateo por ser un hombre malo. Me oponía porque era pobre, y yo había jurado que ninguna hija mía volvería a conocer la miseria que conoció tu madre.”

Valeria dejó escapar una respiración temblorosa.

Era la primera vez que su padre hablaba del pasado.


La siguiente hoja revelaba algo que ninguno esperaba.

Había una copia de un informe médico.

Fecha.

Veintidós años atrás.

Hospital General de León.

Paciente:

Elena Alcázar.

Su madre.

Diagnóstico:

Cardiopatía avanzada sin posibilidad de tratamiento oportuno por falta de recursos económicos.

Valeria sintió que el mundo giraba.

Siempre le dijeron que su madre había muerto por una enfermedad inevitable.

Aquellos documentos contaban otra historia.

No había muerto solo por la enfermedad.

Había muerto porque no pudieron pagar una cirugía a tiempo.


Mateo apoyó una mano sobre la mesa.

Don Ernesto había visto morir a la mujer que amaba.

Y desde entonces confundió proteger con controlar.

Pero aquello no justificaba lo que hizo.

Jamás.


Valeria continuó leyendo.

Las últimas líneas estaban escritas con una letra mucho más débil.

“Nunca dejé de observarte.”

“Supe cada premio que ganaste.”

“Supe que Mateo nunca abandonó esta hacienda.”

“Y también supe que ninguno volvió a amar de verdad.”

Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.

“Conservé las cartas porque durante años quise entregarlas. Cada vez que lo intentaba, el orgullo me detenía.”

“Ese orgullo fue el mayor error de mi vida.”


Al terminar la carta, un pequeño objeto cayó al suelo.

Era una llave antigua.

Mateo la recogió.

Llevaba una etiqueta de metal.

Archivo Norte.

Ambos se miraron.

—¿Qué es eso?

Preguntó Valeria.

Mateo tardó unos segundos en responder.

—Hay una habitación cerrada desde que murió tu madre.

Nunca nadie volvió a entrar.


Subieron al segundo piso de la hacienda.

Al final del pasillo existía una puerta de madera cubierta de polvo.

La llave encajó perfectamente.

El mecanismo giró con dificultad.

Cuando la puerta se abrió, el olor a papel envejecido llenó el ambiente.

No encontraron muebles.

Encontraron estanterías completas.

Cajas.

Carpetas.

Álbumes.

Todo perfectamente clasificado.

En una pared había cientos de fotografías.

La mayoría mostraban a Valeria durante sus años en la universidad.

Otras retrataban a Mateo trabajando en la hacienda.

Ninguna parecía tomada por casualidad.

Don Ernesto había seguido la vida de ambos durante veinte años.

Sin acercarse.

Sin pedir perdón.

Sin devolverles jamás lo único que no podía recuperarse.

El tiempo.

Pero entre todas aquellas cajas había una, mucho más pequeña, marcada únicamente con dos nombres escritos a mano.

“Valeria y Mateo.”

Y cuando Mateo la abrió, encontró en su interior un documento notarial fechado exactamente una semana antes de la muerte de don Ernesto.

Al leer la primera línea, ambos quedaron completamente inmóviles.

Porque el anciano no solo había cambiado su testamento.

Había dejado una última instrucción que hacía imposible vender la hacienda… y que obligaba a Valeria y a Mateo a tomar juntos la decisión más importante de sus vidas.

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